Desde hace años circula por la red un vídeo humorístico, en el que aparece Arias Navarro comunicando por televisión la noticia que da título a esta entrada. En realidad, es un manipulación de las palabras pronunciadas por el carnicerito de Málaga con motivo del fallecimiento de Franco. Justo mañana se cumple el 35º aniversario de dicha muerte, y por tanto del vídeo original. La versión burbujista que podéis ver al final, y que empezó como una broma, hoy podemos afirmar que ha acabado siendo absolutamente profética. Sí, españoles, el pisito ha muerto. Aunque apenas se hable de ello en los medios, quienes mueven los hilos se están encargando de amortajar al difunto, para que a las víctimas de la estafa les resulte más llevadero el dolor. “Míralo, Marujita, si parece que siguiera valiendo sesenta millones. Cómo se nos han podido marchar así, tan de repente, sin darnos tiempo a colocárselo a otros pardillos”.
En la España franquista, tan magistralmente retratada por Berlanga, el deceso de un familiar directo conllevaba luto riguroso de un año, a juego con el color del país. La muerte hoy del pisito va a acarrear una pena distinta, pero mucho más larga, pues sus dolientes propietarios estarán encadenados perpetuamente a una deuda que los va a enterrar en vida. “¿Pero cómo ha podido ser, si gozaban de tan buena salud y se revalorizaban año tras año un 20%?. Eso me pasa por hacerle caso a tu madre, que decía que alquilar era tirar el dinero”. “Sí, claro, ahora la culpa la tendrá mi madre. La culpa es de Zapatero, que ha gafado España. Ya verás cómo cuando gane Rajoy los pisos vuelven a subir”. Pues no, señora. Zapatero es responsable de muchas cosas, pero no de una burbuja inflada por el PP. Cuando el leonés llegó a La Moncloa en 2004, los precios ya habían alcanzado unas cotas delirantes. Gobierne quien gobierne, los pisos volverán a valer lo que hace veinte años.
“Esto con Franco no habría pasado. No me extraña que mañana lo homenajeen en el Valle de los Caídos” -opinará más de un inmomutilado-. Según algunas fuentes, miles de presos republicanos murieron durante la construcción de dicho monumento. Lo que nadie sospechaba entonces es que muchas décadas después, millones de personas iban a sufrir otra gravísima condena, vinculada también a la construcción. Los hipotecados son los esclavos del siglo XXI, que penarán hasta el último céntimo de la monumental estafa inmobiliaria perpetrada para gloria de unos pocos y ruina de la mayoría. Hace 35 años, mucha gente lloraba el fallecimiento de un dictador. La muerte del pisito que nos congrega hoy, va a ser lamentada por un porcentaje de españoles infinitamente mayor. Descanse en paz. Para siempre.
Un simple vistazo a la prensa invita a pensar que estamos en la antesala de un cataclismo económico, que no tiene nada que ver con la discutible rentabilidad de Cristiano Ronaldo. Por mucho que los medios nos bombardeen con fútbol y Belén Esteban, en nuestro país están pasando cosas mucho más importantes, aunque por su escasa repercusión mediática nadie lo diría. Esta misma mañana, La Vanguardia publica la siguiente noticia: “Los promotores inmobiliarios deben 325.000 millones de euros y amenazan el sistema financiero”. O sea, un agujero de 54 billones de las antiguas pesetas. Sigamos. Ayer, el ministro Celestino Corbacho aseguraba que en enero tendremos 100.000 parados más. Por tanto la cifra real de parados o demandantes de empleo, sin maquillajes estadísticos, está acercándose a los cinco millones y medio. Como para ser optimista, ¿verdad?
Corbacho también reconoció ayer que la situación ha empeorado. Tanto, que va a conceder los 420 euros a todos los nuevos parados. A mí me parece magnífico que se ayude a quien más lo necesite, pero debemos asumir que el modelo andaluz se va a extender al conjunto del Estado. En los próximos años, según ha asegurado repetidamente el profesor Santiago Niño Becerra, deberemos acostumbrarnos a una tasa real de paro en torno al 30%, lo que provocará que no haya más remedio que establecer a nivel nacional una prestación básica de subsistencia, para que la gente no se muera de hambre. Hemos pasado en poco tiempo de creernos los reyes del mambo, con todoterrenos y pisos de 400.000 euros, a hablarse claramente de que si no lo remedia un milagro, buena parte de la población estaría condenada a la indigencia. ¿Cómo es posible?
