sep 12 2014

Una ilicitana en Transilvania

felicidadSeguro que habréis escuchado en más de una ocasión la expresión “estar más perdido que un burro en un garaje”. Es un sentimiento que, en muchos momentos de nuestras vidas, nos habrá causado cierta zozobra. En el sinfín trajinar de nuestro paseo por el mundo, son habituales las etapas de desconcierto y desorientación. El problema se complica cuando esas etapas no terminan, cuando en realidad deberían hacerlo por nuestro bien. Sí, ya sé que pensarás que es más fácil decirlo que ponerlo en práctica, que hacer borrón y cuenta nueva siempre resulta traumático. Pero a veces estamos dando vueltas en círculos, como un hámster en su noria, porque tampoco sabemos realmente hacia dónde queremos dirigirnos. Si ignoramos qué queremos hacer realmente con nosotros mismos, es decir, con nuestras vidas, lo primero debería ser detenerse y reflexionar. No olvidéis que “nunca el viento es favorable para quien no sabe a dónde quiere ir.”.

Un burro en un garaje es “como un poeta en un aeropuerto” (Sabina), o como una ilicitana en Transilvania. Desnortados, perdidos y desesperados por encontrar la salida de su laberinto, ignorando que la salida del mismo nunca es física, sino mental. La falta de aceptación de nuestra situación actual nos conduce irremisiblemente a un estado de perpetua insatisfacción, esperando siempre que cambie lo de fuera para ser feliz. No cabe duda de que cumplir objetivos nos satisface, pero es una alegría caduca. Puedes estar deseando algo durante años, pero tras obtenerlo constatas que, al final, no era para tanto. Por esa razón, lo más saludable que podemos hacer es relajarnos, soltarnos y disfrutar cada día como si fuera el último (preguntádselo a don Emilio). Sé que mis palabras pueden sonar muy manidas, y lo son, pero ten por seguro que ahora mismo estás donde tienes que estar. No existen las casualidades.

A mí me gusta el mar, verlo, contemplarlo en la distancia, con toda su apabullante majestuosidad. Me sobran las gafas cuando lo miro, porque lo que no alcanzan a ver mis ojos lo suple, con creces, el sentimiento que en mí provoca su presencia. Pero eso no tiene que significar necesariamente que yo deba vivir junto al mar. En ocasiones, gozamos más con la idealización que con la realidad. Y es que soñar con lo soñado puede llegar a ser más placentero que vivir lo vivido. Tu situación actual, la de ahora mismo, no tiene por qué ser tan mala ni tan buena. Es tu mente inquisidora quien la juzga así. Esa voz interior puede llegar a ser devastadora, impidiéndote disfrutar del momento presente, haga frío o calor, estés en un garaje o al aire libre, en un aeropuerto o en twitter buscando la compañía de solitarios. Tú ahora estás donde tienes que estar, y todo cambiará cuando tenga que cambiar, ni antes ni después. ¿Y mientras tanto qué hacemos? Pues seguir disfrutando de este viaje, amargándonoslo cuanto menos, mejor. Es sólo una idea.

sep 08 2014

Hermano mayor

caretasLa expresión ‘Hermano mayor’ se ha popularizado en los últimos años por un programa de televisión. En él, un adulto que fue un bala perdida durante sus años mozos, intenta ayudar a adolescentes problemáticos. Por lo general son críos maleducados y, en muchas ocasiones, procedentes de hogares ‘desestructurados’, como eufemísticamente se les denomina ahora. Antiguamente se les llamaba ‘familias que se llevan a matar’, como casi todas, pero el euro nos ha refinado. Tener hermanos es algo bueno, porque te ayuda a no verte como el ombligo de la casa, a compartir y a preocuparte por alguien que sientes muy cercano. Desgraciadamente, las circunstancias de la vida a menudo provocan que los hermanos, mayores y pequeños, acaben cada uno por su lado. Eso sí, de una manera un poco más civilizada que en el citado programa de televisión.

