Fue ayer por la mañana, tras constatar que sus tarjetas de acceso a la planta no funcionaban, cuando muchos trabajadores descubrieron lo que realmente ocurría: estaban despedidos. Otros compañeros suyos que han corrido la misma suerte, fueron avisados por la noche con una simple llamada telefónica. No puede ser casual que esta puñalada trapera se haya producido en pleno verano, pues de esta manera consiguen que su repercusión mediática sea nula, especialmente al haber coincidido con atentados etarras. Una puñalada que Nissan ha clavado a 698 de sus trabajadores tras asegurarse, eso sí, el cobro de préstamos por valor de 103 millones de euros para sus instalaciones españolas. Miguel Sebastián, el de las bombillas, aseguró hace sólo unos meses que dichos préstamos se concederían si se conservaba el empleo. Pero el ministro se la va a tener que envainar, por enésima vez, porque la Comisión Europea se niega a que Nissan devuelva el dinero que le han prestado.
La mitad del dinero recibido por Nissan lo va a utilizar para pagar las indemnizaciones. ¿Y qué pasa con los cincuenta millones de euros restantes? ¿Es otro regalo más de los contribuyentes a una empresa privada? ¿Hasta cuándo vamos a tener que aguantar estos actos de terrorismo empresarial, con el gobierno mirando hacia otro lado? Servidor no es proclive a la violencia, pero entiendo que situaciones tan excepcionales como la actual, que está provocando un inmisericorde apisonamiento de los trabajadores, no deberían de quedar impunes. Uno ya se empieza a hartar de tanta tomadura de pelo de nuestros políticos, que dilapidan el dinero público para regalárselo a los bancos y a las grandes empresas. En este caso concreto, podríamos citar al molt honorable Montilla, que hace cinco meses tuvo la jeta de asegurar que, gracias a su viaje a Japón, había logrado cambiar los planes que Nissan y Sony tenían para sus fábricas catalanas. Pues menos mal.
Desde mi punto de vista, aparte de otras medidas más contundentes, habría que boicotear a esta marca automovilística, así como a cualquier otra que se dedique a despedir después de habérselo llevado bien calentito. Si yo me tuviera que comprar un coche ahora lo tendría muy claro: cualquiera menos un Nissan. Quizá sólo sea un gesto simbólico, pero como he comentado en multitud de ocasiones, nunca debemos subestimar nuestra capacidad para cambiar las cosas, especialmente cuando nos comprometemos por causas que merecen la pena. Hoy es Nissan, pero mañana será cualquier otra gran empresa la que condene a la pobreza a centenares de familias. O nos lo tomamos muy en serio y obramos en consecuencia, o de aquí a un año media España va a vivir en la miseria, y la otra media camino de ella.
Un catalán de Albacete le dio anoche al Barcelona su pase a la final de la Liga de Campeones, no confundir con la Champions League de Zapatero. Andrés Iniesta, criado en los campos de la Masía, firmó anoche el gol más importante de su carrera deportiva. Un regalo para el barcelonismo en general y para el propio Andrés en particular, pues el próximo lunes será su cumpleaños, otro motivo más para felicitar a este magnífico futbolista de carácter tímido y rostro pálido, que de haber nacido en Argentina o Brasil hoy sería considerado un crack mundial.
El gol de Iniesta no es fruto de la casualidad, como nada en la vida. Ese minuto 92 en el campo del Chelsea, viene precedido por una trayectoria tanto personal como colectiva que auguraba el mayor de los éxitos. No olvidemos que su club, el Barcelona, ha cuidado la cantera desde hace muchos años. De hecho la mitad de su equipo titular está compuesto por jugadores que se han formado en las categorías inferiores azulgranas. Cuando crees firmemente en un proyecto de gente joven nacional, como ha hecho Guardiola, ésta suele responder muy bien, demostrándose que no hace falta gastarse cifras astronómicas en jugadores de apellidos impronunciables. Los futbolistas de cantera, a diferencia de los extranjeros galácticos, sienten por su equipo de la infancia un sincero compromiso emocional, que les hace llorar cuando sufren una severa derrota, pero también gritar como nadie cuando tocan la gloria con las manos. Como hizo ayer Andrés.
(Gol de Iniesta con la narración de la Cadena SER)
El Rey Juan Carlos fue homenajeado ayer en Barcelona, durante una cena que conmemoraba el 50º aniversario del Círculo de Economía. Ante unos 1.200 comensales de alta alcurnia, el monarca soltó el discurso de siempre sobre lo buenos que son los empresarios catalanes para la economía española, etc., etc. Pero el mejor momento de la noche se produjo cuando, tras tropezarse, se cayó por las escaleras del escenario. Aunque pueda parecer una mera anécdota sin importancia, que lo es, también podría resultar una señal de la mala pata con que nuestro país ha comenzado esta nueva legislatura, que prometía ser de vino y rosas socialistas. Si hasta el primero y más afortunado de los españoles empieza ya a caerse, no quiero ni imaginar cómo acabaremos sus súbditos, ¿estrellados tal vez?
Quien tenga la saludable costumbre de leer diariamente mis resúmenes de prensa, no tendrá necesidad alguna de que le cuente cómo está cayendo la economía en el solar patrio. Como las cosas sigan así, acabaremos teniendo que salir a la calle con chichonera porque, la verdad, parece que a la España feliz de Zapatero le hubiesen echado un mal de ojo. Porque si bien es cierto que muchos ya preveíamos desde hacía años que la economía española, y especialmente la de los hogares, iba a sufrir un muy severo “reajuste”, que diría nuestro presidente, no lo es menos que España puede estar ahora próxima a la quiebra debido a nuestro colosal e insostenible endeudamiento, como advirtió ayer el profesor Roberto Centeno.
Pero mientras los ciudadanos nos levantamos cada mañana con una sarta de noticias peores que el día anterior, los banqueros, empresarios y políticos de nuestro país siguen instalados en el dolce far niente, porque ellos ya se ha encargado de guardarse muy bien las espaldas. Y las carteras. Anoche en Barcelona los pudimos ver a todos juntos nuevamente, encantados de haberse conocido y jaleando a un rey que se cae por las escaleras, como nos puede pasar a cualquiera. Pero mientras que el monarca tiene veinte manos dispuestas a socorrerlo de inmediato, sus vasallos tenemos ese mismo número de manos, sí, pero en el cuello.