Un 5% de la población, por dar un porcentaje, se ha hecho de oro timando con los pisitos al 95% restante. La burbuja inmobiliaria española ha sido de tal calibre que va a dejarnos hechos unos zorros durante la próxima década. ¿Cómo es posible que en pocos años una vivienda pudiera duplicar su precio en el mercado, siendo como somos un país de mileuristas? ¿Cómo se han podido conceder millones de hipotecas a personas casi insolventes? ¿Por qué el poder político, antes el PP y ahora el PSOE, no ha hecho absolutamente nada para detener esta locura? La consecuencia de tamaño despropósito es que mientras políticos, constructores y banqueros se han estado forrando a manos llenas (el 5% de antes), el españolito medio ha estado cavando su fosa, y con ella la de todo el país. Si a esto le añadimos que la deuda de nuestras Administraciones Públicas pulveriza todos los récords, podemos concluir que reunimos sin duda las condiciones necesarias para acabar como en la Argentina del 2001.
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Aunque el Gobierno ha estado negando sistemáticamente la crisis hasta hace pocas semanas, el derrumbe de la economía nacional se veía venir. Allá por el 2005 muchos asegurábamos que el modelo de crecimiento español no se podía basar en la vivienda, pues era pan para hoy y hambre para mañana. Apostarlo todo al ladrillo era una temeridad, y ya estamos empezando a ver sus funestas consecuencias. Pero, ¿quiénes son los responsables del hundimiento de nuestra economía? ¿Por qué España tiene ahora un stock cercano al millón de viviendas nuevas?
Los políticos, especialmente quienes consagran sus esfuerzos a la vida municipal, así como los bancos y cajas de ahorros, son los grandes responsables de que buena parte de la ciudadanía española esté ahora al borde del abismo. Los primeros, porque hallaron una forma muy fácil de engordar las arcas de los ayuntamientos, así como sus cuentas corrientes personales. Y los segundos, porque concedieron créditos a millones de personas que no reunían los requisitos razonables para formalizar unas hipotecas que, en muchos casos, implicaban sus ingresos de dos décadas. La codicia de los banqueros fue de tal calibre, que no tuvieron el menor reparo en financiar viviendas ocultando a sus compradores que el euribor estaba a unos niveles históricamente bajos, y que lo normal era que subiese. Su alma usurera acabó imponiéndose para convertir a España en el paraíso europeo de las hipotecas basura. Porque, pese a lo que aseguran los distintos organismos oficiales, en nuestro país hay subprime a patadas. ¿A qué viene si no un plan de rescate que supone el 15% de nuestro PIB, contra el 7,5% del plan norteamericano?
Los banqueros han estado obrando de esta manera porque sabían que si el hipotecado no puede seguir pagando, su entidad saldrá totalmente indemne. En España se subasta la vivienda y si el importe es menor de lo que se adeuda, la víctima no sólo se ve en la calle, sino que además le debe al banco la diferencia. Siempre gana la banca. Sin embargo, en el pérfido país de las barras y estrellas esto no ocurre, pues allí se saldan las deudas con el embargo del piso, como debe ser.
Aquí nuestros gerifaltes han optado por explotar hasta su extenuación a la gallina de los huevos de cemento, y eso lo vamos a pagar muy caro todos: los bancos, porque la tasa de morosidad está embalada; las arcas públicas, porque están cayendo en picado sus ingresos; y los ciudadanos, porque están condenados a cadena perpetua por unos ladrillos que acotan unas pocas decenas de metros cuadrados.
Desgraciadamente, tanto los banqueros como los políticos, que han sucumbido a los cantos de sirena crematísticos de los constructores, se van a ir de rositas, que para eso son los que mandan. En cambio sus víctimas, los ciudadanos, están empezando a descubrir que todo ha sido una colosal estafa para que unos y otros se enriquecieran, a costa de sacrificar a todo un país. Probablemente, para acallar sus doradas conciencias, nuestros próceres se consuelen ahora pensando que si los ciudadanos no tienen dinero para comer, al menos le podrán pegar un bocado a sus ladrillos. Quizá no lo aconseje la OMS, pero les habrá salido más caro que cenar en El Bulli, donde, por cierto, lo seguirán haciendo quienes han enterrado al país.