Archivo de marzo 2009

“Desesperados por vender”, “Llegar a fin de mes” y “Bueno, bonito y barato” son los sugerentes títulos de varios reportajes que recientemente ha emitido TVE1 en su programa Comando actualidad. Todos los miércoles a las diez de la noche (hora de máxima audiencia) la televisión estatal nos está ofreciendo un desolador retrato sobre la España del 2009. Un país que muy poco tiene que ver con la propaganda que un año atrás nos vendía el Gobierno para ganar las elecciones. Hemos pasado de la España en colores que bramaba el cazado Bermejo, a otra en blanco y negro de hipotecados, morosos y hambrientos; del sistema bancario más fuerte del mundo, a los 9.000 millones de euros, por si acaso, para una cajita de ahorros; y de la euforia por el pleno empleo, a la depresión por una tasa de paro real que ya roza el 20%. ¿A qué se debe este cambio en la política de comunicación gubernamental? ¿Por qué está utilizando la televisión pública para oficializar que somos más pobres que ayer pero menos que mañana?

La razón que subyace a esta continua difusión de la miseria nacional parece evidente. El Gobierno sabe que la economía se le ha ido de las manos, y que el optimismo antropológico de su presidente sólo ha servido para embaucar a varios millones de incautos e ignorantes, que cometieron la imperdonable torpeza de creer a alguien que sabe menos de economía que Sánchez-Dragó de fútbol. Como ya no les queda humo por vender, porque también nos lo han embargado, están optando por mentalizar a la población para que comprendan que de pobres tampoco se vive tan mal. El mensaje vendría a ser algo así: “Si estás hipotecado y parado es una putada, pero al menos sabes que no estás solo, porque hay millones de españoles en tu misma situación, lo cual reconforta mucho”.

Aunque en este blog lo he avisado muchas veces, quizá convenga repetirlo. Antes de que finalice el 2009 vamos a sufrir una depresión económica como sólo la habrán conocido quienes vivieron la posguerra. Quizá por eso TVE1 haya optado por emitir también el programa “Españoles por el mundo”, para que veamos que fuera tampoco se está tan mal. Es otra forma de mentalizar a la gente, en este caso para que se marche, cosa que vengo recomendando personalmente desde mucho tiempo atrás. Y a los que se queden ya saben lo que les espera, pues la tele del gobierno ya no puede decirlo más claro: una España de miseria en las casas y delincuencia en las calles, de vacaciones con botijo en el pueblo de los abuelos, y de  millones de viviendas que no se pueden pagar y que jamás se podrán vender.

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De él sólo he leído un libro, “Patas arriba (La escuela del mundo del revés)”, pero ha bastado para enamorarme de la belleza y profundidad de sus palabras. Quien jamás haya leído a Eduardo Galeano no sabe lo que se pierde. Hoy puedes empezar a sumergirte en su onírico universo literario leyendo el magnífico libro que acabo de citar, o cualquier otro de su extensa obra. O puedes empezar con este vídeo de cuatro minutos, en el que Galeano pone voz y pensamiento a unas evocadoras imágenes. Un vídeo en el que se reivindica un derecho que probablemente nos hicieron olvidar hace mucho tiempo: el derecho a soñar. Pura delicia.

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Trinidad Jiménez, secretaria de Estado para Iberoamérica, ha calificado de machistas a quienes han criticado la enésima metedura de pata del Gobierno, consistente en retirar a traición las tropas españolas destinadas en Kosovo. Según Jiménez, si la decisión la hubiese tomado Bono, el revuelo habría sido mucho menor. O sea, que si una ministra comete una estupidez no puede ser criticada, porque quien lo haga será automáticamente tachado de machista. Y si la crítica procediese de otra mujer, sin duda ésta deberá ser repudiada por insolidaria con el género femenino. Ver para creer. Aunque es de justicia reconocer que las mujeres en España han estado discriminadas gravemente hasta hace pocos años, es obvio que no debería de servir en ningún caso para justificar la absoluta impunidad que el Gobierno quiere establecer para el género femenino.

Si un inmigrante cometiese un asesinato, nos parecería disparatado que la policía no lo detuviera para evitar ser acusada de xenofobia. Sin embargo, si una mujer asesinara a su marido y fuese asesorada por la presidenta del Tribunal Constitucional para evitar el trullo, en España sería perfectamente comprensible, porque de hecho ya ha ocurrido sin que nadie dimita por ello. La presunta igualdad que el Gobierno persigue con fines exclusivamente propagandísticos está generando auténticas monstruosidades en el ámbito de la mujer, pero también en otros muchos, como el educativo. Es de dominio público que para evitar que los malos estudiantes se puedan sentir discriminados, se permite que pasen de curso. Así podrán acabar haciendo una carrera, como todo el mundo. Es una concepción de la igualdad absolutamente perversa.

