Archivo de Diciembre 2007

La semana pasada regresó al Congreso de los Diputados, tras su rechazo en el Senado, la ley que pretende modificar el Código Civil, para suprimir los cachetes del catálogo de atribuciones paternas. No sería de extrañar que en una hipotética clase de Educación para la Ciudadanía, pueda acontecer un hecho como éste: “Si como todo el mundo sabe Aznar debería ser juzgado como criminal de guerra, los votantes de su partido deberían tener como penitencia, al menos, una hostia. Por eso, como ejercicio práctico para mañana, tenéis que averiguar a qué partido votan vuestros padres. Si apoyan al PP les dais una hostia, pero si votan al PSOE pueden irse en paz sin comulgar, demos gracias a Zapatero”.

Como ya han conseguido que nos vaya fenomenal la cosa de los dineros, nuestros gobernantes ahora se han propuesto solucionar nuestras relaciones familiares. Han comenzado por legislar los cachetes paterno-filiales, pero deberían regular igualmente los pellizcos en el trasero de la parienta, así como los decibelios producidos por los ronquidos y las broncas maritales, con un apartado especial para los cónyuges con problemas de meteorismo. Todo sea por el bienestar de la familia. Lejos queda el antiguo y obsoleto modelo familiar, cuando los padres y las madres zurraban la badana a sus churumbeles cuando éstos sacaban los pies del tiesto. Ahora son sus hijos quienes pueden enterrarlos en el ficus, también con los pies fuera del tiesto, para que boca abajo puedan ejercer de palo tutor, y la planta no se tuerza. Una idea de las más de mil de Zapatero: no te dejaremos enderezar a tus hijos, pero sí a una planta. Esto es un país ecologista y de paz.

Podremos tener los estudiantes más burros de Europa, sí, pero también a los más felices. Ni un alumno más traumatizado por suspensos que impidan pasar de curso, o por mandobles que impongan disciplina paterna. Es una gentileza de la vastísima sapiencia de los pedagogos, psicólogos y demás patulea de expertos que moran en diversas instituciones públicas. Tanto han cambiado los tiempos, que gracias a estas políticas para el bienestar de nuestros jóvenes, podrán emanciparse sin que la carestía de la vivienda suponga obstáculo alguno. Cuando los hijos deseen vivir solos, podrán poner a sus padres de patitas en la calle, y que ni se les ocurra rechistar, que ya han disfrutado de la casa bastante. Así que dejad de criticar a la Ministra de Vivienda y futura mamá, pues bastante tiene con engañar junto al resto de su casta a los padres españoles. Gane quien gane en marzo, nuestros tutores políticos seguirán infligiendo a los progenitores presentes y venideros cuantos palos hagan falta, que jamás serán regulados en el Código Civil.

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Los niños de capital que pasamos por nuestra infancia conociendo un pueblo sólo por María Ostiz y su guitarra, nos quedábamos los fines de semana sin compañeros de juegos. Los viernes a las cinco, aquéllos que tenían pueblo recogían sus cosas en el colegio con gran celeridad, mientras en casa les esperaban con la merienda preparada, que se comerían ya en el coche para evitar la caravana. El R5 era el todoterreno de entonces, un bólido que cargaban con provisiones para una guerra, que no era la de Irak, aunque el domingo por la tarde tocase regresar, normalmente más cargados que a la ida. Y los lunes, en la vuelta al tajo escolar, los niños con pueblo nos contaban lo bien que lo habían pasado en los trigales, apedreando gatos y echando carreras con la bicicleta a la prima dos años mayor, flirteando cuando no conocían el significado de ese anglicismo. Ni falta que hacía.

Ahora, sin embargo, quienes no tuvimos pueblo debemos tirar de imaginación para intuir la infancia que perdimos. Quizá por eso, el pasado puente en un pequeño pueblo de Zaragoza, intenté mirar con los ojos del niño que fui todo aquello que entonces sólo veía en televisión: los riscos, los pantanos, la quema de rastrojos, el autobús de línea y los prestidigitadores del mondadientes. Así pude ver, por ejemplo, que el cielo del pueblo, de un pueblo, no es el de una gran ciudad, aunque compartan la misma luna y el mismo sol, y que un atardecer en el campo encierra más saber que la biblioteca de Alejandría.

