Archivo de la Categoría “infancia”

El planeta entero hoy llora su muerte con sentidos homenajes por un hombre que, desde mi punto de vista, fue muy desdichado. En sus últimos años lo acusaron de pederastia, suponiendo este hecho el principio del fin de su carrera y de su vida, aunque debemos recordar que no fue declarado culpable. Él se defendió arguyendo que le gustaban los niños simplemente porque con ellos era feliz. Nunca sabremos la verdad sobre este escabroso asunto, pero lo que sí podemos afirmar es que Michael no tuvo la infancia deseada. De hecho careció de infancia. En los setenta, siendo todavía un niño, ya era famoso. Y en la década de los ochenta, siendo sólo un veinteañero, dejó de ser una estrella más para convertirse, directamente, en el rey del pop. Esa corona fue demasiado pesada para él, como lo habría sido para cualquiera. Cumplidos los cuarenta, el ídolo con pies de barro (como todos los ídolos) comenzó a derrumbarse víctima de sus preocupantes excentricidades.

Todo ha pasado muy deprisa. No podía ser de otra manera en la vida de un hombre que en sólo medio siglo ha hecho tantas cosas, algunas de ellas malas pero la mayoría muy buenas. Muchos ahora sobrevolarán su cadáver como los buitres acechan la carroña, pero creo que el mundo entero debe despedirle con agradecimiento por haber tenido la valentía de ser él mismo. Aunque públicamente se consideraba un Peter Pan, muy pocos adultos habrían sido capaces de hacer lo que él hizo, de legarnos una obra tan magnífica, así como de soportar la agotadora responsabilidad de ser Michael Jackson, de tener que ser siempre el número uno y demostrarlo en cada nuevo disco o concierto. Como además fue víctima del perfeccionismo propio de los grandes artistas, era fácil concluir que acabaría trastornándose, optando por evadirse de un personaje que estaba matando al ser humano.

Yo hoy quiero creer que su amor por los niños se debía a que él se sentía uno más. A su lado se podía permitir dejar de ser la rutilante estrella que tan cansada estaba de brillar. ¿Acaso hay alguien que no se sienta fascinado ante los niños?. Nunca se preocupan de si algo está bien o mal. Se limitan a ser ellos mismos y a hacer las cosas sólo por el mero placer de hacerlas, expresándose a su manera, libremente. Todos nacemos con un artista en nuestro interior, pero los años acaban siempre por arrebatárnoslo. Sin embargo Michael tuvo el coraje de defender al suyo, incluso hasta la locura, para que al abandonar este mundo fuese un lugar un poco más hermoso. Y lo ha conseguido.

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El Ministerio de Sanidad ha ordenado retirar del mercado un lote de vacunas contra el virus del papiloma humano (VPH), tras conocerse esta semana que dos adolescentes valencianas han tenido que ser ingresadas en la UVI tras suministrarles la citada vacuna. Sin embargo, el departamento que dirige Bernat Soria ha decidido que el próximo lunes continúe la campaña de vacunaciones con toda normalidad, como si nada hubiera pasado. Esto hace que muchos padres se estén planteando hoy la siguiente pregunta: ¿es tan importante que sus hijas se vacunen contra este virus?. La respuesta es no, como trataré de demostrar a lo largo de este artículo.

Para empezar, un dato que se oculta a la opinión pública: hasta mediados del 2008 hubo dieciocho muertes y 8.864 casos graves como consecuencia de sus efectos adversos, sólo en Estados Unidos. Realmente no existe seguridad alguna sobre esta vacuna, y sin embargo se sigue suministrando a las niñas de medio mundo. Para colmo, entre la comunidad científica existen muy serias dudas sobre su eficacia. De hecho, hasta la propia farmacéutica que la comercializa admite que “no previene todos los tipos de cáncer de cuello uterino”. Y por si esto fuera poco, las autoridades sanitarias la han sacado al mercado precipitadamente, pues harían falta muchísimos años para poder certificar que esta vacuna previene el cáncer que dice tratar.

La razón por la que en España y en muchos otros países se sigue suministrando, pese a lo que acabo de exponer, vuelve a ser, como casi siempre, comercial. Sólo en Andalucía se han gastado 14,5 millones de euros durante el pasado año. Aunque todo el pastel de este suculento negocio se descubre realmente cuando conocemos los largos tentáculos de AstraZeneca, el laboratorio sueco-británico que comercializa la vacuna. Se sabe que desde hace años patrocina a dos empresas de la Fundación Nobel, lo que le permite contar con dos personas afines al laboratorio en el jurado del Premio Nobel de Medicina, siendo uno de ellas el presidente del mismo. Un jurado que, en su última edición, galardonó a Harald zur Hausen por descubrir que el virus del papiloma humano es el responsable del cáncer de cuello de útero.

Hasta aquí todo normal pero, ¿sabes qué laboratorio contaba con las vacunas para tratar dicho virus desde meses antes de concederle el Nobel a Harald zur Hausen?. Muy bien, has acertado. Quizá por eso hoy la policía sueca está investigando a quienes concedieron este controvertido premio por presunto caso de corrupción. La Unión Europea también tiene a AstraZeneca en el punto de mira porque, al parecer, este laboratorio lleva tiempo boicoteando la aparición de nuevos medicamentos genéricos en el mercado.

Si eres padre, piénsatelo mil veces antes de vacunar a tu hija. Los motivos aquí expuestos son más que suficientes para creer que esta vacuna es peligrosa y, sobre todo, ineficaz.