Como es tan difícil igualarnos por arriba, el Gobierno ha decidido hacerlo por abajo. Todos burros, todos pobres, todos parados, y así no se da pábulo a las envidias ni a las discriminaciones: “el mal de muchos” convertido en leit motiv político. Además, si se precariza tanto la situación nacional, mayor será el número de personas que necesitarán sentir el apoyo del Gobierno, lo cual se traduciría finalmente en millones de votos. Desengañémonos, la tan cacareada igualdad es sólo un camelo para colocar a una mujer florero y que haga bonito dirigiendo un ministerio y repartiendo subvenciones a los colectivos más necesitados que, ¡oh, casualidad!, son los de su misma cuerda. Y entre tanto, los comedores sociales se están abarrotando de hombres, y también de mujeres. Personas que quizá tengan más motivos que una ministra para sentirse discriminadas.

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Una mujer entra en una farmacia para comprar unas aspirinas porque le duele la cabeza. Pide una caja y la farmacéutica le dice: “¿Ha pensado en someterse a un tratamiento para adelgazar?” La clienta, atónita, probablemente le respondería: “¿Tan gorda me ve?”.  “Mujer, gorda, lo que se dice gorda, no. Pero sí que tiene unos kilitos de más. Si no me cree, pésese en nuestra báscula”, concluiría la farmacéutica. Así que la clienta que sólo quería unas aspirinas acaba subida a una báscula que le escupe un ticket. Su sentencia, en letras mayúsculas: SOBREPESO. La boticaria, ya venida arriba porque ha conseguido minar la autoestima de la jaquecosa mujer, le muestra un surtido de lo más variopinto, y caro, para ayudarle a adelgazar. Veinte minutos después, la protagonista de nuestra historia abandona la farmacia con 95 euros menos, la moral por los suelos… y sin las aspirinas.

Imaginemos ahora a la misma mujer. En esta ocasión tiene que guardar cola para comprar las aspirinas, por lo que decide entretener la espera pesándose. Ella, que suele hacerlo semanalmente en casa, sabe que su peso ronda los 63 kilos. Se sube a la báscula, que como es de las modernas también mide su estatura, y estira como puede su metro sesenta y ocho. Mete tripa apretando el conjunto de su anatomía hasta congestionarse y, por fin, llega el ansiado veredicto: 70 kilos. SOBREPESO. Apesadumbrada se baja de la báscula, la cual está ubicada estratégicamente entre los tratamientos adelgazantes. Oculta el ticket, y cuando llega su turno le pide consejo a la farmacéutica para comprarse algún producto que sea eficaz “para perder unos kilitos”. Veinte minutos después, la protagonista de nuestra historia abandona la farmacia con 95 euros menos, la moral por los suelos… y sin las aspirinas.

Dos historias con distintos comienzos pero idéntico final, que es lo que importa. El primer ejemplo representa un modo muy burdo de colocarle a una persona un oneroso tratamiento para adelgazar. El segundo, en cambio, es una manera mucho más amable (y habitual) de conseguir el mismo objetivo: sacarle una pasta. Cuento todo esto porque he podido comprobar en persona que algunas farmacias tienen unas básculas ‘modificadas’ para que pesen de más, las cuales, casualmente, están situadas junto a un sinfín de productos para quedarnos divinos de la muerte. No deja de sorprender la existencia de farmacias que practiquen esta peculiar técnica comercial, porque se supone que ellas son las intermediarias entre los médicos y los pacientes. Si tanto se está luchando contra la anorexia, ¿por qué se nos instiga con diversas artimañas para que perdamos el mayor peso posible?

Parece evidente que están jugando con nuestras inseguridades con el único fin de convertirnos en esclavos de nuestra imagen. Nos venden que seremos más felices, especialmente las mujeres, si nos ceñimos a unos inhumanos cánones de belleza impuestos por empresas que hacen de nuestros cuerpos su negocio. Pero el peso que realmente nos sobra, pues supone un lastre del que es urgente deshacerse, es el de nuestros complejos y nuestros miedos. Tenemos que despojarnos de la falsa y estúpida creencia de que las mujeres serían más felices si tuvieran una 90-60-90 (ahora ya 85-55-85 y bajando), o los hombres si lucieran un torso hercúleo. Quiérete tal como eres porque tú, aquí y ahora, ya eres una persona maravillosa. Cuando lo descubras desaparecerán tus quebraderos de cabeza, y probablemente no volverás a necesitar ni siquiera una caja de aspirinas.

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