Es falso que los genes controlen nuestra vida. No somos víctimas de nuestra genética. La célula es la vida. Hablar de una célula es como hablar de una persona. Nosotros recibimos la información a través de los cinco sentidos y las células reciben las señales del entorno a través de los receptores que captan la información. El ADN es controlado por señales que vienen desde fuera de la célula, incluyendo mensajes energéticos de nuestros propios pensamientos, tanto los positivos como los negativos. Cambiar nuestra manera de vivir y de percibir el mundo es cambiar nuestra biología. Los estudios que empecé hace cuarenta años demuestran que las células cambian en función del entorno, es lo que llamamos epigenética. Epi significa por encima de la genética, más allá de ella. Menos del 10% del cáncer es heredado, es el estilo de vida lo que determina la genética.
El subconsciente es un procesador de información un millón de veces más rápido que la mente consciente y utiliza entre el 95% y el 99% del tiempo la información ya almacenada desde nuestra niñez como un referente. Por eso cuando decidimos algo conscientemente como, por ejemplo, ganar más dinero, si nuestro subconsciente contiene información de que es muy difícil ganarse la vida, no lo conseguiremos. Somos víctimas de nuestras creencias, pero podemos cambiarlas. El efecto placebo consiste en que si pienso que una pastilla me puede sanar, me la tomo y me encuentro mejor. Me ha sanado la creencia. Al igual que los pensamientos positivos y el efecto placebo afectan a nuestra biología, existe el efecto nocebo: si crees que algo te hará daño, acabará por hacerte daño. Henry Ford decía que tanto si crees que puedes como si crees que no puedes, tienes razón. Si eliges vivir un mundo lleno de amor, tu salud mejorará.
La química que provoca la alegría y el amor hace que nuestras células crezcan, y la química que provoca el miedo hace que las células mueran. Los pensamientos positivos son un imperativo biológico para una vida feliz y saludable. Existen dos mecanismos de supervivencia: el crecimiento y la protección, y ambos no pueden operar al mismo tiempo. O creces o te proteges. Los procesos de crecimiento requieren un intercambio libre de información con el medio, la protección requiere el cierre completo del sistema. Una respuesta de protección mantenida inhibe la producción de energía necesaria para la vida. Para prosperar necesitamos buscar de forma activa la alegría y el amor, y llenar nuestra vida de estímulos que desencadenen procesos de crecimiento. Las hormonas del estrés coordinan la función de los órganos corporales e inhiben los procesos de crecimiento, suprimen por completo la actuación del sistema inmunológico.
Las creencias inconscientes pasan de padres a hijos. Los comportamientos, creencias y actitudes que observamos en nuestros padres se graban en nuestro cerebro y controlan nuestra biología el resto de la vida, a menos que aprendamos a volver a programarla. Deshágase de los miedos infundados y procure no inculcar creencias limitadoras en el subconsciente de sus hijos.
La red está siendo un hervidero contra la llamada JMJ (Jornada Mundial de la Juventud), con internautas que parece que les fuese la vida en ello. La mofa y el escarnio están a la orden del día, así como las críticas por el coste de la presencia en Madrid de Benedicto XVI. Yo, que soy ateo religioso pero creyente metafísico, no voy a entrar en polémicas artificiales, azuzadas por intolerantes que “ven la paja en el ojo ajeno, pero son incapaces de ver la viga en el suyo”. Jesucristo, autor de esta célebre frase, no compartiría la agresiva actitud manifestada por los detractores de esta visita. Pero tampoco entendería que un señor se crea el guardián de las esencias morales. Al final, tan radicales son los unos como los otros.
Los gerifaltes de la Iglesia Católica no son las personas más adecuadas para decirnos lo que debemos hacer, entre otras cosas porque el Vaticano y sus ramificaciones son un centro de poder muy poco transparente. Eso no es óbice para que existan religiosos de infantería que realizan una extraordinaria labor por la gente más necesitada. De hecho, estoy convencido de que la mayoría de ellos son buenas personas que sólo buscan el bien del prójimo. ¿Quién en su sano juicio puede arrementer contra el cura de parroquia que intenta auxiliar a familias hambrientas? Nuestro enemigo es el poder político y económico, no los cristianos. Los indignados están a tiempo de recuperar la cordura, si no quieren degenerar en un movimiento anticatólico parasitado por perroflautas y feministas de extrema izquierda. Es imprescindible rebelarse, pero buscando la mayor unidad posible porque cuantos más seamos más grande será nuestra fuerza.
