ago 29 2014

Aprender a vivir

sentido_comunSomos más de siete mil millones de seres humanos en nuestro devastado planeta.  Siete mil millones de hombres y mujeres que pretenden, a base de golpes, entender de qué va esto del vivir. En la escuela nos enseñan a leer y escribir, matemáticas e historia, física y literatura. Después te vas especializando en función del camino profesional que el sistema te obliga a elegir. Conoces a muchos profesores, la mayoría bienintencionados, que se limitan a impartir el temario de la asignatura, y hasta mañana. Pero nadie te enseña, en ninguno de los niveles académicos, la materia más importante: nuestra vida. De niño te explican que naces, creces, te reproduces y mueres. No van mucho más allá de la frase anterior. Nadie te explica lo que es el ego, el subconsciente, los sueños, las emociones, la autoestima o el amor. Quizá no necesites saber nada acerca de los citados asuntos para comprar dos kilos de manzanas o extirpar un apéndice, y por eso nadie te habla de ello. El problema consiste en que pasamos las 24 horas del día con un ser que va un poco más allá de hacer la compra o trabajar en algo que probablemente detesta.

Ese ser eres tú. Soy yo también. La persona que ves en el espejo es un milagro colosal, aunque las legañas, las bolsas en los ojos, las canas o la escasez capilar pretendan indicarte lo contrario. Nos bombardean a todas horas con imágenes de hombres y mujeres perfectos, de cuerpos de revista y vidas de ensueño. Seres humanos que, por cierto, tampoco se libran del espejo ni de la voz de sus egos individuales. Da igual que se llamen Monica Bellucci, Brad Pitt o Scarlett Johansson. Son esencialmente iguales que tú y yo, lo creas o no. La diferencia fundamental estriba en que ellos son muñecos retocados física y digitalmente, para provocar nuestra admiración o envidia. Si son tan fascinantes, ¿por qué se suicidan, son alcohólicos o mueren por sobredosis? Quizá no sean tan perfectos como les exigen aparentar, ni falta que les hace. No existe mayor calvario que pretender ser lo que no eres. Nadie me lo explicó en casa, ni en la escuela, ni siquiera en la universidad del pueblo (televisión). Como tampoco que no existe nada más liberador que ser simplemente lo que eres y como eres, y a quien no le guste que se agencie un mono.

Nos han convencido, empezando por nuestros progenitores, de que debemos ser correctos, portarnos bien y siempre dar buena imagen. El problema es que esas enseñanzas, llevadas al límite, generan unas frustraciones del copón. Ser siempre ejemplar, aparentando que eres maravilloso, inteligente, guapo y demás, resulta extenuante. Si existe Dios, no creo que desee que seamos unos amargados. El otro día, una señora me decía que los fatkini no le gustaban porque atentaban contra “el sentido común”. Es decir, que su programa mental, el que a cada uno de nosotros nos dice lo que está bien y lo que está mal, le soplaba al  oído que una mujer voluptuosa, con curvas, lo que viene a ser una jaca, no puede lucir su cuerpo en bikini, porque atenta contra “el sentido común”. Pues olé por las mujeres que se ponen los prejuicios por montera y se rebelan contra la dictadura del sentido común y lo socialmente establecido.

A la citada señora, que seguro no leerá este escrito (le alabo el gusto), debo agradecerle que me mostrará cómo funcionamos por programación automática. O dicho de otra manera, los adultos somos unas máquinas de prejuicios. ¿Por qué somos así? Pues porque funcionando a golpe de prejuicio, nos ahorramos tener que pensar o vivir nuevas experiencias, virgencita, que me quede como estoy. Si vamos por la vida todo ufanos, dejándonos guiar por “el sentido común”, nuestro transitar será fácil y cómodo, pues a nuestro ego le chifla juzgar el bien y el mal. Pero por holgazanes también pagaremos un peaje carísimo: vivir desconectados de la maravilla del presente. Cada instante es mágico, por único. Pensamos que vamos a estar aquí para siempre, porque siempre son otros los que se van, pero tened por seguro que os tocará el turno en el cementerio. ¿Habrá algo después, más allá? Eso lo dejaremos, si acaso, para un próximo programa. Me conformo con haberos transmitido alguna idea inconexa  acerca de lo que  podría ser el paseo por este planeta. Un lugar que de ti también depende que no sea un valle de lágrimas. Al final, concluyo que he escrito todo esto para intentar entenderme a mí mismo y aprender lo que nadie me enseñó. Si a ti también te sirvió algo de lo que acabas de leer, mi felicidad será completa.

