Archivo de septiembre 2010

Llevo desde mediados de septiembre sin publicar nada. El motivo es muy sencillo: apenas tengo cosas que contar. Esto no significa que vaya a cerrar el blog, ni mucho menos, pero sí que sólo deseo escribir pensamientos que yo crea que merece la pena compartir. Escribir por escribir me parece una tontería, y lo último que pretendo es haceros perder el tiempo con textos insustanciales. En los últimos años he escrito hasta la saciedad sobre la crisis económica, y ahora, que contemplo indiferente cómo todo se desploma, no tengo nada que añadir. O al menos nada que no haya repetido en demasiadas ocasiones. Si queréis leer un artículo muy interesante al respecto de nuestra situación actual, os recomiendo el que mi amigo Carlos Javier Galán acaba de publicar en su magnífico blog. Se titula ‘De huelga, pese a todo ‘. Yo no puedo estar más de acuerdo con lo que ha escrito.

Me gustaría destacar que la desunión tan radical que sufre nuestra sociedad nos va a llevar por el peor de los caminos posibles. Si no nos plantamos, con sindicatos o sin ellos, aquí vamos a vivir lo que no está en los escritos. Lamento ser tan crudo, pero yo al menos lo veo así. Vivimos saturadísimos de información gracias a internet, lo cual está siendo un arma de doble filo, porque nos está impidiendo ver las cosas con la perspectiva necesaria. Es lo que quise explicar cuando hablé de sentarnos tranquilamente en soledad sin hacer nada. Creo que hacerlo hoy no es sólo una necesidad: es algo vital. Tenemos que darnos cuenta de que así no podemos seguir.

También creo que vivir enganchado a internet es muy malo, y por eso voy a predicar con el ejemplo. Durante el mes de octubre espero publicar algún artículo y leer a los amigos blogueros, pero no lo haré con frecuencia. Prefiero dosificarme, tomar aire y prepararme para los tiempos que se avecinan. No quiero que mis palabras suenen desesperanzadoras, porque en el fondo estoy convencido de que saldremos adelante y con más fuerza que nunca. Simplemente lo que toca ahora, al menos por mi parte, es ver las cosas con perspectiva, fríamente, desconectándome del colosal ruido que nos aturde mucho más de lo que imaginamos. Suerte a todos, porque la vamos a necesitar. No permitáis que el miedo mediático os amilane y tampoco dejéis de luchar por vuestros sueños. Ah, y sed felices, que para eso estamos aquí.

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De pequeños creíamos que los niños venían de París, que el ratoncito Pérez nos traía un regalo a cambio de nuestros dientes de leche, y que tres reyes magos se bastaban para en una noche satisfacer a la infancia de todo el planeta. Pero con los años dejamos de creer en esas cosas. Ahora los niños vienen de clínicas de fertilidad, los dentistas nos sablean por mantener nuestros piños en pie, y todo el país se sacrifica mientras los Borbones siguen disfrutando de sus privilegios. Pero en realidad no quería referirme a estos últimos vampiros, sino a quienes nos contaminan emocionalmente. Nunca van vestidos con capa negra ni se parecen a Bela Lugosi o a Christopher Lee, pero sin duda son mucho más peligrosos, porque son reales. Habitualmente nos pillan desprevenidos porque se caracterizan por su apariencia inofensiva. Con ellos debemos tener muy presente lo de “Virgencita, líbrame de las aguas mansas que de las peligrosas ya me libraré yo.”. Conozcamos algo más sobre estos peligrosos ególatras para que puedas detectarlos fácilmente y así salir corriendo sin mirar atrás.

En primer lugar, los vampiros emocionales son personas muy inmaduras, aunque tengan noventa años. Jamás asumen su responsabilidad y por eso siempre culpan a los demás de todos sus males. Bajo su aspecto mansurrón, esconden a críticos feroces que permanentemente ponen la lupa en tus defectos. Cuanto más tiempo pasas con ellos, mayor es la erosión que causan en tu autoestima. Hasta tal punto que acaban logrando que te sientas algo pequeñito, como cantaría Diges pero sin espontáneo con barretina. Estos vampiros se alimentan, literalmente, de tu energía. Si no logras detectarlos a tiempo y huir de ellos, pueden causarte destrozos anímicos de primera magnitud. De hecho las consultas psicológicas y psiquiátricas están atestadas de personas que son víctimas de este peculiar vampirismo. Cónyuges, familiares y amigos podrían estar vampirizándote emocionalmente sin ser consciente de ello.

Nadie mejor que nosotros mismos puede descubrir si estamos siendo anulados por algún psicópata bienintencionado. Debemos de analizar una a una nuestras relaciones personales para conseguir desenmascarlo. Si alguien está exigiéndote constantemente sin darte jamás nada a cambio, sometiéndote a todo tipo de chantajes emocionales y presentándose ante ti como una víctima, no lo dudes, da un portazo porque estás ante un vampiro emocional que te va a joder la vida. Por experiencia sé que esta gente tan tóxica no tiene remedio, sobre todo si les hemos acostumbrado durante mucho tiempo a tratarnos como peleles a los que vapulear y esquilmar. Si decides huir de ellos, llorarán, gritarán y se pondrán como fieras, restregándote mierda del pasado para intentar amilanarte. Su reacción será la prueba definitiva de que no tienes otra salida. Hasta nunca, vampiros.

