oct 20 2014

Internet o la red de arrastre

frUn amigo mío, tan excelente psicólogo como persona, me contó que un conocido suyo aseguraba emplear ‘la red de arrastre’ con el género femenino. Debido a mi ignorancia acerca de términos marineros, me explicó que la red de arrastre es un método no selectivo, que captura muchas especies que no son el objetivo de la pesca. Posteriormente las descartadas acaban siendo arrojadas nuevamente al mar, eso sí, moribundas, tras haber sufrido innecesariamente un daño en muchos casos irreparable. Que este sistema de pesca resulta agresivo, no cabe ninguna duda, como tampoco que revela mucho y malo de quienes utilizan esta misma técnica con otros seres humanos. Internet es como un gigantesco océano en el que tan pronto puedes encontrar simpáticos pececillos como peces mucho más aviesos, que invisibilizan su verdadera naturaleza mezclándose con el paisaje marino de la red. Navegar por internet es hipnótico e incluso insomne, pero al igual que en las aguas oceánicas, en las cibernéticas hay que estar bien avisado, pues al menor descuido puedes ser víctima de una tempestad que anegue tu corazón solitario.

Internet a mí me ha servido para conocer gente maravillosa. Sin embargo, la red virtual que nos une, también es el ecosistema ideal para hombres y mujeres de toda calaña. Si en la vida real las citadas especies humanas de por sí carecen de escrúpulos para utilizar a otro como si fuese un pedazo de carne sin sentimientos, cuando estas personas se mueven por la red, ya se sienten directamente como tiburón en el agua. A menudo se disfrazan de pescados ejemplares, pero si te sumerges con gafas de bucear (graduadas en mi caso) y no te dejas embaucar por romanticismos de garrafón, acabas descubriendo que son auténticos depredadores. No les importa jugar con la vida de los demás, para después dejarlos tirados en alta mar, y a por la próxima presa. Total, “el mar está llenos de peces”, pensarán. Y de mujeres y hombres hijoputas, añado yo. Creo que existe un pez llamado japuta, aunque seguramente será más noble e íntegro que los humanos casi homónimos, que escupen pececillos como huesos de aceituna. A ver si un día puedo hablar con una japuta para confirmar mi teoría.

No puedo terminar sin hacer hincapié en el peligro que tiene este mar para los niños. Su inconsciencia les hace especialmente vulnerables a los peces humanos que ven la vida sólo como un medio para satisfacer sus egocéntricas necesidades. Como tampoco quiero olvidar que, de una u otra manera, todos somos niños grandes (algunos grandes y gordos) y que cualquier lobo puede disfrazarse de Caperucita. Si queréis nadar, hacedlo cerca de la costa, porque si optáis por sumergiros mar adentro, ningún socorrista os va a poder salvar de las especies más temibles. El mismo amiguete psicólogo del que hablé al principio acerca de la red de arrastre, me hizo entender que uno tampoco debe ir por la vida persiguiendo gusanos que te lancen como anzuelos. Es una estupidez entregar el alma al primer pez que pase por vuestro lado, pues demasiados de ellos hace tiempo que vendieron la suya al diablo, y no tienen reparo alguno en arrasar todo lo que pillen por su camino. Abrid los ojos, como un besugo si hace falta, para que no os tomen por tales, ya que en el océano virtual no siempre los finales son tan felices como en ‘Pretty Woman’ o ‘Buscando a Nemo’.

oct 08 2014

No somos nadie

fu_selfCada día mueren decenas de miles de personas en nuestro planeta. A veces, algunas de ellas son conocidas nuestras. Y llegará un día en que tú mismo engrosarás la lista de los plañidos. En occidente vivimos de espaldas a la muerte, cuando en verdad es la gran aliada de la vida. Sólo siendo plenamente conscientes de que esto se acaba, podremos tomarnos en serio el tiempo que nos ha tocado vivir. Y nada mejor para ello que no tomárselo demasiado en serio. Resulta paradójico, ¿verdad? En ‘Carmina y Amén’, comedia de Paco León, varios hombres filosofan ante un difunto, y uno afirma que “últimamente se está muriendo gente que no se había muerto nunca”. Y es que con los años y los daños, comprendes que sólo el humor, y el amor, nos pueden permitir sobrevivir entre tantas piedras en el camino.

