La mayor parte de los tiranos basan su dominio en las reacciones de sus víctimas. Para lo cual, por todos los medios, propagan condicionamientos de terror. Pero cuando llega el momento en que la mayoría se pone de acuerdo y cesa de actuar en la forma prevista, los imperios se derrumban… Es necesario que continuamente nos hagamos conscientes de nuestras reacciones para ver hasta qué punto son normales o producto de sutiles propagandas. Antes de vencer al enemigo, es necesario vencer primero el miedo que nos inspira… Interiormente lograremos la perfección cuando dominemos el miedo a ser destruidos por el cambio.
Últimamente estoy escribiendo mucho acerca del miedo, concretamente del que nos lleva a alejarnos de nuestra esencia, a ser como quieren los demás y a no hacer lo que realmente deseamos. Es un miedo cercano, pues su origen está en nuestro círculo personal más íntimo. Pero en esta ocasión os voy a hablar del inducido desde más afuera, concretamente desde los medios de comunicación, voceros de los psicópatas que rigen el mundo. Lamento tener esa opinión sobre la prensa, pero es que desgraciadamente hace tiempo dejó de ser independiente. Cada grupo periodístico es una mera correa de transmisión de la información que los de arriba quieren transmitir al pueblo. Todos los medios más importantes están en manos de grandes fortunas. Unas grandes fortunas que, por cierto, están encamadas con el poder político. Tampoco podemos olvidar que muchos medios están al borde de la quiebra y, por tanto, a merced del poder financiero. Es curioso, ¿verdad?.
Nos bombardean permanentemente con imágenes de un futuro catastrófico, y reconozco que yo he sido el primero en morder ese anzuelo: por ello debo entonar públicamente el mea culpa. Aunque la situación económica no es precisamente buena, tampoco creo que sea adecuado sucumbir al terrorismo informativo. Y no me refiero sólo a las noticias políticas y económicas. En general, prensa, radio, televisión, cine e internet están saturándonos con mensajes nada subliminales acerca de un 2012 apocalíptico. El lavado de cerebro está provocando que hasta los más descreídos empiecen a temerse que algo horrendo vaya a ocurrir. Pero nada malo pasará si no queremos que suceda. El ser humano es extraordinariamente poderoso, para bien y para mal. Si utilizamos nuestra energía positivamente, movidos por el amor, somos capaces de las obras más hermosas. Pero si la utilizamos negativamente, movidos por el miedo, somos capaces de autodestruirnos. Por eso yo he empezado a mirar desde una saludable distancia tanto la política como la economía, incluso tomándomelas a cachondeo. No cabe duda de que se avecina un cambio extraordinario, pero lo más importante es no dejarnos amedrentar por tanto mensaje devastador.
Recuerdo perfectamente el día que te conocí. Podría llegar a olvidar los nombres de todas las personas que pasaron por mi vida, y te aseguro que fueron muchas a lo largo de mis 87 años, pero nunca el momento en que apareciste tú, lectora tímida y soñadora al encuentro literario de un escritor otoñal. Yo entonces tenía 63 años, ya era un señor mayor, y tu insultante juventud me hizo sentir algo mucho peor: un anciano. Podría haber sido tu padre y sin embargo, paradojas del destino, acabé convirtiéndome en tu marido, tu amante, tu confidente, tu amigo. Quizá algunas gentes no hayan comprendido nuestra relación, pero qué sabrán del amor quienes jamás lo conocieron. Y qué sería de nosotros los escritores si los sentimientos se pudieran entender como una simple operación aritmética. Todos somos libros cerrados, deseosos de que algún alma avisada tenga a bien leer en nuestro interior los versos más tristes y también los más bellos.
Recuerdo que aquella mañana de 1986 no me apetecía quedar con nadie. No estaba de buen humor, me había levantado con dolor de cabeza, y lo último que deseaba era tomar un café y charlar con una periodista ansiosa por conocer al escritor de un libro que le había gustado mucho, ‘Memorial del convento’. La atendería un rato, sería cortés con ella, y después de someterme a su interrogatorio me marcharía con alguna excusa convincente, porque uno ante todo siempre ha sido un caballero, y tampoco era cuestión de que regresara a Sevilla con una idea equivocada (o acertada) sobre mí. Pero las cosas en la vida rara vez suceden como prevemos, y ese día no fue una excepción. Pasaron los minutos, y las horas, y también mi dolor de cabeza, y mis prisas. Se paró el tiempo en mi corazón, pero no en el reloj. Dios mío, cuánto me hubiera gustado creer en ti para suplicarte que jamás terminara esa jornada. Me habría conformado con retrasar un par de horas la puesta del sol. La capital del fado, por primera vez en mucho tiempo, sonaba a canciones de amor con final feliz.
De esto hace ya 24 años. Hemos estado más tiempo juntos del que jamás pasarán la mayoría de parejas jóvenes, a pesar de quedarles toda la vida por delante. A mí, en cambio, ya sólo me queda la muerte. Pero nadie me podrá arrebatar la felicidad de haber compartido contigo tantos buenos momentos, en Lanzarote, en Lisboa, en Sevilla, en Estocolmo… ¿Te acuerdas de aquella tarde en Estocolmo?. Me sentí el hombre más afortunado del mundo por tenerte a mi lado durante la recogida de un premio cuyo nombre, como todos menos el tuyo, también podría olvidar. Ya escribí que los nombres sólo sirven para etiquetarnos, limitarnos y alienarnos, cuando en verdad somos inclasificables, infinitos y únicos, como lo son los buenos amores. Como lo es también el nuestro. Un amor que nació el día que te conocí sin quererte conocer, y que jamás podrá morir porque jamás lo podré olvidar. Jamás me perdonaría olvidar a aquella mujer que apareció en mi vida cuando ya a nadie esperaba, para convertirse en el punto de apoyo que volvió a mover mi mundo. Sempre te amarei.