Lo que sí me indigna de la Iglesia Católica es el monopolio que cree tener acerca del bien y el mal. Ella decide lo que nos conviene y lo que no, como si fuéramos niños de teta, la cual, desde muy temprana edad, es pecado fuera del matrimonio. El pecado es un concepto de una obscenidad palmaria, pues lleva asociado el peor sentimiento que puede albergar un alma humana: el miedo. Si haces algo que contraviene sus normas morales, recaerá sobre ti el sentimiento de culpa. Y eso está muy mal, amigo Benedicto. El día que prediques el amor y sólo el amor, a lo mejor me paso por alguno de tus espectáculos. Pero mientras la Iglesia siga pervirtiendo las enseñanzas de Jesús de amar a tu prójimo como a ti mismo, independientemente de que sea gay, lesbiana, abortista o incluso Zapatero, conmigo que no cuenten. Y a los jóvenes que están en Madrid sólo les deseo que disfruten de la experiencia entre ellos, pues a buen seguro el calor de la capital obrará en muchos de sus cuerpos el milagro de un amor que ni la Iglesia podrá separar. Amaos los unos a los otros y protegeos… de las lipotimias.
A menudo habréis escuchado expresiones como “amores reñidos son los más queridos” o “quien bien te quiere te hará llorar”. Son una pura falacia. Quien te quiera de verdad intentará hacerte la vida agradable, y deseará arrancarte una sonrisa cada mañana. Eso es amor. Las relaciones tempestuosas no tienen nada de románticas, y sí mucho de adictivas. A veces nos enganchamos a personas que nos hacen la vida imposible, pero ahí seguimos, inasequibles al desaliento, como putos yonquis. Aunque abundan mucho esta clase de relaciones entre las parejas, éstas no tienen el monopolio del sufrimiento emocional. Los vínculos paterno-filiales son fuente de muchos de los mayores conflictos que pueda vivir el ser humano. Hay gente que tiene la suerte de tener una familia respetuosa y cariñosa, pero desgraciadamente las familias modélicas no se suelen estilar demasiado.
Parece que los únicos maltratos que existieran en la sociedad fuesen los de hombres contra mujeres, pero nada más lejos de la realidad. Haciendo zapping comprobé la otra noche cómo una persona de apariencia ruda y fuerte, llevaba unas enormes cicatrices en el alma por culpa de su padre (fue en un programa de la llamada telebasura, debo admitirlo, pero es que incluso en un estercolero se puede encontrar una flor). No olvidemos que en el seno familiar, en la intimidad del hogar, se producen diariamente millones de malos tratos con los hijos como víctimas, por parte de progenitores que “sólo quieren lo mejor para ellos”. Machacan a sus vástagos hasta el ensañamiento, por ser incapaces de asumir sus propios conflictos interiores.
Quien conozca especialistas en salud mental, sabrá que lo que cuento es cierto. Estos maltratadores psicológicos son hombres y mujeres que se presentan como víctimas, y quizá lo sean. De lo que no cabe duda es de que acaban convirtiéndose en los verdugos de sus hijos. Piensan que con dosificarles unas migajas de cariño ya son padres modélicos. Y no es así. Son personas de una irresponsabilidad mayúscula, que atormentan a sus vástagos y, lo que es peor, acaban convenciéndoles de que se merecen tanto dolor. Idéntico mecanismo mental es el que emplean los maltratadores físicos con sus víctimas femeninas. Éstas acaban asumiendo barbaridades como “si me maltrata es por mi bien”, “en el fondo es una buena persona”, “la culpa es mía porque le hago sufrir”… Y una mierda. Quien te veja, ya sea física o psicológicamente, o ya sea tu padre, tu madre, tu marido o tu novia, no te quiere. Por eso, lo mejor es dar un portazo y salir corriendo, huyendo del psicópata. Son lobos con piel de cordero, egoístas hasta la médula, que jamás tendrán la decencia de reparar moralmente el destrozo causado. Huye sin mirar atrás.
Hace justo un año os felicitaba las fiestas con Happy Christmas, de John Lennon. Hoy deseo hacerlo con este vídeo que habla de ti y de mí, y de lo que tenemos en común que no es mucho, es todo. Algún día la humanidad entera descubrirá que todos somos uno, y el mundo será un lugar mucho mejor. Feliz Navidad.