Archivo de enero 2008

Lo importante no es la realidad. Lo verdaderamente importante es la percepción que el ciudadano tenga de la realidad. Para eso está la propaganda política.” (Un expulsado del PSOE)

En la última semana ha surgido un movimiento espontáneo en internet, con el saludable objetivo de promover la participación en las elecciones del nueve de marzo. Desde distintos blogs se está animando a la difusión de esta iniciativa democrática, que pretende conseguir una movilización de votantes similar a la que aconteció en la histórica victoria de Felipe González el 28 de octubre de 1982. Los promotores del proyecto 80% defienden su iniciativa con argumentos sólidos y profundamente democráticos. En primer lugar, buscan neutralizar la ofensiva que la Iglesia Católica ha emprendido contra los ciudadanos de bien, liderada por Rouco Varela desde el púlpito y Federico Jiménez Losantos desde las ondas hertzianas. Si sale adelante este humanista proyecto promovido por tan altruistas adalides, podremos ir en paz, pero dando gracias a Zapatero, por supuesto.

Porque, independientemente de las cosas que haya hecho o deshecho este Gobierno, lo vital es acabar con la derecha, que como todo el mundo sabe es la única responsable de todos los males de nuestro país, desde los tiempos de los reyes godos hasta los actuales borbones. Otro de los argumentos del proyecto 80%, consiste en que la izquierda está harta de morderse la lengua y tragar bilis, ante los despiadados ataques de la derecha. Tampoco les falta razón porque, como todo el mundo sabe, si algo caracteriza a la izquierda en su querida España es el talante democrático, respetando las opiniones discrepantes hasta límites insospechados. Pero una cosa es ser tolerante y otra muy distinta ser idiota, y seguir consintiendo que la derecha, la Iglesia y las víctimas del terrorismo puedan manifestarse impunemente. Tanto estoicismo por parte de nuestra cariñosa izquierda pasaría a los anales de la democracia, si no fuera por las hemerotecas, claro. Aunque con sólo leer El País, escuchar la Cadena SER y ver Cuatro, asunto arreglado.

Por eso desde aquí hago un llamamiento a la responsabilidad ciudadana, al igual que hacen los amigos del proyecto 80%, para que vayamos todos a las urnas a votar contra el Partido Popular y, sobre todo, contra Franco y Aznar. Porque el próximo nueve de marzo no hay que valorar la gestión de Zapatero, no. Ni se te ocurra, pues tu progresista empobrecimiento es sólo una minucia sin importancia. Lo único que importa ahora es lograr que desaparezca del mapa político la derecha española, y acabe formando parte del Grupo Mixto, ocupando el puesto que va a dejar el entrañable Labordeta. Así que ya sabes, amigo lector, ve a votar el nueve de marzo para poner tu granito de arena a “la mayor obra maestra de la izquierda española”, según aseguran sus promotores. Huelga decir que tienes que votar al PSOE, porque si se te ocurre votar a cualquier otro partido, aunque sea ANV, estarás apoyando a la derecha reaccionaria y antidemocrática.

El proyecto 80% dice apostar además “por recuperar la fe en la ciudadanía española”. Y la verdad es que en esto ya directamente me quito el sombrero, porque montañas de fe es lo que le están exigiendo al sufrido pueblo español. Tenemos que creer en lo que no vemos y no creer en lo que vemos: un caso de antimisticismo único en la historia, que a laicos no nos gana ni Dios. No se puede esperar menos de la izquierda española pues, según sus propias palabras, ellos son “la gente de la cultura, la inspiración, los creadores”. Ante tan portentosa exhibición de talento, uno se arrepiente de haber criticado las sucesivas reformas educativas. Aunque yo me pregunto, ¿qué sucedería si la crema de nuestra intelectualidad, que está dispuesta a celebrar el 80% de participación como una gran fiesta democrática, se encontrara pocas horas después de las votaciones, Alá no lo quiera, con la victoria del PP?

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El pasado martes, la edición digital del diario EL PAÍS publicó un demoledor artículo sobre los niños con trastorno de hiperactividad (TDAH). Estos escolares hiperactivos, normalmente, son tratados con psicofármacos para paliar sus síntomas. Éstos suelen consistir, básicamente, en que el niño no se adapta a las normas y hace cuanto le viene en gana. Ignora tanto a sus padres como a sus profesores, adultos obstinados en reprimir sus excesivamente individualistas impulsos (aunque ahora los llaman pulsiones, para que suene peor). La medicación se ha convertido en la panacea rápida y eficaz para que estos niños, tanto en casa como en el colegio, dejen de molestar. Sus sufridos padres, desesperados por la conducta rebelde de estos niños, acaban viéndose obligados a aceptar lo que la psiquiatría les dice: “Su hijo tiene un trastorno mental y por su bien hay que medicarlo”.

Ya a tan tempranas edades se les trata como enfermos mentales. Pero no es de extrañar en una sociedad que aniquila a todos los que se atreven a no ser “como todo el mundo”. Tanto la educación como la psiquiatría están empeñadas en la socialización a cualquier precio, aunque éste sea drogar a los niños ‘especiales’. No hay que olvidar que los Estados tienen un objetivo fundamental: que el individuo encaje en la sociedad que han diseñado para dominarlo. Es decir, que tenga su cónyuge, sus hijos, su nómina, su coche, sus tarjetas de crédito, su hipoteca… Un ciudadano ejemplar, vamos. Por ello, cualquier sospecha de individualidad es debidamente tratada, para así evitar que alguien reclame ser ciudadano y no súbdito. Podemos estar orgullosos de que hoy prime el rebaño sobre el individuo, la uniformidad sobre la transgresión, y la mediocridad sobre la genialidad.

Pero a veces, pese a lo que opinan muchos especialistas de salón, es bueno no adaptarse a la sociedad si uno todavía desea preservar la poca cordura que le quede. Sin embargo, al basarse en transmitir información sin plantearse en ningún momento la salud emocional de los escolares, el sistema educativo considera trastornados e inadaptados a los niños hiperactivos. Un sistema, por otra parte, concebido estrictamente para fomentar la inteligencia académica, apisonando por omisión la inteligencia emocional. Así les va a estos niños y a los demás, y al mundo en que malvivimos, claro. Porque para mayor escarnio, el nivel de exigencia académica está a ras de suelo, premiando la mediocridad y castigando el talento. Por ello, si en el 2008 surgiese hipotéticamente un Joan Manuel Serrat, vendería la centésima parte de discos que Melendi, y por supuesto no pasaría ninguno de los castings televisivos creados para mofarse del personal y divertir a su feliz audiencia. Así que ya sabéis, locos bajitos: si queréis hacer felices a padres y profesores, así como al conjunto de la sociedad, no olvidéis tomaros vuestra dosis diaria de soma. No vaya a ser que os dé por ser libres y perseguir vuestra propia felicidad.

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