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Y ahora, si nos perdonan, vamos a hablar de cine español” (Antonio Gasset)

Según datos oficiales, el cine español ha perdido cinco millones y medio de espectadores en el último año. Un tercio del público que vio nuestras películas durante el 2006, se fue con las palomitas a otra parte en el 2007. Cabe destacar igualmente que sólo uno de cada ocho espectadores optó el año pasado por una producción nacional. La única cinta que sobresalió fue El orfanato, pues para encontrar la siguiente habría que descender hasta el puesto vigésimo quinto de la clasificación. O sea, la segunda división para los lectores del Marca.

El ministro de Cultura, por su parte, ha asegurado que “se ve más cine que nunca, pero se asiste menos a las salas, debido también a las nuevas tecnologías”. Es una manera ingeniosa, como gran poeta que es, de justificar el estrepitoso descalabro del cine español. O sea, que los parroquianos ya no acudimos a las salas a verle el culo a Elsa Pataki, o a ver a los buenos y a los malos durante la guerra civil y en la actualidad, porque preferimos descargárnoslas con el Emule y luego verlas en el portátil. Va a ser eso. Porque, probablemente, tú ahora mismo estés bajándote El ekipo ja o incluso Café solo o con ellas, ¿a que sí?. Ya que la SGAE ha decidido atracarnos con el visto bueno del Gobierno, los contribuyentes, al parecer, hemos optado por piratear obras patrias.

Tururú. Parafraseando la serie de Telecinco con el bucólico título Sin tetas no hay paraíso, podríamos afirmar también que “Sin talento no hay taquilla”. Los nacionales, mientras nos quitamos la pelusa del ombligo, estamos siempre dispuestos a tragarnos lo que nos echen por la tele, porque nos sale gratis. Pero si un sábado por la noche tienes que aflojar siete euros, porque quieres ver una película y no practicar en la fila de los mancos, te niegas a que te cuenten el mismo rollo de siempre. Chico conoce a chica, conflictos de pareja, militares con graduación poniendo los cuernos, hombres que salen del armario y mujeres que entran en un club de intercambios, guardias civiles persiguiendo a fugitivos con las tetas al aire… ¿O era al revés? Todo esto aderezado con unos diálogos normalmente ininteligibles porque no se vocaliza, porque la compleja construcción sujeto-verbo-predicado no ha terminado de germinar en la cabeza del sesudo guionista, o incluso por ambas razones.

Si no fuera porque, para sacarnos de dudas, los directores suelen tener la gentileza de incluir en el elenco a grandes estrellas del firmamento hispánico, como Fernando Tejero o Willy Toledo, uno podría llegar a sospechar que está viendo gore casero. Pero no: es el fruto intelectual de nuestros plañideros cineastas. Como sigan lloviéndoles los millones a estos ordeñadores de la ubre pública, mientras gente con verdadero talento se dedica a servir bravas y oreja, el cine español acabará estrenándose en los cineclubs rurales. Sería deseable, por el bien de lo que queda de nuestro séptimo arte, que muchos de nuestros subvencionados artistas se dedicaran, por ejemplo, al noble gremio de la fontanería. A lo mejor así descubrían su auténtica vocación.

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Me cuesta recordar cuál fue la última película española que he visto en el cine. Pudo ser Volver, del oscarizado manchego Pedro Almodóvar, más conocido como Peeedroooo. Pero por lo que veo no soy un caso excepcional, pues según un reciente estudio, casi el 60% de los españoles considera que el nivel de nuestra filmografía es mediocre. Además, casi la mitad de los ciudadanos encuestados opina que es sólo para minorías. Y como remate, dos de cada tres afirman que prefieren las películas norteamericanas. Toma, y yo.

El cine español ha contado con pocos directores de talla internacional: Berlanga, Buñuel, Fernán-Gómez, Almodóvar, Trueba, Amenábar… Resulta paradójico que la mayoría de las mejores películas de nuestro cine se produjesen bajo la infiel espada triunfadora del ferrolano. Bienvenido, Mr. Marshall, Plácido, El verdugo y Viridiana se rodaron en una España de hambre, rencores, miedos y pobrezas. Pero también hay que tener en cuenta que la necia censura, a veces, tuvo ocurrencias geniales. Como la maravillosa anécdota que cuenta Berlanga, de cómo la censura le tachó la primera frase de un guión. Decía tal que así: “Plano general de la multitud en la Gran Vía madrileña”. El censor se justificó aduciendo que, conociendo al director de la película, seguramente en dicho plano aparecería un cura saliendo de Pasapoga (conocida sala de fiestas madrileña).

Desgraciadamente el cine español del siglo XXI sólo sabe hablar de dos cosas: la guerra civil y el sexo. Muchos directores se han dedicado a rescribir la guerra y a saldar viejas deudas familiares, como si Zapatero se hubiese metido a Stanley Kubrick. Y otros tantos, probablemente de tanta hambre acumulada del sexo opuesto o del propio en las gónadas de sus antepasados, han visto afectada su genética hasta tal punto que sólo saben parir historias con personajes que viven en pelotas. Por eso me imagino que en los castings de muchas películas ya no pedirán recitar a Hamlet, bastará con un striptease para ser calibrado visualmente.

Reconozco que el cine español del destape, de Nadiuska y de las ozoradas de Esteso y Pajares, funcionó muy bien en el postfranquismo. Y comprendo que había mucho apetito y los ojos ya podían pecar sin temor a acabar en Barraquer. Pero esa época pasó, y llegó la del póntelo, pónselo, la liberación sexual, el divorcio exprés y los matrimonios homosexuales. Los nacionales, saturados de descargarse un giga diario de culos y tetas por Internet, ahora vivimos instalados en la cultura del onanismo personal (hoy a cualquier cosa le llaman cultura). Así que si el cine español quiere lograr una buena cuota de pantalla, como se dice ahora, tendrá que preocuparse más de contar como es debido historias originales con gente vestida, y menos de exigir tantas subvenciones para películas que, en bastantes ocasiones, ni siquiera llegan a estrenarse.

Si triunfa el cine norteamericano, tan denostado por los citados acaparadores de subvenciones de la ubre pública, es porque suele entretenerte durante noventa minutos. Sencillamente. Mientras que el cine español, como bien dice la mayoría en el estudio citado al principio, es para minorías. Sólo para esos pocos que todavía quieran ver otra de la guerra civil española, otra del culo de Paz Vega, u otra de Elsa Pataky como miliciana republicana.

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