Una persona cualquiera, que podría haber sido tú o yo mismo, ha muerto. Había vivido a su manera, sin calentarse mucho la cabeza. Yo sólo la veía en la BBC (Bodas, Bautizos y Comuniones) y siempre me pareció una persona desinhibida, que hizo lo que quiso, y por eso la criticaban quienes nunca hicieron lo que quisieron. Los más envidiados suelen ser las almas libres, que viven y dejan vivir, que se toman la vida como una fiesta y que no están pendientes de las opiniones, siempre críticas, de los prójimos que ni viven ni dejan hacerlo. Esa difunta hoy ya tiene sus deudas saldadas. No tendrá que preocuparse más de las menudencias por las que, quienes seguimos aquí, nos angustiamos a diario. Y quienes no dejan de llorar a sus difuntos, deberían lamentarse menos y recordar con alegría los años que pudieron disfrutar en su compañía. Al fin y al cabo se les llora por egoísmo, por el doloroso vacío que nos dejan los seres queridos al partir. Pero si realmente pensáramos en ellos, convendríamos que no tiene demasiado sentido llorar por quienes, de alguna manera, seguirán siempre con nosotros. Otra cosa distinta es que nos lamentemos por no haberles dicho que les queríamos, o por haber sido injustos con ellos. Suele pasar hasta en las mejores familias. Pero todo eso carece de importancia para quienes ya no están aquí. Vuelve a ser nuestro ego quien nos juzga y nos condena, no ellos.

Desde el ateísmo más científico a la fe más religiosa, todas las creencias son respetables. Yo sólo puedo decir, como consecuencia directa de mi experiencia personal, que ya sea aquí o allá lo único relevante es el bien que hagamos. Tengamos muy presente que si existe algo 100% comunista es la muerte, quizá por eso muchos la temen tanto como a Pablo Iglesias. Todos vamos a pasar por ella, y tú tampoco te vas a librar. Un día, espero que lejano, desfilarán también ante ti en un tanatorio, como gesto de respeto. Pero desengáñate, porque no tardarán muchos minutos en empezar a hablar de fútbol, de política o de quienes todavía no se han pasado por delante de tu féretro. En fin, qué chiquillos… Ya en el ataúd comprenderemos por fin que no somos nadie, y a su vez lo somos todo. Comprenderemos que nunca debemos infravalorar nuestro paso por la Tierra porque, de alguna manera, quedará para siempre nuestra huella. Y comprenderemos que bastante hicimos con poner nuestro grano de arena para convertir el infierno en cielo, pues ambos están aquí y ahora. Cantad vuestra propia canción sin dañar a nadie, que vuestros seres queridos, los vivos y los difuntos, os lo agradecerán. Y los demás también lo haremos.

sep 19 2014

No sufrir en vano

corazon_partioA menudo nos cuesta conciliar el  sueño, y la luna nos sorprende contando las agujas del reloj, pero no precisamente mientras gozamos de una pasión furtiva, sino pensando que las historias de amor y los finales felices sólo se hallan en la imaginación de los artistas. Nos refugiamos en películas o canciones que nos trasladan a otras vidas, porque las nuestras ya nos resultan desde hace tiempo de todo punto insoportables. Cuando regresas de la calle, cuelgas en el perchero la careta con la que hastiado te has movido durante el día por la ciudad. Una máscara que se está agrietando por momentos a causa de la insoportable presión que soporta tu cabeza. Y llega la maldita noche, y repasas tu vida sobre la almohada, y te preguntas cómo he podido llegar hasta aquí, yo que nunca le he hecho mal a nadie y sólo pretendía vivir. Y lloras. Las lágrimas a menudo no corren por tus mejillas, sino que resbalan por tu alma, gritando en tu interior. Mientras, en el silencio de la madrugada, el resto de almas también intenta dormir, pese a la carga de un pasado que se niegan a soltar, porque creen que hacerlo implicaría morir.

Cuando has sufrido tanto y llegas a un punto en que superas el umbral del dolor emocional, de repente, todo pierde su sentido. Y lo gana a su vez.  Descubres que nada tiene la importancia que parecía tener. Comprendes que ese escenario que tanto te deprimía, también lo has creado tú. Y te asusta quemar tu propia obra, porque la sientes parte de ti. Recomiendas a los demás que no duden en quemar sus fallas, porque sabes que es por su bien y además de verdad. Paradójicamente, pretendes que tu falla vital sea la indultada, a pesar de cuánto la aborreces. Sabes que si la quemas arderá parte de ti, por supuesto, pero el viento se llevará una vida que ya estaba hecha cenizas sin necesidad de cerillas. Sé perfectamente que cerrar un capítulo de tu vida es muy duro, pero todo alumbramiento resulta doloroso. Para nacer a una vida primero hay que enterrar la vieja, guardándole el duelo justo, y seguir viviendo aprendiendo de nuestros errores. Para eso nacemos.

