Archivo de marzo 2008
Ayer, como tantas otras tardes, atravesé el paseo de la Castellana en un autobús de la EMT, aprovechando que no estaban de huelga. Lo hice con la única compañía de mi reproductor mp3, que tanto mitiga la soledad en mis diarios recorridos por la superficie y el subsuelo de Madrid. Viajaba yo disfrutando de Chambao, Shostakovich, Abba…, original que es uno, hasta que escuché la canción que da título a la columna de hoy. Pensé en que cuando el difunto y tristemente olvidado Hilario Camacho la compuso para la serie de televisión, yo contaba tan sólo con diez añitos, y todavía era feliz sin saberlo, pues sólo cuando empiezas a cuestionar tu felicidad tienes la más absoluta certeza de tu desdicha.
Durante unos minutos rememoré sus títulos de crédito, que comenzaban con imágenes del eje Castellana-Recoletos y terminaban con otras del complejo Azca y la torre Windsor, que tan limpiamente incendiaron hace cuatro años. Ese fuego se convirtió en una metáfora de miles de sueños quemados en ese entorno de ejecutivos estresados, que comen de fiambrera mientras se engañan con sueños de gloria y poder, como rezaba la canción. Pero, ¿dónde quedaron los de ser futbolista, bombero, médico, cantante o policía?.
Allá, en nuestra lejana niñez, devorábamos a la par tebeos y meriendas, gozando con infinito placer de las mejores cosas de la vida que además, como cantó Sinatra, son gratis. Pero hoy, sin embargo, vivimos sin tiempo para vivir, asfixiados por un tren de vida que estrangula más que las corbatas con que simulamos ser gente de fiar, pese a haber traicionado los sueños infantiles a cambio de unas ambiciones que probablemente eran de otros, pero nunca nuestras. Y así hemos acabado, engañándonos, consolándonos creyendo que hemos ganado, que ha merecido la pena arriesgarse a participar de un juego tan cruel, aunque tu espejo esté ya cansado de tantas mentiras.
Creo fue el genial Borges quien hace muchos nos regaló esta reflexión tan hermosa: “Si pudiera vivir nuevamente mi vida me tomaría muy pocas cosas con seriedad: daría más vueltas en calesita, contemplaría más amaneceres y jugaría con más niños. Pero ya ven, tengo ochenta y cinco años, y sé que me estoy muriendo”. Nadie está seguro de que haya vida después de la muerte, nadie, por eso quizá todo consista en ocuparnos de que exista antes. Quizá todo consista, parafraseando a otro argentino, el maravilloso Facundo Cabral, en dedicar más tiempo “para ver las estrellas con la María en el trigal”, pues hoy todavía podemos hacerlo.
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Cuentan que Billy Wilder decidió dirigir sus propios guiones para evitar que otros los destrozaran. En cambio, el mejor guionista del cine español, Rafael Azcona, se desentendía por completo de sus textos una vez entregados al director. Eran dos formas antagónicas de entender el impagable arte de escribir historias para el celuloide. Pero si Rafael hubiese nacido en Los Ángeles y no en La Rioja, seguramente sería considerado junto a Wilder uno de los mejores escritores para el cine. Porque quizá estos genios deberían de considerarse escritores por encima de guionistas, pues hoy hasta el diario de Patricia cuenta con varios en su nómina, aunque por su contenido parezca escrito mientras sus autores evacúan los intestinos después del primer café.
Azcona llegó al cine por casualidad, pues él realmente era un escritor satírico que destacaba en revistas como la mítica Codorniz. Comenzó como eventual guionista de Marco Ferreri para acabar siendo el autor de los mejores guiones del cine español. Todos sabemos que formó un talentoso tándem junto a Berlanga, del que salieron obras maestras para la posteridad. En una entrevista televisiva, Rafael confesó que a menudo se reunían ambos para merendar en la cafetería de El Corte Inglés, atalaya donde les sorprendía la inspiración observando el comportamiento de los españolitos que por allí deambulaban. Porque al final, el artista sólo es alguien que ve por los demás, como creo que dijo el genial Picasso, pues la belleza está en los ojos de quien mira.
Escribir guiones en la España franquista, por otra parte, no era como hacerlo en Hollywood. Si Audrey Hepburn o Kim Novak le decían ven al espectador, éste lo dejaba todo. Lo jodido era enamorar con Julia Caba Alba, María Isbert, Luis Ciges o José Luis López-Vázquez. Y Azcona lo conseguía, destripando sarcásticamente un país de hormonas hastiadas de tanta hambre sexual y de la otra, germen de nuestra proverbial mala ostia. Pese a la dureza de sus retratos, que eran sólo un fiel reflejo de la realidad de la época, logró humanizar a los personajes desnudándolos ante nosotros para que viésemos sin tapujos sus vergüenzas, que eran y siguen siendo las nuestras.
Quizá su mayor logro, al menos para servidor de ustedes, lo alcanzó con la monumental Plácido, a la que él y su compinche Berlanga pensaban llamar Los bienaventurados, título bíblico descartado por la entrañable censura. Sin embargo ésta sólo fue capaz de ver en otra de sus obras maestras, El verdugo, una película sobre la pena de muerte, donde realmente había un feroz alegato contra la misma. Quizá fue durante esos años oscuros del franquismo cuando Azcona firmó sus mejores guiones. Unos textos que siempre llevaron el membrete del humor negro, probablemente porque éste es el aceite que engrasa nuestras penas para que nos chirríen menos, aunque sea de ricino. La muerte de un guionista, o mejor dicho, del guionista, nos ha arrebatado a nuestro más agudo sociólogo cinematográfico del último medio siglo, pues nadie como él ha mostrado las miserias de un pueblo sufriente que no siempre ha sabido reírse de sí mismo.
