Archivo de enero 2008

Estamos habituados a ver en televisión a hombres y mujeres en busca de una última oportunidad, jurando arrodillados ante la audiencia que esta vez sus promesas de cambio son sinceras; gente que no duda en poner al santoral por testigo de su arrepentimiento, pues aunque ahora somos ateos, nos sigue costando prescindir del San Cristóbal en el coche y el San Pancracio en la lotería. Igualmente, solemos elegir la caída de la última hoja del calendario para redimirnos de nuestros pecados eternos, como fumar o esos kilos de más, pero nuestro éxito suele ser tan efímero, que nos consolamos pensando en que ya queda menos para el año que viene y así volver a intentarlo.

Cambiar es muy jodido, y aunque todos le echamos ganas al principio, acabamos sucumbiendo a la placentera seguridad de seguir como siempre. Sin embargo, y paradójicamente, nunca nos faltan ganas de exigir a los otros que cambien. Cambiar, implicaría mirar en nuestro interior enfrentándonos a nuestras propias miserias. Probablemente también tendríamos que derribar nuestros viejos prejuicios y creencias, partir de cero. Pero eso ya es pedir demasiado. Con lo a gusto que se está aquí afuera criticando a Zapatero y Karmele, nos complace mucho más arrojar nuestros propósitos de enmienda al cesto, junto a la ropa sucia. A nuestra edad ya da tanta pereza cambiar de traje, que aunque nos regalen cuatrocientos euros y estemos en rebajas, preferimos lavar nuestros viejos prejuicios de siempre y orearlos al sol.

Descubrir que hemos podido vivir engañados, engañando, engañándonos, sería insoportable. Para evitar semejante cataclismo, optamos por el cómodo usufructo de pensamientos ajenos, adhiriéndonos sistemáticamente a un discurso prefabricado, ya sea político, social o moral. Elegimos identificarnos con partidos y también con clubes deportivos, sintiendo como propias sus victorias y sus derrotas. Con ellos ganaremos elecciones y campeonatos, pues siempre nos resultará infinitamente más sencillo que ganarnos a nosotros mismos. Conquistarnos, implicaría reírnos de todo y de todos, también de nuestra propia sombra, así como renunciar a ser un gregario de las ideas de unas masas que son tan tolerantes con lo propio como beligerantes con lo ajeno. Pero como en el fondo las tememos, preferimos caer en sus totalitarias redes, opinando como ellas y celebrando juntos que nos lo den todo pensado. Siempre será mejor que sufrir la inevitable soledad de los chiflados que un día se atrevieron a cambiar, y confiaron más en sí mismos que en la convencida multitud.

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(El PSOE presentó el pasado sábado su nuevo eslogan, “Motivos para creer”, y Pepiño Blanco aprovechó para hablar de “plagas bíblicas”. Aun así, el autor del siguiente artículo quiere hacer constar que cualquier parecido de éste con la realidad es pura coincidencia.)

En los albores del siglo XXI surgió una religión que va convirtiendo a los españoles de buena fe por todo el territorio nacional. El cristianismo, esa confesión milenaria tan pasada de moda en nuestro país, está sufriendo un duro y merecido golpe tras la llegada de este nuevo culto, monoteísta pero laico, basado en el reconocimiento de José Luis Rodríguez Zapatero como su mesías: el zapaterismo. Por ello me complace anunciaros, compañeros en la fe socialista, la buena nueva de que en España muy pronto dejará de hablarse del cordero de Dios, para hacerlo del conejo de Zapatero. La rancia Iglesia Católica empezará a claudicar ante este moderno mito, pues no van a ser ellos los únicos con los royalties del reino, el poder y la gloria. Derrocaremos a Jesús como hijo de Dios, y lo sustituiremos por el inefable José Luis, que no consta que se haya ido jamás de putas y además tiene los ojos azules como el mar.

Cuentan de Él que su madre política es la Virgen María, Teresa Fernández de la Vega, para más señas. En cuanto al presunto padre, se asegura que es San José, de apellido Blanco. Sólo así podría entenderse tanta ingenuidad y pureza. José Luis, como buen mesías, siempre les ha honrado, por eso a ella le dio la vicepresidencia primera y al otro la secretaría de organización del zapaterismo. María y José son sus presbíteros de cámara, encargados de las homilías televisivas más evangelizadoras, que tan buen resultado están dando en su objetivo de convertir a tantos infieles que todavía quedan en nuestro país.