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Ayer, como tantas otras tardes, atravesé el paseo de la Castellana en un autobús de la EMT, aprovechando que no estaban de huelga. Lo hice con la única compañía de mi reproductor mp3, que tanto mitiga la soledad en mis diarios recorridos por la superficie y el subsuelo de Madrid. Viajaba yo disfrutando de Chambao, Shostakovich, Abba…, original que es uno, hasta que escuché la canción que da título a la columna de hoy. Pensé en que cuando el difunto y tristemente olvidado Hilario Camacho la compuso para la serie de televisión, yo contaba tan sólo con diez añitos, y todavía era feliz sin saberlo, pues sólo cuando empiezas a cuestionar tu felicidad tienes la más absoluta certeza de tu desdicha.

Durante unos minutos rememoré sus títulos de crédito, que comenzaban con imágenes del eje Castellana-Recoletos y terminaban con otras del complejo Azca y la torre Windsor, que tan limpiamente incendiaron hace cuatro años. Ese fuego se convirtió en una metáfora de miles de sueños quemados en ese entorno de ejecutivos estresados, que comen de fiambrera mientras se engañan con sueños de gloria y poder, como rezaba la canción. Pero, ¿dónde quedaron los de ser futbolista, bombero, médico, cantante o policía?.

Allá, en nuestra lejana niñez, devorábamos a la par tebeos y meriendas, gozando con infinito placer de las mejores cosas de la vida que además, como cantó Sinatra, son gratis. Pero hoy, sin embargo, vivimos sin tiempo para vivir, asfixiados por un tren de vida que estrangula más que las corbatas con que simulamos ser gente de fiar, pese a haber traicionado los sueños infantiles a cambio de unas ambiciones que probablemente eran de otros, pero nunca nuestras. Y así hemos acabado, engañándonos, consolándonos  creyendo que hemos ganado, que ha merecido la pena arriesgarse a participar de un juego tan cruel, aunque tu espejo esté ya cansado de tantas mentiras.

Creo fue el genial Borges quien hace muchos nos regaló esta reflexión tan hermosa: “Si pudiera vivir nuevamente mi vida me tomaría muy pocas cosas con seriedad: daría más vueltas en calesita, contemplaría más amaneceres y jugaría con más niños. Pero ya ven, tengo ochenta y cinco años, y sé que me estoy muriendo”. Nadie está seguro de que haya vida después de la muerte, nadie, por eso quizá todo consista en ocuparnos de que exista antes. Quizá todo consista, parafraseando a otro argentino, el maravilloso Facundo Cabral, en dedicar más tiempo “para ver las estrellas con la María en el trigal”, pues hoy todavía podemos hacerlo.

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El pasado martes, la edición digital del diario EL PAÍS publicó un demoledor artículo sobre los niños con trastorno de hiperactividad (TDAH). Estos escolares hiperactivos, normalmente, son tratados con psicofármacos para paliar sus síntomas. Éstos suelen consistir, básicamente, en que el niño no se adapta a las normas y hace cuanto le viene en gana. Ignora tanto a sus padres como a sus profesores, adultos obstinados en reprimir sus excesivamente individualistas impulsos (aunque ahora los llaman pulsiones, para que suene peor). La medicación se ha convertido en la panacea rápida y eficaz para que estos niños, tanto en casa como en el colegio, dejen de molestar. Sus sufridos padres, desesperados por la conducta rebelde de estos niños, acaban viéndose obligados a aceptar lo que la psiquiatría les dice: “Su hijo tiene un trastorno mental y por su bien hay que medicarlo”.

Ya a tan tempranas edades se les trata como enfermos mentales. Pero no es de extrañar en una sociedad que aniquila a todos los que se atreven a no ser “como todo el mundo”. Tanto la educación como la psiquiatría están empeñadas en la socialización a cualquier precio, aunque éste sea drogar a los niños ‘especiales’. No hay que olvidar que los Estados tienen un objetivo fundamental: que el individuo encaje en la sociedad que han diseñado para dominarlo. Es decir, que tenga su cónyuge, sus hijos, su nómina, su coche, sus tarjetas de crédito, su hipoteca… Un ciudadano ejemplar, vamos. Por ello, cualquier sospecha de individualidad es debidamente tratada, para así evitar que alguien reclame ser ciudadano y no súbdito. Podemos estar orgullosos de que hoy prime el rebaño sobre el individuo, la uniformidad sobre la transgresión, y la mediocridad sobre la genialidad.

Pero a veces, pese a lo que opinan muchos especialistas de salón, es bueno no adaptarse a la sociedad si uno todavía desea preservar la poca cordura que le quede. Sin embargo, al basarse en transmitir información sin plantearse en ningún momento la salud emocional de los escolares, el sistema educativo considera trastornados e inadaptados a los niños hiperactivos. Un sistema, por otra parte, concebido estrictamente para fomentar la inteligencia académica, apisonando por omisión la inteligencia emocional. Así les va a estos niños y a los demás, y al mundo en que malvivimos, claro. Porque para mayor escarnio, el nivel de exigencia académica está a ras de suelo, premiando la mediocridad y castigando el talento. Por ello, si en el 2008 surgiese hipotéticamente un Joan Manuel Serrat, vendería la centésima parte de discos que Melendi, y por supuesto no pasaría ninguno de los castings televisivos creados para mofarse del personal y divertir a su feliz audiencia. Así que ya sabéis, locos bajitos: si queréis hacer felices a padres y profesores, así como al conjunto de la sociedad, no olvidéis tomaros vuestra dosis diaria de soma. No vaya a ser que os dé por ser libres y perseguir vuestra propia felicidad.

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