Se supone que el hermano mayor tiene que dar ejemplo al menor, pero ser siempre modélico resulta una quimera. Tú y yo somos un dechado de imperfecciones, y a lo máximo que podemos aspirar es a no herir demasiado a los demás. Si vas por la vida intentando no dañar, ya llevas mucho ganado. Sin embargo, en ocasiones se abren heridas que inicialmente no se ven, porque van sangrando lentamente por dentro, y acaban siendo imposibles de restañar. Es verdad que somos almas individuales, y que cada cual ha de recorrer su propio camino. Pero también lo es que todos viajamos en el mismo barco, aunque nuestro ego pretenda siempre convencernos de todo lo contrario.

Dicen que las mentiras tienen las patas muy cortas, y como la inmensa mayoría de frases populares, ésta también resulta certera. Los años y la vida nos van distanciando de personas que un día fueron importantes para nosotros, y a las que hoy ya no reconocemos. Ser adulto quizá implique acorazarse, como si el mundo entero fuese el escenario de ‘Juego de tronos’. Pero no deja de ser triste la opacidad que te aleja, irremisiblemente, de quienes un día fueron tuyos y ya no lo son. El maestro Joan Manuel Serrat afirma que “el problema de la verdad no es que sea triste, sino que no tiene remedio”. Por eso lo mejor es aceptar que las cosas se acaban. Todo tiene un principio, todo tiene un final, y el espectáculo de la vida siempre debe continuar. Yo intento ser feliz siendo como soy, con mis múltiples defectos,  y a los demás os deseo lo mismo. Pero tened presente una cosa: no existe sensación más gélida que abrazar una coraza.

ago 29 2014

Aprender a vivir

sentido_comunSomos más de siete mil millones de seres humanos en nuestro devastado planeta.  Siete mil millones de hombres y mujeres que pretenden, a base de golpes, entender de qué va esto del vivir. En la escuela nos enseñan a leer y escribir, matemáticas e historia, física y literatura. Después te vas especializando en función del camino profesional que el sistema te obliga a elegir. Conoces a muchos profesores, la mayoría bienintencionados, que se limitan a impartir el temario de la asignatura, y hasta mañana. Pero nadie te enseña, en ninguno de los niveles académicos, la materia más importante: nuestra vida. De niño te explican que naces, creces, te reproduces y mueres. No van mucho más allá de la frase anterior. Nadie te explica lo que es el ego, el subconsciente, los sueños, las emociones, la autoestima o el amor. Quizá no necesites saber nada acerca de los citados asuntos para comprar dos kilos de manzanas o extirpar un apéndice, y por eso nadie te habla de ello. El problema consiste en que pasamos las 24 horas del día con un ser que va un poco más allá de hacer la compra o trabajar en algo que probablemente detesta.

Ese ser eres tú. Soy yo también. La persona que ves en el espejo es un milagro colosal, aunque las legañas, las bolsas en los ojos, las canas o la escasez capilar pretendan indicarte lo contrario. Nos bombardean a todas horas con imágenes de hombres y mujeres perfectos, de cuerpos de revista y vidas de ensueño. Seres humanos que, por cierto, tampoco se libran del espejo ni de la voz de sus egos individuales. Da igual que se llamen Monica Bellucci, Brad Pitt o Scarlett Johansson. Son esencialmente iguales que tú y yo, lo creas o no. La diferencia fundamental estriba en que ellos son muñecos retocados física y digitalmente, para provocar nuestra admiración o envidia. Si son tan fascinantes, ¿por qué se suicidan, son alcohólicos o mueren por sobredosis? Quizá no sean tan perfectos como les exigen aparentar, ni falta que les hace. No existe mayor calvario que pretender ser lo que no eres. Nadie me lo explicó en casa, ni en la escuela, ni siquiera en la universidad del pueblo (televisión). Como tampoco que no existe nada más liberador que ser simplemente lo que eres y como eres, y a quien no le guste que se agencie un mono.