dic 31 2013

Un año más

la_empatiaEl año que termina no ha sido fácil para nadie, pero en el terreno personal me ha servido para ver quiénes merecen la pena (pocos) y quiénes no (la inmensa mayoría). Pero hoy sólo quiero centrarme en el primer grupo, el de la gente anónima que sabe agradecer y compartir. Las fiestas navideñas se supone que son de amor y concordia, aunque en verdad pocos lo ponen en práctica durante todo el año (ni siquiera estos días).

Las familias, ese ‘nido de alacranes’ como las bautizó Octavio Paz, acaban causando grandes destrozos a miles de personas en todo el mundo, y sus consecuencias se sufren más que nunca en Navidad. Me quiero dirigir especialmente a quienes me escriben e-mails para contarme que lo están pasando mal. A menudo, estas personas se sorprenden al ver respondidos sus mensajes. Son unos náufragos que, tan acostumbrados ya a predicar en el desierto, no esperan que les llegue otra botella virtual con unas palabras reales dentro.

Qué importante es respetar al otro, valorarlo como un igual pese a que sea tan diferente a ti. Desde aquí vaya mi reconocimiento para aquellas personas que predican con el ejemplo, y no creen que nadie sea más que nadie. Esos personajes anónimos que cuentan con el tesoro de la empatía, lo que les hace maravillosamente humanos. En estas fechas, así como el resto del año, hay miles y miles de individuos solidarios que ayudan de manera desinteresada a los más desamparados, que también son muchos, demasiados. Gracias de corazón a todas las almas buenas, porque con su ayuda a una sola persona están contribuyendo con la humanidad entera. Y a los corazones egoístas, sólo me queda deciros que lo siento mucho, que no merecéis la pena. Predicad menos y haced más. Al final, nadie quedará en lo alto de los pedestales, os lo puedo asegurar.

Termino animándoos a que no perdáis el tiempo y seáis siempre vosotros mismos, pero siguiendo una máxima: “no hagas a nadie lo que que no querrías que te hicieran a ti”. Así de simple. Si muchos empezáramos a cumplir a rajatabla esta regla tan elemental, seguro que el 2014 sería un año que merecería la pena. Tanto como quienes hacen posible que seguir aquí tenga cierto sentido.

oct 08 2013

Detener la rueda del karma

el bien o el malDespués de un lapso de más de tres meses de ausencia por no tener nada interesante que publicar, quiero compartir con vosotros esta historia que he leído sobre la hija de Robert Anton Wilson, uno de los hombres más relevantes del siglo XX en cuanto a la concepción de la realidad más allá de los cinco sentidos. El día que han concedido el premio Nobel de Física a los descubridores de la ‘partícula de Dios‘, voy a relataros lo que le sucedió a la pequeña Luna, de sólo 13 años de edad. Un día, la niña fue atacada por un grupo de pandilleros a la salida de la escuela. Su citado padre maldijo el karma, afirmando: “El karma es una máquina ciega. Los efectos del mal siguen y siguen pero no necesariamente regresan a los que iniciaron ese mal”.

Luna, a diferencia de su padre, olvidó inmediatamente lo ocurrido. Robert Anton Wilson no daba crédito a la razonada explicación que le proporcionó su adolescente hija: “He detenido la rueda del karma. Todo el mal karma está con esos chicos que me pegaron. Yo no me quedo con nada de ella”. Esta historia tan simple, es una gran lección para todos los que, en alguna o en múltiples ocasiones, hemos sentido que el sufrimiento no tenía fin, y que cuanto peor nos iban las cosas, peor nos irían todavía en un futuro. Se podría hablar de una ‘adicción al sufrimiento’. La persona entra en un círculo vicioso de pesimismo y negatividad, y se siente como en un callejón sin salida. Pero sí que la tiene, aunque no es fácil de encontrar.

