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revolucion(A continuación, un amplio fragmento de  la maravillosa entrevista al escritor David Martí que publicó ayer La Vanguardia en su sección la contra. Una auténtica delicia.)

Tengo 39 años. Nací en Barcelona y vivo entre Barcelona y Arnes (Terra Alta). Hice otras cosas…, ¡pero soy escritor! Vivo en pareja. ¿Política? ¡Ojalá fuese más creativa y coherente! ¿Dios? Lo que importa es el potencial de cada persona, al margen de sus creencias

Hice otras cosas…, ¡pero soy escritor!”, dice.

Sí. Lo soy: ya está.

¿Qué cosas hizo?

Apenas dos años atrás yo era un ejecutivo de corbata y maletín, gestionaba proyectos técnico-administrativos…

¿Y hoy escribe novelas?

Sí. Yo era un tipo amargado, desgraciado, insatisfecho, sentía que quemaba mi vida, sumido en la ansiedad… Llegué a tomar tres ansiolíticos cada noche… Casi enloquecí.

¿Y cómo dijo adiós a todo eso?

No fue fácil, ya que uno cree que jamás podrá hacer algo distinto de lo que está haciendo… Fui víctima de mobbing y tuve que cogerme algunas bajas…, tras las que siempre regresaba a la tortura. Hoy veo que me faltaba valor para respetarme y salir de allí.

¿Alguien le ayudó?

Intenté dejar las pastillas practicando yoga, y eso me ayudó. Pero mucho más me ayudó aquel camarero…

¿Qué camarero?

Yo entraba en un bar alguna mañana, con mi traje, mi corbata y mi maletín, amargado, y con medio gruñido pedía al camarero: “Un cortado”. Me lo tomaba sin hablar ni levantar la cabeza y me largaba. Pero un día…

¿Qué?

El camarero salió de detrás de la barra, se sentó a mi lado, se sirvió un whisky, se lo tomó de un trago y me espetó: “¿Tú sufres mucho, no?”.

¡Qué confianzas…! ¿Qué hizo usted?

Le miré cabreado, poniéndole cara de “¿y tú de qué vas, capullo?”. Él, con media sonrisa, añadió: “Recuerda que lo más importante de tu vida es que te respetes a ti mismo”. Salí de allí y, en la calle…, rompí a llorar.

Vaya con el camarero terapeuta…

Sin saberlo, él cambió mi vida: ¡hoy soy el tipo más feliz del mundo!

¿Y en qué consiste eso?

En reconciliarte contigo mismo. En mi caso, consistió en abandonar aquel empleo que estaba a punto de volverme loco (literalmente), y perseguir mi sueño de niñez: ser escritor. Lo hice, y publiqué un manual basado en mi experiencia, La (r) evolución interior…

¿Quedó atrás aquella insatisfacción?

Sí, porque ya he entendido que no estamos aquí para pagar una hipoteca. Y que somos magos: tenemos capacidad para crear nuestro presente.

¿Y para qué diría que estamos aquí?

Para crear (un libro, un dibujo, una obra, una casa, esta entrevista, una familia…) y para compartir. Yo no tengo un duro, pero estoy feliz: ¡estoy creando y compartiendo!

¿Y cuál es hoy su sueño?

Retirarme a una masía de la Terra Alta, ante los Ports, junto a un olivo, dos viñas, un limonero, un cerezo y dos gallinas. Y un día morir allí con una sonrisa.

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(Cuenta la leyenda que fue en las tascas de Madrid donde Frank Sinatra purgó su derrota, cuando no pudo reconquistar al animal más bello del mundo, una Ava Gardner que yacía en alcobas de sangre y arena. También dicen de él que durante el tempestuoso divorcio de Woody Allen y una de sus ex-mujeres, Mia Farrow, ofreció a ésta la actuación estelar de unos profesionales liberales, con el filantrópico objetivo de partirle las piernas al cineasta neoyorquino. Así fue su vida, vivida a su manera, y así nos la narra en esta sublime canción. Una obra de arte cuya letra bien podría servir para explicarnos en qué consiste eso de vivir, pues cuando nos entregaron la vida al nacer se les olvidó incluir el manual de instrucciones, no como sucede con las lavadoras.)