Al igual que la Iglesia Católica, el zapaterismo no te permite dudar ni cuestionar nada, menos aún descubrir las cosas por ti mismo. ¿O acaso alguien se ha atrevido a decir que Moisés no pudo separar las aguas del Mar Rojo? Si toda confesión que se precie tiene sus mitos, la nuestra no podía ser menos. Y si no crees en ellos, expiarás tu alma antidemocrática en el fuego eterno del infierno de los fachas. Habrá quien nos tache de fundamentalistas por negar las evidencias y rechazar la reflexión y los hechos, pero la palabra de Zapatero, compañeros, es dogma de fe, está por encima del bien y del mal, y nadie debe blasfemar contra la santidad de su mensaje. En su republicano reino nada se discute, todo está bien. Quien se atreva a cuestionar la posibilidad de que José Luis pueda estar desnudo, debe saber que será condenado a la hoguera, por hereje, crispador y antipatriota, con la aquiescencia de nuestra cándida fiscalía.

Como en toda fe, Él es responsable de todo lo bueno que le suceda a sus fieles, pero jamás de sus desgracias. Para culpar de las mismas ya tenemos al demonio del zapaterismo, o sea, al totalitario de Aznar, a cada cual lo suyo. No caigáis en la tentación de creer a los hijos de Satán que os piden que miréis vuestros exhaustos bolsillos, pues debéis recordar que de los pobres será el reino de los cielos, y si en la Tierra lo lleváis crudo es sólo por no haber interiorizado el euro. Bienaventurados seréis siempre, compañeros, cuando os insulten y os persigan por causa de Zapatero. Pues en verdad, en verdad os digo que Él desea perdonaros vuestras deudas, pero otra cosa será que lo haga el tío Emilio, porque teniendo de apellido Botín, no sé yo. Y si alguien osara preguntaros por asuntos publicados en nuestra Biblia como la inflación, el paro, el mercado inmobiliario o el sector de la construcción, responded que España está mejor preparada que nunca y mandadlo escaleras abajo, aunque sea un encuestador del CIS.

Amén.

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Históricamente, multitudes femeninas se han repartido codazos, eso sí, por turno, entre sus vetustos mostradores de hilos, piedras y todo tipo de abalorios. Pontejos, situado muy próximo a la Puerta del Sol y al lado de la Presidencia de la Comunidad, es el almacén de mercería más famoso de Madrid, así como uno de los comercios más antiguos de la ciudad. En torno a la fuente de la plaza que da nombre a este establecimiento, y ajenos al trasiego de reyertas femeninas por un quítame de ahí ese varojki, matan el tiempo los escoltas de los gerifaltes madrileños. Allí departen sobre lo bueno que es Casillas y lo duros que son los postes en el Calderón, sobre todo para los delanteros del Atleti, mientras los acompañantes de las apasionadas clientas esperan sentados en los bancos de esa pequeña plazoleta, constatando la gran clase del parque automovilístico del Gobierno madrileño, y viendo pasar la vida con Chambao por gentileza de los Reyes Magos y el Emule.

A escasos metros, desde su despacho y a vista de pájara, la presidenta de los madrileños podría observar, si lo tuviera a bien, a un pueblo remendado y superviviente en lo poco que va quedando de aquella ciudad que un día creyeron amar creyéndola hermosa, hoy llena de costurones y ajena a sus gallardonescos vodeviles. Si lo tuviera a bien, también podría contemplar a manteros entrenando a los municipales; a un indigente con su desvencijado carro de la compra impulsado por el etanol del tintorro; y a una puta negociando el precio del caliqueño, negándose a bajar su bandera con un descuento del 20%, por mucho que el cliente alegue el desplome bursátil, que ella compró Endesas con Pizarro y le fue muy bien. Cuando hasta las putas han dejado de creer en el socialismo, lo tuyo es mío y lo mío también, mal andamos.