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Dejada atrás la Semana Santa y ya de vuelta a la rutina, regresamos un poquito más inmersos si cabe en una crisis económica que va a desatar más pasiones que la popular madrugá sevillana. Para empezar, ya se especula con la posibilidad de que este mismo año veamos la gasolina a 1’50 euros por litro. Esta imparable escalada del precio del petróleo va a dañar más aún al sector automovilístico español, pues si mirando las facturas a uno le entran ya pocas ganas de comprarse un coche, imagínate si caes en la cuenta de que llenar el depósito hoy te cuesta casi dos mil pesetas más que hace un año. Si como parece el petróleo está llegando a su fin, no es de extrañar que el precio del crudo vaya a seguir subiendo. Lo que parece seguro es que, hasta que no se agote el último litro del oro negro, nos negarán esta cruda realidad, nunca mejor dicho. Para entonces, esperemos que estén listas otras energías alternativas y así el mundo pueda seguir funcionando.
Paralelamente, la burbuja inmobiliaria española ya ha explotado, aunque la banca intenta por todos los medios que no nos enteremos, para que sigamos endeudándonos hasta el infinito y más allá. El problema radica en que el endeudamiento de las familias y los bancos ha alcanzado tales cotas, que en breve vamos a conocer quiebras por doquier. La gran incógnita es: ¿acabaremos sufriendo en nuestro país el tristemente célebre corralito?
Hasta hace cuatro días, el charlatán de Zapatero nos prometía el oro y el moro en campaña electoral. Sin embargo ahora su ministro de economía, el sobrevalorado Solbes, ya se la ha empezado a envainar, pues el paro está creciendo espectacularmente, y no sólo debido al hundimiento del sector de la construcción. Esta nueva coyuntura va a provocar que la política de subvenciones prometida por nuestro presidente se vaya por el desagüe, tras la honestidad que quizá nunca tuvo.
Si a este cóctel tan explosivo le añadimos que la asfixia económica de los currantes españoles, que están entre los peor pagados de nuestro entorno, va a provocar una caída brusca del consumo interno, la consecuencia inmediata parece evidente: más paro. Nos han metido definitivamente en una espiral que sabemos cómo ha comenzado pero no cómo va a terminar. Quizá, y de hecho sería lo deseable, acabe con una nueva filosofía en la economía mundial, estructurada de un modo menos usurero y, por tanto, más justo. Pero hasta que eso pueda ocurrir nos va a tocar sufrir, si no queremos irnos a buscar las habichuelas a otro país donde vivir dignamente.
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Acabamos de saber que el Vaticano ha decidido incluir entre los nuevos pecados del siglo XXI todos los actos que deterioren el medio ambiente, según ha declarado en una entrevista el arzobispo Gianfranco Girotti, especialista en su ventanilla de pecados y penitencia. Igualmente ha afirmado que los siete pecados capitales de toda la vida se han quedado cortos para abarcar los problemas de la actualidad. Sin embargo, y pese a esta ampliación del pliegue de cargos sobre las conciencias feligresas, en un desesperado intento por ampliar mercados, la Iglesia sigue sufriendo una incesante pérdida de parroquianos. Como a la gente ya no le importa ir al infierno por espiar en la ducha a las vecinas, habrá que intentar intimidar nuestras pecadoras almas al rebufo del multimillonario Al Gore.
La Iglesia se ha dado cuenta de que en los últimos años los ciudadanos sólo conocen el vocablo confesionario por los realities televisivos. Quizá le gustaría más que retrocediésemos unos cuantos siglos, cuando el hombre no contaminaba y ella manipulaba con mano de hierro a la población, mandando a su ecológica hoguera a quienes osaban rebelarse contra sus sagradas verdades. Supongo, sin embargo, que no querrá volver a la época de quema de conventos e iglesias, no vayamos a cabrear a Zapatero quien, paradojas de la vida, comparte con el Vaticano su preocupación por el medio ambiente. Tanto, que los coches menos contaminantes han quedado exentos del impuesto de matriculación, mientras que las almas de sus conductores podrán seguir circulando con dos padrenuestros, un avemaría y un San Cristóbal en el salpicadero.
Como los eruditos aseguran que el cielo y el infierno están aquí abajo, la Iglesia ha optado por penar la contaminación, aprovechando que a nuestro planeta apenas le quedan ya paraísos, pues incluso las tetas suelen ser operadas. Sinceramente, resulta sorprendente que el Vaticano no descubriese antes el vínculo entre la contaminación y el pecado, pues hace mucho tiempo que la Tierra es un purgatorio, donde las ánimas vagan en pena en busca de un poco de oxígeno, entre fuegos y calderas hirviendo. La madre naturaleza ya nos proporciona muchísimos terrenos infernales y pocos paraísos, pues sabe que casi todos los humamos somos pecadores condenados al fuego eterno. Y es que, de ser mayoría las gentes de buen corazón, viviríamos en Canarias y no en Madrid.
Al final, con el litro de gasóleo más caro que el de gasolina y el polucionar como pecado de nuevo cuño, los feligreses pobres se tendrán que resignar con contaminarse descargando de internet la canción homónima, en las voces de Ana Belén y Víctor Manuel. Un matrimonio de pecadores, por rojos, pero que al tener en común con la Iglesia su amor por los pobres, sin duda serían perdonados con sólo retratarse rumbosamente por la causa verde en el cepillo más cercano, que para algo cobran el canon digital.
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