A  MI  MANERA

(Letra de Paul Anka)

Y ahora que el final se acerca
que encaro el último telón
te hablaré claramente, amigo mío
te hablaré de mí, de lo que he aprendido

Yo he vivido plenamente
he recorrido todos los caminos
y lo más importante de todo:
lo hice a mi manera

Me arrepiento de algunas cosas
aunque muy pocas dignas de mención.
Yo hice lo que debía
y lo hice sin excepción

Yo planeé cada recorrido
cada paso cuidadosamente a lo largo del camino
y lo más importante de todo:
lo hice a mi manera

Sí, hubo momentos, como seguro que ya sabes,
en que mordí más de lo que podía masticar

pero pese a todo y ante la duda,
me lo comí y lo escupí.
Encaré todo con orgullo
y lo hice a mi manera

He amado, reído y llorado
lo he pasado mal, sufrí derrotas
y ahora, con mis lágrimas ya secas
lo encuentro todo ¡tan fascinante!
Pensar que yo hice todo eso
y poder decir sin timidez
¡oh, no, yo no! ¡yo lo hice a mi manera!

Porque, ¿qué es un hombre?
¿qué es lo que tiene?
Si no se tiene a sí mismo, entonces no tiene nada.
Decir lo que él siente de veras
y no como lo haría alguien sometido.
Mi vida demuestra que encajé los golpes
pero lo hice a mi manera
sí, a mi manera

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Una mujer entra en una farmacia para comprar unas aspirinas porque le duele la cabeza. Pide una caja y la farmacéutica le dice: “¿Ha pensado en someterse a un tratamiento para adelgazar?” La clienta, atónita, probablemente le respondería: “¿Tan gorda me ve?”.  “Mujer, gorda, lo que se dice gorda, no. Pero sí que tiene unos kilitos de más. Si no me cree, pésese en nuestra báscula”, concluiría la farmacéutica. Así que la clienta que sólo quería unas aspirinas acaba subida a una báscula que le escupe un ticket. Su sentencia, en letras mayúsculas: SOBREPESO. La boticaria, ya venida arriba porque ha conseguido minar la autoestima de la jaquecosa mujer, le muestra un surtido de lo más variopinto, y caro, para ayudarle a adelgazar. Veinte minutos después, la protagonista de nuestra historia abandona la farmacia con 95 euros menos, la moral por los suelos… y sin las aspirinas.

Imaginemos ahora a la misma mujer. En esta ocasión tiene que guardar cola para comprar las aspirinas, por lo que decide entretener la espera pesándose. Ella, que suele hacerlo semanalmente en casa, sabe que su peso ronda los 63 kilos. Se sube a la báscula, que como es de las modernas también mide su estatura, y estira como puede su metro sesenta y ocho. Mete tripa apretando el conjunto de su anatomía hasta congestionarse y, por fin, llega el ansiado veredicto: 70 kilos. SOBREPESO. Apesadumbrada se baja de la báscula, la cual está ubicada estratégicamente entre los tratamientos adelgazantes. Oculta el ticket, y cuando llega su turno le pide consejo a la farmacéutica para comprarse algún producto que sea eficaz “para perder unos kilitos”. Veinte minutos después, la protagonista de nuestra historia abandona la farmacia con 95 euros menos, la moral por los suelos… y sin las aspirinas.

Dos historias con distintos comienzos pero idéntico final, que es lo que importa. El primer ejemplo representa un modo muy burdo de colocarle a una persona un oneroso tratamiento para adelgazar. El segundo, en cambio, es una manera mucho más amable (y habitual) de conseguir el mismo objetivo: sacarle una pasta. Cuento todo esto porque he podido comprobar en persona que algunas farmacias tienen unas básculas ‘modificadas’ para que pesen de más, las cuales, casualmente, están situadas junto a un sinfín de productos para quedarnos divinos de la muerte. No deja de sorprender la existencia de farmacias que practiquen esta peculiar técnica comercial, porque se supone que ellas son las intermediarias entre los médicos y los pacientes. Si tanto se está luchando contra la anorexia, ¿por qué se nos instiga con diversas artimañas para que perdamos el mayor peso posible?

Parece evidente que están jugando con nuestras inseguridades con el único fin de convertirnos en esclavos de nuestra imagen. Nos venden que seremos más felices, especialmente las mujeres, si nos ceñimos a unos inhumanos cánones de belleza impuestos por empresas que hacen de nuestros cuerpos su negocio. Pero el peso que realmente nos sobra, pues supone un lastre del que es urgente deshacerse, es el de nuestros complejos y nuestros miedos. Tenemos que despojarnos de la falsa y estúpida creencia de que las mujeres serían más felices si tuvieran una 90-60-90 (ahora ya 85-55-85 y bajando), o los hombres si lucieran un torso hercúleo. Quiérete tal como eres porque tú, aquí y ahora, ya eres una persona maravillosa. Cuando lo descubras desaparecerán tus quebraderos de cabeza, y probablemente no volverás a necesitar ni siquiera una caja de aspirinas.

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