Cuento todo esto porque sé que tu sufrimiento y el mío no han de ser en balde. Sufrir por sufrir es tan duro como absurdo. Necesitamos, aunque sólo sea por una cuestión de mera supervivencia, encontrarle algún sentido a tanto dolor. Llora lo que tengas que llorar, libera toda la rabia que acumules contra ti y contra el mundo. Sólo pasando la noche oscura del alma podrás amanecer nuevamente. No debemos conformarnos con ser muertos en vida. No resulta digno. Estamos aquí para crecer juntos, a base de dolor, es cierto, pero tenemos que seguir adelante. Nuestro sufrimiento no puede ser en vano. Compartir nuestras experiencias sabiendo que los demás sienten lo mismo que tú, porque aunque todos somos únicos las emociones son universales, es un ejercicio muy reparador. Si hoy lloras mientras lees estas palabras, ten por seguro que pronto sonreíras, y quizá recuerdes lo que leíste aquel día que te sentías morir. Las agujas del reloj seguirán avanzando, pero tú habrás vuelto a vivir al compás de su música, recordando, como un sueño muy lejano, aquellos días vacíos de nubes negras y llantos en el corazón.

 

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sep 12 2014

Una ilicitana en Transilvania

felicidadSeguro que habréis escuchado en más de una ocasión la expresión “estar más perdido que un burro en un garaje”. Es un sentimiento que, en muchos momentos de nuestras vidas, nos habrá causado cierta zozobra. En el sinfín trajinar de nuestro paseo por el mundo, son habituales las etapas de desconcierto y desorientación. El problema se complica cuando esas etapas no terminan, cuando en realidad deberían hacerlo por nuestro bien. Sí, ya sé que pensarás que es más fácil decirlo que ponerlo en práctica, que hacer borrón y cuenta nueva siempre resulta traumático. Pero a veces estamos dando vueltas en círculos, como un hámster en su noria, porque tampoco sabemos realmente hacia dónde queremos dirigirnos. Si ignoramos qué queremos hacer realmente con nosotros mismos, es decir, con nuestras vidas, lo primero debería ser detenerse y reflexionar. No olvidéis que “nunca el viento es favorable para quien no sabe a dónde quiere ir.”.

Un burro en un garaje es “como un poeta en un aeropuerto” (Sabina), o como una ilicitana en Transilvania. Desnortados, perdidos y desesperados por encontrar la salida de su laberinto, ignorando que la salida del mismo nunca es física, sino mental. La falta de aceptación de nuestra situación actual nos conduce irremisiblemente a un estado de perpetua insatisfacción, esperando siempre que cambie lo de fuera para ser feliz. No cabe duda de que cumplir objetivos nos satisface, pero es una alegría caduca. Puedes estar deseando algo durante años, pero tras obtenerlo constatas que, al final, no era para tanto. Por esa razón, lo más saludable que podemos hacer es relajarnos, soltarnos y disfrutar cada día como si fuera el último (preguntádselo a don Emilio). Sé que mis palabras pueden sonar muy manidas, y lo son, pero ten por seguro que ahora mismo estás donde tienes que estar. No existen las casualidades.

A mí me gusta el mar, verlo, contemplarlo en la distancia, con toda su apabullante majestuosidad. Me sobran las gafas cuando lo miro, porque lo que no alcanzan a ver mis ojos lo suple, con creces, el sentimiento que en mí provoca su presencia. Pero eso no tiene que significar necesariamente que yo deba vivir junto al mar. En ocasiones, gozamos más con la idealización que con la realidad. Y es que soñar con lo soñado puede llegar a ser más placentero que vivir lo vivido. Tu situación actual, la de ahora mismo, no tiene por qué ser tan mala ni tan buena. Es tu mente inquisidora quien la juzga así. Esa voz interior puede llegar a ser devastadora, impidiéndote disfrutar del momento presente, haga frío o calor, estés en un garaje o al aire libre, en un aeropuerto o en twitter buscando la compañía de solitarios. Tú ahora estás donde tienes que estar, y todo cambiará cuando tenga que cambiar, ni antes ni después. ¿Y mientras tanto qué hacemos? Pues seguir disfrutando de este viaje, amargándonoslo cuanto menos, mejor. Es sólo una idea.

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