Mientras cada día las mañosas se devanan los sesos en Pontejos, haciendo encajes de bolillos para estirar las nóminas y que así pueda resultar más presentable el traje de los domingos, allí mismo, justo enfrente, también se devanan los sesos y hasta los higadillos, pero con navajas albaceteñas, por conservar un Audi de cristales tintados. Tras ellos podrán seguir manejando impunemente los hilos de las marionetas que se mueven a sus pies, y que repiten sus soflamas como buenos ciudadanos cada vez que les dan cuerda. Y así seguirá ocurriendo mientras las mujeres, y también los hombres, sigamos optando por ser el rebaño que sólo se concentra para ir a las rebajas, al fútbol o a las manifestaciones convocadas por quienes han deshilachado nuestros bolsillos, y sólo pisan la calle para llevar una pancarta. Ahora, dos siglos más tarde, los mamelucos somos nosotros. Menos mal que ya no está Goya para pintarnos.

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Y ahora, si nos perdonan, vamos a hablar de cine español” (Antonio Gasset)

Según datos oficiales, el cine español ha perdido cinco millones y medio de espectadores en el último año. Un tercio del público que vio nuestras películas durante el 2006, se fue con las palomitas a otra parte en el 2007. Cabe destacar igualmente que sólo uno de cada ocho espectadores optó el año pasado por una producción nacional. La única cinta que sobresalió fue El orfanato, pues para encontrar la siguiente habría que descender hasta el puesto vigésimo quinto de la clasificación. O sea, la segunda división para los lectores del Marca.

El ministro de Cultura, por su parte, ha asegurado que “se ve más cine que nunca, pero se asiste menos a las salas, debido también a las nuevas tecnologías”. Es una manera ingeniosa, como gran poeta que es, de justificar el estrepitoso descalabro del cine español. O sea, que los parroquianos ya no acudimos a las salas a verle el culo a Elsa Pataki, o a ver a los buenos y a los malos durante la guerra civil y en la actualidad, porque preferimos descargárnoslas con el Emule y luego verlas en el portátil. Va a ser eso. Porque, probablemente, tú ahora mismo estés bajándote El ekipo ja o incluso Café solo o con ellas, ¿a que sí?. Ya que la SGAE ha decidido atracarnos con el visto bueno del Gobierno, los contribuyentes, al parecer, hemos optado por piratear obras patrias.

Tururú. Parafraseando la serie de Telecinco con el bucólico título Sin tetas no hay paraíso, podríamos afirmar también que “Sin talento no hay taquilla”. Los nacionales, mientras nos quitamos la pelusa del ombligo, estamos siempre dispuestos a tragarnos lo que nos echen por la tele, porque nos sale gratis. Pero si un sábado por la noche tienes que aflojar siete euros, porque quieres ver una película y no practicar en la fila de los mancos, te niegas a que te cuenten el mismo rollo de siempre. Chico conoce a chica, conflictos de pareja, militares con graduación poniendo los cuernos, hombres que salen del armario y mujeres que entran en un club de intercambios, guardias civiles persiguiendo a fugitivos con las tetas al aire… ¿O era al revés? Todo esto aderezado con unos diálogos normalmente ininteligibles porque no se vocaliza, porque la compleja construcción sujeto-verbo-predicado no ha terminado de germinar en la cabeza del sesudo guionista, o incluso por ambas razones.

Si no fuera porque, para sacarnos de dudas, los directores suelen tener la gentileza de incluir en el elenco a grandes estrellas del firmamento hispánico, como Fernando Tejero o Willy Toledo, uno podría llegar a sospechar que está viendo gore casero. Pero no: es el fruto intelectual de nuestros plañideros cineastas. Como sigan lloviéndoles los millones a estos ordeñadores de la ubre pública, mientras gente con verdadero talento se dedica a servir bravas y oreja, el cine español acabará estrenándose en los cineclubs rurales. Sería deseable, por el bien de lo que queda de nuestro séptimo arte, que muchos de nuestros subvencionados artistas se dedicaran, por ejemplo, al noble gremio de la fontanería. A lo mejor así descubrían su auténtica vocación.

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