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Nuestro inefable presidente ha declarado en Oslo que “un parado en formación no está parado, trabaja para España”. El déspota ya confunde a su país consigo mismo, pese a que él no es más que un accidente en nuestra historia. Aunque no viste peineta y bata de cola, empieza a recordarme a esas tonadilleras que sobre el escenario plañen por el amor de un torero. Ante los focos, se muestra como un hombre de Estado que sufre por los parados como si se tratara de sus hijos, a los que de buena gana amamantaría a sus feministas pechos. Pero cuando se apagan las luces y vuelve con su mujer y sus legítimas, sólo piensa en seguir aferrado al poder, incluso a costa de la turba de molestos desempleados que hay que sacar de los telediarios como sea. Ya se me ocurrirá algo, Sonsoles.

Zapatero fingió ser el Robin Hood de los pensionistas y los parados, pero la realidad es muy distinta, aunque no salga en la SER. Como alumno aventajado de los populistas bananeros de allende los mares, el leonés optó por erigirse líder de los descamisados, de los sufridos jornaleros del PER, de los jóvenes sin futuro y de las mujeres con o sin formación, pero sólo como estrategia política. Para él no son más que gente de usar y tirar. Y tirados los dejará. Tras su deposición noruega, no me cabe duda de que algo está maquinando para reducir las tercermundistas cifras del INEM. ¿Que borrarlos de las estadísticas no soluciona ese drama social? Y qué más da, lo importante es detener nuestra sangría de votos. ¿Que tenemos que hacer desaparecer a cientos de miles de desesperados que vegetan en cursos concebidos para financiar a los sindicatos traidores? Pues se hace, y qué bueno es Nadal.

Los parados en formación no trabajan para España, sino para Zapatero. Él siempre los ha utilizado: en época de bonanza para sacar pecho y ahora, con su última genialidad, como conejillos de indias. Según afirmó también ayer nuestro Ramón y Cajal de la política, podríamos ser “el laboratorio ideal para experimentar con los parados”. Como la vacunación de la gripe A fue otro experimento que nos costó una morterada de millones, por una enfermedad que se curaba con vitamina C,  sugiero que, ante la despedida de Corbacho y para resucitar a Trinidad Jiménez, nuestro alquimista opte por juntar ambas carteras y la nombre superministra de Sanidad y Trabajo. Siendo el empleo un enfermo terminal supondría una solución muy sensata, al menos para Zapatero. Total, el paro no podría ir peor, conseguiría dar un espaldarazo a su candidata y él se afianzaría en su poltrona, que es de lo que finalmente se trata.

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«Todas las desdichas del hombre derivan del hecho de que no es capaz de estar sentado tranquilamente, solo, en una habitación»

El científico francés Blaise Pascal dejó muchas frases célebres para la posteridad, pero en esta ocasión quiero destacar especialmente la que acabas de leer. A menudo nos sentimos desdichados, pensamos que la vida es una mierda y que ninguno de nuestros males tiene remedio. Actuando así nos convertimos sin duda alguna en nuestros mayores enemigos. Lo que no sabemos, o no queremos saber, es que si pretendemos salir de nuestros atolladeros personales, lo primero que tenemos que hacer es detenernos. Ir por la vida como un pollo descabezado, corriendo de un lado para otro sin sentido, sólo nos conduce a un caos todavía mayor. La vida moderna, nos ha convertido a todos en víctimas de un trastorno que los médicos han bautizado como estrés, y que según el Diccionario de la Real Academia significa “tensión provocada por situaciones agobiantes que originan reacciones psicosomáticas o trastornos psicológicos a veces graves”.

¿Cómo podemos ponerle freno a esa tensión? ¿Cómo podemos neutralizar las situaciones cotidianas que tanto nos agobian y que nos impiden pensar con frialdad? Nuestras vidas están organizadas de tal manera que carecemos de tiempo para nosotros mismos. Madrugones, atascos, aglomeraciones y horarios imposibles son el pan nuestro de cada día, y así no hay manera de que uno pueda dedicar un rato diario a estar a solas consigo mismo, sin hacer nada, tranquilo. Nos han inculcado que debemos estar siempre en continuo movimiento, que no hacer nada es perder el tiempo, pero en realidad eso no es cierto. No hay mayor pérdida de tiempo que emplearlo en tareas que no te realizan. Si todos los días dedicáramos veinte minutos, no hacen falta más, a estar a solas tranquilamente, sin música, sin televisión, sin internet, sin nada que nos perturbara los sentidos, tendríamos una claridad mental mucho mayor. Seguramente serían los veinte minutos mejor aprovechados del día.

Sentarse a meditar, al fin y al cabo, consiste en lo que apuntaba Pascal en la frase que encabeza este artículo. Pero no es necesario que nos pongamos muy trascendentales para conseguir despejar nuestra mente. Tampoco hace falta repetir mantras ni quemar incienso ni raparnos la cabeza. Insisto: aunque viene muy bien, no es necesario. Simplemente basta con detenernos unos minutos para apagar el infernal ruido exterior que embota nuestra mente. Haciéndolo, adquirimos una claridad de pensamiento mucho mayor, permitiéndonos observar con la distancia necesaria todo aquello que nos aturde. Si antes de tomar decisiones importantes dedicáramos un tiempo para estar solos tranquilamente, sentados y sin hacer nada, no te puedo garantizar que seríamos más felices, pero sin duda nos ahorraríamos muchos problemas.

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