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¿Sabías que los oncólogos judíos, en su inmensa mayoría, utilizan la quimioterapia sólo para los enfermos no judíos? ¿Sabías que un artículo que ha sido incluido en el Talmud obliga a que los pacientes judíos sean tratados con la Nueva Medicina Germánica, la cual excluye el uso de la quimioterapia? ¿Sabías, en definitiva, que se hace todo lo posible para que esta Nueva Medicina sea aplicada sólo en enfermos de cáncer que sean judíos?

Todo esto fue reconocido oficialmente por el gran rabino Esra Iwan Gotz a finales del pasado año, en este documento que firmó en Noruega. En él admitió que existe un complot mundial para que no se divulgue la Nueva Medicina Germánica, y así propiciar el fallecimiento de muchos millones de personas anualmente. Se calcula que sólo en los últimos treinta años, cerca de dos mil millones de personas han podido morir de cáncer. Hasta tal punto lo tiene claro, que hace un llamamiento mundial para que “Detengan este crimen y este genocidio mundial de los no judíos”. Hay que tener en cuenta que otro gran rabino, Menahem Schnerson, escribió hace varias décadas a todos los rabinos del planeta para que los judíos fuesen tratados con esta técnica, ordenando a su vez que la misma debería mantenerse en secreto para el resto de la humanidad.

El padre de esta Nueva Medicina, el doctor Hamer, ha sufrido las peores penalidades imaginables por defender un método que, al parecer, goza de una gran efectividad en la lucha contra el cáncer. La mafia médica, de la que ya hablé la semana pasada, ha ido a por el doctor Hamer desde que tuvo conocimiento de que este excepcional médico había descubierto una forma holística de tratar el cáncer y, lo que es más importante, no agresiva. Como es lógico, a las grandes farmacéuticas, que tienen mucho que ver en esta historia, se les vendría el chiringuito abajo si fuese de dominio público que el cáncer se puede llegar a curar sin tratamientos de presupuestos millonarios. Por eso le han puteado tanto, y ahí siguen.

En próximas semanas seguiré hablando de esta Nueva Medicina. Por hoy quiero terminar dejando muy claro un mensaje, para quien lo quiera saber: el cáncer se puede curar con una efectividad muy superior a la lograda por la medicina clásica, con un sistema que no utiliza quimioterapia ni radioterapia. Un método barato que convierte al paciente en el máximo responsable de su curación pues en el fondo, por duro que resulte asumirlo, también nosotros somos responsables de nuestras enfermedades. Y es que, según demostró Hamer y certificaron posteriomente los oncólogos judíos, nuestros diversos traumas y conflictos emocionales son los principales causantes de los diversos tipos de cáncer. Sé que parecerá increíble, pero de miedo y sufrimiento también se puede morir. Los judios lo saben y la ciencia ya lo ha demostrado.

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Probablemente su nombre no te diga nada, especialmente porque tanto a la todopoderosa industria farmacéutica como a la medicina oficial les interesa silenciar su mensaje. Y no es de extrañar, porque Ghislaine Lanctôt es una de las grandes personalidades que se atreve a denunciar que el sistema médico vive de la enfermedad, y no de la salud. Un sistema que está montado como un monumental negocio, pues no olvidemos que la industria farmacéutica es la segunda que más dinero mueve en el planeta.

En 1994 ella escribió La mafia médica, un polémico y revelador libro que le acarreó gravísimas consecuencias personales y legales. Entre otras, la prohibición de volver a ejercer como médico. Para el sistema es absolutamente intolerable que alguien se atreva a decir de él públicamente que está diseñado para que la gente esté enferma, ya que los sanos no generan ingresos. Pero para Ghislaine Lanctôt, los grandes responsables de esta corrupción no son los médicos a título individual, pues ellos hacen lo que buenamente pueden. Los auténticos culpables de este corrupto sistema sanitario son los grandes laboratorios, las autoridades políticas, las compañías aseguradoras, los colegios de médicos y, especialmente, la Organización Mundial de la Salud.