Un pueblo es la rotación de objetos por sus casas, pues cualquiera tirado al contenedor aparecerá a la media hora en otra vivienda, en un fenómeno pionero de reciclaje que haría las delicias de nuestro reciclable presidente; los visillos que se corren cuando un coche aparca o dos lugareños se detienen a departir sobre el cambio de tiempo; mujeres en bata, redecilla y pantuflas en calles sin aceras ni semáforos; ancianos vigilando quién va, apostados en los enclaves estratégicos y armados con su gayata; y bares de horarios aleatorios con parroquianos que murmuran sobre los forasteros que han llegado a casa de los de Zaragoza. Algo así debe de ser la España profunda que no sale en los telediarios, ésa que no se preocupa del euribor o las hipotecas, de la cesta de la compra o de los debates, y que vive en un pequeño mundo donde son felices a su manera alcahueteando con maldad y sin ella, tan pronto emparejando al párroco con una beata como tachándolo de homosexual. Buena cantera para el Tomate.

Quizá mi mayor consuelo sea comprobar que los pueblos de la tele se parecen a los de verdad. En ellos también podemos encontrar a hombres que siempre han vivido rodeados de humedades y de las mofas de sus vecinos. Como Paco Rabal en Los santos inocentes, cada pueblo, no sólo el de Delibes, cuenta con algún hombre bueno en el sentido que le daba Machado, pero tonto para el conjunto del padrón municipal. El pueblo de mi pasado puente también tiene uno de ellos, quién sabe si un santo sin contabilizar por el Vaticano, que con un simple silbido consigue que acudan junto a él todos los gatos del lugar, que le rodean con el indescriptible cariño que sólo muestran los animales a quien saben que es bueno. Un hombre ya anciano que, aunque apenas puede ver, ha logrado que los ojos del niño que fui descubrieran, por fin, la belleza que perdieron por no saber lo que era un pueblo.

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Los cuidadores de un zoo asiático han intercambiado las crías de una cerda y las de una tigresa, con el fin de que ésta produzca más leche, pues los cachorros de tigre maman menos que los cerditos. Así salen luego de buenos los jamones. Aunque pueda resultar tan entrañable como sorprendente semejante cruce de crías, hay relaciones humanas muchos más disparatadas, y no las saca a las nueve Matías Prats. Quién no ha pensado alguna vez, por ejemplo, “No comprendo cómo Margarita puede estar con ese cerdo”, acusándolo así de tener una moral de entrepierna un tanto disoluta, o simplemente de contar con una escasa afición por la higiene corporal.

No obstante, hay ejemplares masculinos muy completos. Tanto, que algunos logran reunir en su poco humilde persona ambos dones. Como modelo más recurrente de este dechado de virtudes, podemos citar a nuestro antediluviano macho ibérico, que comparte denominación de origen con los jamones. Y aunque a muchas mujeres ya les gustaría ver la pata de más de un hombre colgada en una charcutería, servidor, que es de yantar más clásico y por ende poco proclive a la nouvelle cuisine, seguiría decantándose por la del cerdo de toda la vida, incluso aunque hubiese mamado de una tigresa. Un macho ibérico que también, haciendo un ejercicio de onanismo tabernario, suele alardear de tigre en la cama. Sin embargo en tiempos pretéritos, con la censura de antaño, los hombres, especialmente de cierta edad, solían ser mucho más sutiles, limitándose a decir que estaban hechos unos chavales. O sea, que todavía no se les gripaba el motor. Incluso hubieran osado fardar de estar tan fuertes como la División Azul, caso de que durante el franquismo hubiese existido la pastillita milagrosa del mismo color. Ésos sí que habrían sido patriotas con la bandera izada.

Pero ahora vivimos otros tiempos, y entre la liberación sexual y la femenina, tenemos a cada tigresa suelta por ahí que te podría comer hasta crudo, aunque le pongas cara de corderito y le preguntes si estudia o trabaja, mientras ella se afana en calibrar manualmente tu mercancía. Con esas mujeres ya puedes ir agenciándote un amigo médico, para que semanalmente te extienda recetas de Viagra y Pharmaton Complex. Y eso con suerte, porque siempre puedes acabar en el catre con un antiguo cabo de la legión que ahora, maravillas de la cirugía, tenga una cien de pecho y responda al nombre de María José. Tras semejante trauma lo mejor sería optar por otra clase de pastillas, siempre que no quisieras acabar beneficiándote a la cabra que la otrora novia de la muerte se llevó consigo de recuerdo.