Nos han convencido, empezando por nuestros progenitores, de que debemos ser correctos, portarnos bien y siempre dar buena imagen. El problema es que esas enseñanzas, llevadas al límite, generan unas frustraciones del copón. Ser siempre ejemplar, aparentando que eres maravilloso, inteligente, guapo y demás, resulta extenuante. Si existe Dios, no creo que desee que seamos unos amargados. El otro día, una señora me decía que los fatkini no le gustaban porque atentaban contra “el sentido común”. Es decir, que su programa mental, el que a cada uno de nosotros nos dice lo que está bien y lo que está mal, le soplaba al  oído que una mujer voluptuosa, con curvas, lo que viene a ser una jaca, no puede lucir su cuerpo en bikini, porque atenta contra “el sentido común”. Pues olé por las mujeres que se ponen los prejuicios por montera y se rebelan contra la dictadura del sentido común y lo socialmente establecido.

A la citada señora, que seguro no leerá este escrito (le alabo el gusto), debo agradecerle que me mostrará cómo funcionamos por programación automática. O dicho de otra manera, los adultos somos unas máquinas de prejuicios. ¿Por qué somos así? Pues porque funcionando a golpe de prejuicio, nos ahorramos tener que pensar o vivir nuevas experiencias, virgencita, que me quede como estoy. Si vamos por la vida todo ufanos, dejándonos guiar por “el sentido común”, nuestro transitar será fácil y cómodo, pues a nuestro ego le chifla juzgar el bien y el mal. Pero por holgazanes también pagaremos un peaje carísimo: vivir desconectados de la maravilla del presente. Cada instante es mágico, por único. Pensamos que vamos a estar aquí para siempre, porque siempre son otros los que se van, pero tened por seguro que os tocará el turno en el cementerio. ¿Habrá algo después, más allá? Eso lo dejaremos, si acaso, para un próximo programa. Me conformo con haberos transmitido alguna idea inconexa  acerca de lo que  podría ser el paseo por este planeta. Un lugar que de ti también depende que no sea un valle de lágrimas. Al final, concluyo que he escrito todo esto para intentar entenderme a mí mismo y aprender lo que nadie me enseñó. Si a ti también te sirvió algo de lo que acabas de leer, mi felicidad será completa.

dic 31 2013

Un año más

la_empatiaEl año que termina no ha sido fácil para nadie, pero en el terreno personal me ha servido para ver quiénes merecen la pena (pocos) y quiénes no (la inmensa mayoría). Pero hoy sólo quiero centrarme en el primer grupo, el de la gente anónima que sabe agradecer y compartir. Las fiestas navideñas se supone que son de amor y concordia, aunque en verdad pocos lo ponen en práctica durante todo el año (ni siquiera estos días).

Las familias, ese ‘nido de alacranes’ como las bautizó Octavio Paz, acaban causando grandes destrozos a miles de personas en todo el mundo, y sus consecuencias se sufren más que nunca en Navidad. Me quiero dirigir especialmente a quienes me escriben e-mails para contarme que lo están pasando mal. A menudo, estas personas se sorprenden al ver respondidos sus mensajes. Son unos náufragos que, tan acostumbrados ya a predicar en el desierto, no esperan que les llegue otra botella virtual con unas palabras reales dentro.

Qué importante es respetar al otro, valorarlo como un igual pese a que sea tan diferente a ti. Desde aquí vaya mi reconocimiento para aquellas personas que predican con el ejemplo, y no creen que nadie sea más que nadie. Esos personajes anónimos que cuentan con el tesoro de la empatía, lo que les hace maravillosamente humanos. En estas fechas, así como el resto del año, hay miles y miles de individuos solidarios que ayudan de manera desinteresada a los más desamparados, que también son muchos, demasiados. Gracias de corazón a todas las almas buenas, porque con su ayuda a una sola persona están contribuyendo con la humanidad entera. Y a los corazones egoístas, sólo me queda deciros que lo siento mucho, que no merecéis la pena. Predicad menos y haced más. Al final, nadie quedará en lo alto de los pedestales, os lo puedo asegurar.

Termino animándoos a que no perdáis el tiempo y seáis siempre vosotros mismos, pero siguiendo una máxima: “no hagas a nadie lo que que no querrías que te hicieran a ti”. Así de simple. Si muchos empezáramos a cumplir a rajatabla esta regla tan elemental, seguro que el 2014 sería un año que merecería la pena. Tanto como quienes hacen posible que seguir aquí tenga cierto sentido.

Entradas más antiguas «