Aunque parezca mentira, son las multinacionales farmacéuticas las que deciden, desde hace décadas, tanto los contenidos que se enseñan a los futuros médicos como los que se debaten en los congresos de medicina. Tremendo, ¿verdad?. Pero por fortuna la humanidad cuenta con personas valientes e íntegras como la autora de La mafia médica, dispuestas a sacrificarlo todo para abrir nuestros ojos. Personas como el premio Nobel de Medicina, Richard J. Roberts, que también comparte el polémico punto de vista de Ghislaine Lanctôt. Él lo resume con esta demoledora frase: “El fármaco que cura del todo no es rentable”. Quiero insistir en que, por duro que resulte admitirlo, la medicina en el siglo XXI está concebida como un colosal negocio. Hasta tal punto, que el sistema torpedea constantemente a las medicinas alternativas no agresivas. Por ejemplo, la Nueva Medicina del Dr. Hamer, de gran eficacia  para tratar el cáncer. Otro día hablaremos del calvario que han infligido a este señor alemán, porque también merece capítulo aparte.

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La muerte de su abuela por culpa del cáncer, fue la causa por la que decidió dedicar su vida a la curación de esta enfermedad. Y mientras, grandes poderes fácticos se dedican a jodérsela. Me estoy refiriendo a la industria farmacéutica, la segunda que más dinero mueve en el mundo, tras la armamentística. Aplicando la geometría fractal, que no voy a explicar porque no la entiendo, Antonio Brú y su equipo pueden estar próximos a acabar, ellos solitos y de un plumazo, con la enfermedad que anualmente mata a millones de personas en todo el mundo. Un mal que, además, ocasiona unos gastos hospitalarios descomunales y que a su vez, lógicamente, genera unos incalculables beneficios económicos.

Gran parte de la mafia médica también se ha cebado contra el protagonista de este artículo, negándole el pan y la sal. Han convertido en un apestado al hombre que, si siguiera adelante con el respaldo institucional debido, podría hacerse merecedor vitalicio del Premio Nobel de Medicina. Antonio Brú está luchando contra un paradigma sagrado, pues ofrece una manera alternativa de tratar el cáncer, y por ello se ha dado de bruces contra, como él mismo la ha denominado, “la conjura de los necios”. Este hombre ha cometido la osadía de estudiar el cáncer con una óptica multidisciplinar (medicina, física y biología), y hasta ahí podíamos llegar. Resulta incomprensible, tanto para él como para cualquiera que no tenga un paquete de acciones farmacéuticas, que estén boicoteando esa transgresora línea de investigación. La cual, todo sea dicho, podría ayudar a salvar las vidas de más cien mil personas que, sólo en España, mueren anualmente de cáncer. Pero como no todo iba a ser deprimente en esta historia, oncólogos de otros países no sólo no le consideran un lunático, sino que siguen entusiastamente la senda de sus brillantes y prometedoras investigaciones.

Su descubrimiento, que de confirmarse sería la noticia más importante del último siglo (por lo menos), consistiría en que cualquier tipo de cáncer se pueda curar fortaleciendo el sistema inmunológico con una metodología concreta. Caso de lograrlo, cuestionaría todavía más tanto la quimioterapia como la radioterapia. Pero probablemente tenga que ser en otra parte porque, insisto, en España la mafia médica va a por él. Además, y para mayor escarnio, Antonio Brú no es uno de los suyos, pues es físico y no médico. Que un físico, a partir de unas ecuaciones en una pizarra, pueda derribar los cimientos multimillonarios de las farmacéuticas, además de los egos de los oncólogos, no se puede tolerar. Y en ésas están.

Si, finalmente, se demostrase que una potenciación específica del sistema inmunológico del paciente, sería suficiente para superar la enfermedad, los tratamientos agresivos que se emplean hasta ahora y que, desde luego, han salvado millones de vidas, podrían ser pronto innecesarios. En ese caso, España presumiría ante el mundo entero de un equipo de investigadores que, liderado por Antonio Brú, habría logrado un descubrimiento colosal. Pero eso si no se ven obligados a emigrar antes, claro. No obstante, y mientras les deseamos vehementemente el mayor éxito, ellos tendrán que seguir adelante como hasta ahora, sin ayudas económicas estatales y con el desprecio de la comunidad médica española, por culpa de la envidia y la necedad. Dos cánceres de nuestra genética nacional para los que jamás habrá cura.

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