En algunas ocasiones, la vida nos depara momentos inolvidables en medio de la vorágine cotidiana. Desgraciadamente el ser humano, tan absorto en sus pensamientos circulares, tan ajeno a los milagros que fluyen ante sus ojos, muy pocas veces logra despertar y ser consciente de esos instantes llenos de magia. Una de esas raras excepciones la pudimos encontrar hace sólo cinco semanas, en el Mercado Central de Valencia. Por las emocionadas caras de los allí presentes, deduzco que van a recordar esta experiencia musical durante muchos años o incluso quizá el resto de sus vidas. Porque si bien es cierto que las personas podemos llegar a ser muy distintas, al final todas, hasta en nuestros peores momentos, acabamos rindiéndonos ante la belleza.
Actualización: como mi buen amigo Emilio y mi mujer me han informado de que el blog daba error en las últimas horas, he llegado a la conclusión de que se podía deber al vídeo que había adjuntado en este artículo. Por la razón que sea, la página no se cargaba bien. Por eso he decidido añadir simplemente el enlace del vídeo en youtube, para que quien desee verlo sólo tenga que pinchar en él. Disculpad las molestias.
Una mujer entra en una farmacia para comprar unas aspirinas porque le duele la cabeza. Pide una caja y la farmacéutica le dice: “¿Ha pensado en someterse a un tratamiento para adelgazar?” La clienta, atónita, probablemente le respondería: “¿Tan gorda me ve?”. “Mujer, gorda, lo que se dice gorda, no. Pero sí que tiene unos kilitos de más. Si no me cree, pésese en nuestra báscula”, concluiría la farmacéutica. Así que la clienta que sólo quería unas aspirinas acaba subida a una báscula que le escupe un ticket. Su sentencia, en letras mayúsculas: SOBREPESO. La boticaria, ya venida arriba porque ha conseguido minar la autoestima de la jaquecosa mujer, le muestra un surtido de lo más variopinto, y caro, para ayudarle a adelgazar. Veinte minutos después, la protagonista de nuestra historia abandona la farmacia con 95 euros menos, la moral por los suelos… y sin las aspirinas.
Imaginemos ahora a la misma mujer. En esta ocasión tiene que guardar cola para comprar las aspirinas, por lo que decide entretener la espera pesándose. Ella, que suele hacerlo semanalmente en casa, sabe que su peso ronda los 63 kilos. Se sube a la báscula, que como es de las modernas también mide su estatura, y estira como puede su metro sesenta y ocho. Mete tripa apretando el conjunto de su anatomía hasta congestionarse y, por fin, llega el ansiado veredicto: 70 kilos. SOBREPESO. Apesadumbrada se baja de la báscula, la cual está ubicada estratégicamente entre los tratamientos adelgazantes. Oculta el ticket, y cuando llega su turno le pide consejo a la farmacéutica para comprarse algún producto que sea eficaz “para perder unos kilitos”. Veinte minutos después, la protagonista de nuestra historia abandona la farmacia con 95 euros menos, la moral por los suelos… y sin las aspirinas.
Dos historias con distintos comienzos pero idéntico final, que es lo que importa. El primer ejemplo representa un modo muy burdo de colocarle a una persona un oneroso tratamiento para adelgazar. El segundo, en cambio, es una manera mucho más amable (y habitual) de conseguir el mismo objetivo: sacarle una pasta. Cuento todo esto porque he podido comprobar en persona que algunas farmacias tienen unas básculas ‘modificadas’ para que pesen de más, las cuales, casualmente, están situadas junto a un sinfín de productos para quedarnos divinos de la muerte. No deja de sorprender la existencia de farmacias que practiquen esta peculiar técnica comercial, porque se supone que ellas son las intermediarias entre los médicos y los pacientes. Si tanto se está luchando contra la anorexia, ¿por qué se nos instiga con diversas artimañas para que perdamos el mayor peso posible?
Parece evidente que están jugando con nuestras inseguridades con el único fin de convertirnos en esclavos de nuestra imagen. Nos venden que seremos más felices, especialmente las mujeres, si nos ceñimos a unos inhumanos cánones de belleza impuestos por empresas que hacen de nuestros cuerpos su negocio. Pero el peso que realmente nos sobra, pues supone un lastre del que es urgente deshacerse, es el de nuestros complejos y nuestros miedos. Tenemos que despojarnos de la falsa y estúpida creencia de que las mujeres serían más felices si tuvieran una 90-60-90 (ahora ya 85-55-85 y bajando), o los hombres si lucieran un torso hercúleo. Quiérete tal como eres porque tú, aquí y ahora, ya eres una persona maravillosa. Cuando lo descubras desaparecerán tus quebraderos de cabeza, y probablemente no volverás a necesitar ni siquiera una caja de aspirinas.
Hace pocas semanas, en una deliciosa entrevista que le hizo Federico J. Losantos, Alfredo Landa confesó su rendida admiración por Frank Capra y, sobre todo, por su colosal ¡Qué bello es vivir!. Una película que, incomprensiblemente, en su estreno fue un rotundo fracaso tanto de público como de crítica. De hecho, supuso el principio del fin de la carrera de su director. Sin embargo, la historia acabó poniendo en su sitio tanto a este cineasta como a su mejor película, pues sería un sacrilegio no reconocer el extraordinario talento que derrochó su director durante toda su carrera, y que llegó a su cumbre creativa con el rodaje de esta cinta.
Otro genial actor y protagonista absoluto de ¡Qué bello es vivir!, James Stewart, nunca ocultó su predilección por ella, pues además reconoció que ésta fue la mejor interpretación de toda su filmografía, casi nada. Y es que, a mi juicio, estamos ante la mejor película de la historia, sobre todo porque su idea principal no puede ser más brillante ni original. Desde el primer minuto tienes la sensación de estar presenciando algo demasiado grande; tanto, que parece tocada por la mano de Dios. Y aunque es una película ideal para la navidad que acabamos de despedir, se puede disfrutar igualmente en cualquier otra época del año. Siempre es bueno que nos recuerden que somos importantes, y que cuando damos lo mejor de nosotros mismos a los demás ya estamos haciendo que nuestra vida valga muchísimo la pena.
Así lo hizo en toda su carrera Frank Capra y, muy especialmente, en ¡Qué bello es vivir!, estrenada recién finalizada la Segunda Guerra Mundial. Como confesó en su autobiografía: «No la hice para los críticos aburridos ni para los intelectuales pedantes. La hice para la gente sencilla como yo; gente que quizás había perdido a su marido, o a su padre, o a su hijo; gente que estaba a punto de perder la ilusión de soñar, y a la que había que decirle que ningún hombre es un fracasado». Dondequiera que estés, Frank Capra, gracias por habernos regalado el mejor antidepresivo jamás ideado, el único sin efectos secundarios y, sobre todo, sin fecha de caducidad.
El hecho de que coincidiera en la lucha por los Oscars con Forrest Gump, la privó del reconocimiento popular que sí logró la cinta protagonizada por Tom Hanks. No obstante, para los amantes del buen cine, Cadena perpetua es sin duda una de las mejores películas de las últimas décadas: una historia sobre la belleza de la libertad, sobre la superación del miedo para dejar de ser esclavos, y sobre los escasos privilegiados que ya nada esperan y que, sólo entonces, descubren que son libres. Os dejo con esta magistral secuencia, una de las más hermosas que ha parido el cine moderno.