Los espectadores de la serie Cuéntame estuvimos la noche del pasado jueves aguardando la muerte de Franco. Pese a que conocemos el final, no podemos evitar cierta expectación por un momento que, visto treinta y dos años después, presumía tantos cambios en nuestro fanático país, aunque todavía hoy la izquierda siga traficando con su cadáver (sutileza). Ese diecinueve de noviembre de 1975, víspera de la muerte del dictador, servidor contaba con nueve meses y trece días, y su única preocupación consistía en mamar cada tres horas. Tiempo habría de perder ese bendito pragmatismo en la política nacional e internacional, la bolsa de valores y de la compra, y escribir contracorriente lo que a muchos les jode leer. Entonces uno no tenía edad ni ganas de ocuparse de esos temas tan baladíes, y menos aún de estar pendiente de un documental de pingüinos en televisión. Porque según nos han contado en la serie, la difusión de un reportaje sobre tan elegantes animales fue la señal acordada entre los poderosos para conocer, antes que el populacho, que el guardián de occidente se había ido al otro lado, con el gracioso de Dios.

Los pingüinos hicieron entonces de teloneros de otro animal vestido de negro, el carnicerito de Málaga, quien gimoteó plañideramente la muerte del genocida, ante esa España de finales del setenta y cinco en blanco y negro. Un país que seguía sin poder ver la carne en color, salvo cruzando la frontera en un 1500. Los perdedores pecaban de pensamiento con la mujer del prójimo, mientras los vencedores tenían querida de apartamento y santa esposa de reclinatorio. Ya se encargaron de adoctrinar bien a los pobres españoles para que les bastara con su pan, su hembra y la fiesta en paz, como cantaron poco después los de Jarcha. Menuda letra. Aunque, bien mirado, tampoco hemos cambiado tanto, pues el espíritu de dicha canción sigue vigente: mi nómina, mi familia, mis caprichitos de fin de semana, y a los demás como si los operan. Mientras hoy el número de pobres crece paralelamente con los precios, nuestros políticos siguen lucrándose azuzando el odio entre nosotros, trabajadores amedrentados por un despotismo empresarial bendecido por los distintos gobiernos. Aunque al menos ahora podemos comprar preservativos de varios sabores en el Carrefour, y los homosexuales ya no son fusilados como Lorca o exiliados como Miguel de Molina.

En esta España levantisca del siglo XXI, como de muchos siglos atrás, nos queda el consuelo de que podemos amarnos sin necesidad de acabar en la Dirección General de Seguridad. Hoy, si nos quedamos ciegos, ya no es por tocarle una teta a la jamona de la vecina, sino por pasar demasiadas horas viendo porno en internet. Sin embargo, hace escasamente treinta y dos años, otras ubres, las del franquismo, eran apuradas por los gerifaltes del agonizante régimen, por si venían los rojos. Muchos de aquéllos se apresuraron entonces a llevar sus chaquetas a la tintorería y, los más avisados, las sustituyeron por una de pana. Y mientras, los españolitos solteros, casados o arrejuntados, bailaban inocentes en las azoteas y en los descampados, hartos de esperar a los pingüinos. Ansiosos por recordar qué se siente cuando el amor es grande y libre, como aquél que nos convidó a amar la vida por primera vez en el pecho de una mujer. Un amor que siempre será más fuerte que el odio y la muerte.

Etiquetas: , ,
Deja una Respuesta