Nadie puede negar que la vida acaba haciendo extraños compañeros de cama, especialmente cuando el amor nos obliga a travestirnos. Si encuentras un amor que te comprende y sientes que te quiere más que a nadie, como canta el bolero, eres capaz de vestirte de lagarterana con tal de hacerle feliz. Pero a veces llegamos a travestirnos tanto que dejamos de vernos en los espejos. Hasta que un día, aleluya, decides ser tú mismo y comienzan los problemas: “Tú no eras así de novios”, “No, si ya lo decía mi madre”… Al final, te ves arrodillado en el diario de Patricia prometiendo solemnemente cambiar, mientras te patrocinan unos batidos dietéticos. Y todo porque aunque algunas veces te consideren un tigre, otras un cerdo y, las menos, un ser humano, tu naturaleza siempre acabará reclamándote el único alimento que no entiende de géneros ni de especies: el amor.

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Los espectadores de la serie Cuéntame estuvimos la noche del pasado jueves aguardando la muerte de Franco. Pese a que conocemos el final, no podemos evitar cierta expectación por un momento que, visto treinta y dos años después, presumía tantos cambios en nuestro fanático país, aunque todavía hoy la izquierda siga traficando con su cadáver (sutileza). Ese diecinueve de noviembre de 1975, víspera de la muerte del dictador, servidor contaba con nueve meses y trece días, y su única preocupación consistía en mamar cada tres horas. Tiempo habría de perder ese bendito pragmatismo en la política nacional e internacional, la bolsa de valores y de la compra, y escribir contracorriente lo que a muchos les jode leer. Entonces uno no tenía edad ni ganas de ocuparse de esos temas tan baladíes, y menos aún de estar pendiente de un documental de pingüinos en televisión. Porque según nos han contado en la serie, la difusión de un reportaje sobre tan elegantes animales fue la señal acordada entre los poderosos para conocer, antes que el populacho, que el guardián de occidente se había ido al otro lado, con el gracioso de Dios.

Los pingüinos hicieron entonces de teloneros de otro animal vestido de negro, el carnicerito de Málaga, quien gimoteó plañideramente la muerte del genocida, ante esa España de finales del setenta y cinco en blanco y negro. Un país que seguía sin poder ver la carne en color, salvo cruzando la frontera en un 1500. Los perdedores pecaban de pensamiento con la mujer del prójimo, mientras los vencedores tenían querida de apartamento y santa esposa de reclinatorio. Ya se encargaron de adoctrinar bien a los pobres españoles para que les bastara con su pan, su hembra y la fiesta en paz, como cantaron poco después los de Jarcha. Menuda letra. Aunque, bien mirado, tampoco hemos cambiado tanto, pues el espíritu de dicha canción sigue vigente: mi nómina, mi familia, mis caprichitos de fin de semana, y a los demás como si los operan. Mientras hoy el número de pobres crece paralelamente con los precios, nuestros políticos siguen lucrándose azuzando el odio entre nosotros, trabajadores amedrentados por un despotismo empresarial bendecido por los distintos gobiernos. Aunque al menos ahora podemos comprar preservativos de varios sabores en el Carrefour, y los homosexuales ya no son fusilados como Lorca o exiliados como Miguel de Molina.

En esta España levantisca del siglo XXI, como de muchos siglos atrás, nos queda el consuelo de que podemos amarnos sin necesidad de acabar en la Dirección General de Seguridad. Hoy, si nos quedamos ciegos, ya no es por tocarle una teta a la jamona de la vecina, sino por pasar demasiadas horas viendo porno en internet. Sin embargo, hace escasamente treinta y dos años, otras ubres, las del franquismo, eran apuradas por los gerifaltes del agonizante régimen, por si venían los rojos. Muchos de aquéllos se apresuraron entonces a llevar sus chaquetas a la tintorería y, los más avisados, las sustituyeron por una de pana. Y mientras, los españolitos solteros, casados o arrejuntados, bailaban inocentes en las azoteas y en los descampados, hartos de esperar a los pingüinos. Ansiosos por recordar qué se siente cuando el amor es grande y libre, como aquél que nos convidó a amar la vida por primera vez en el pecho de una mujer. Un amor que siempre será más fuerte que el odio y la muerte.

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