La salida, como bien entendió Luna con su instinto adolescente, sólo se puede hallar cuando te liberas del pasado y de los apegos. La chica podría haber albergado un profundo rencor contra los salvajes que la atacaron, y haberse repetido a sí misma mentalmente, una y otra vez, el personaje de víctima ultrajada. Sin embargo, optó por una postura más sensata, aunque difícil de aplicar en la maleada edad adulta: la indiferencia. Luna eligió sabiamente el mayor desprecio, que como reza el refranero consiste en no hacer aprecio. Esa rueda del karma se puede detener en cuanto dejas de identificarte con un personaje desgraciado, víctima de la mala suerte y de la vileza del resto de la humanidad. Si sueltas, si dejas marchar esos sentimientos autodestructivos, el mal se marcha solo, sin hacer ruido. Si tienes 13 años no es difícil de hacer, pero incluso aunque tengas 80 es posible desprenderse de ese mal, siempre y cuando estés dispuesto a no apegarte a él. Basta con entender que, si tú no quieres, el mal de otros no tiene por qué contaminarte a ti.

jun 17 2013

Vivir en color

pleasantville-1Aunque en principio todos podemos ver la vida con los colores de la naturaleza, no siempre vivimos conscientes de que nosotros somos el pintor y nuestra vida “un lienzo que colorear”, como cantaba Toquinho en ‘Acuarela’. La mayoría nos movemos en la escala de los grises, apostando siempre por lo seguro, aunque lo único seguro sea que vamos a morir. Pese a ser ésta la única certeza que existe, nos comportamos como si fuésemos a vivir para siempre, y por esa razón nos dedicamos a malgastarla, presos del mayor enemigo que existe sobra la faz de la tierra: el miedo. Si la vida es amor, el miedo es su destructor, el aniquilador de las ilusiones. Que levante la mano quien no haya vivido parte o incluso toda su vida en un timorato blanco y negro.

A menudo avanzamos por caminos que son una vía muerta, y pese a ser conscientes de ello, nos negamos a recorrer otros senderos por temor a la incertidumbre. Nuestra obsesión por la certeza, afanados por controlarlo todo y llevar una vida segura, nos aleja de nosotros mismos, del camino del corazón, que es el único verdadero. La vida en color sólo se puede experimentar venciendo tus miedos, tras descubrir que eran una broma pesada que te estaba gastando tu mala cabeza. No hay que temer hacer cosas nuevas, conocer gente nueva, vivir en ciudades nuevas. La vida es una escuela de evolución, y sólo se aprende cuando tienes el coraje de afrontar retos desconocidos. Machado sabía lo que decía cuando escribió “Caminante, no hay camino: se hace camino al andar”.

Para muchos hombres mayores, la gran experiencia de su vida ha sido el servicio militar. José Mota lo refleja muy bien con el personaje del anciano que da la brasa contando su mili a cualquier viandante que se le ponga a tiro. Triste, ¿verdad? No deberíamos plantearnos si hay vida después de la muerte, sino si la ha habido antes de morir. Hoy es el mejor momento para empezar a hacer algo distinto, lo que desees. La vida se disfruta con unos colores cada vez más bellos e intensos, a medida que decides vivir. Y vivir es comerse la vida a bocados, para llegar a viejo pudiendo “confesar que has vivido” (Neruda). Debes intentar que no te sorprenda la parca con la terrorífica sensación de que malgastaste tu vida. Decía al principio que somos pintores, pero también somos el lienzo. Somos creador y creación. Contamos con una paleta llena de colores para pintar nuestra vida a nuestra manera, y así expresar cuanto llevamos dentro. Pero por favor, no lo hagas pensando en el gusto de los demás. Conságrate a pintar a diario el cuadro que a ti te enorgullecería contemplar, desde la tierra o desde el cielo.

 

Recomendación cinematográfica: PLEASANTVILLE

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