Posts Tagged “cine tv”

Desde mi lejana infancia recuerdo haber oído que vivimos en el Estado del bienestar. Primero Felipe, luego Aznar y ahora Zapatero, nos han engañado contándonos que aquí vivimos mejor que queremos. Curiosamente, la misma prensa que siempre ha alentado ese pensamiento propagandístico en la ciudadanía, apenas se ha hecho eco de una noticia que, sin duda, va a marcar tu futuro laboral. Desde la semana pasada, si estando con la baja médica sufres un despido, éste podrá ser declarado improcedente, pero nunca más nulo. De esta forma tendrás derecho a indemnización, aunque perderás toda posibilidad de ser readmitido. Aun así no tienes de qué preocuparte, porque mientras permanezca el PSOE en el poder está instaurado el estado de alegría, que ya nos lo dijo ayer nuestro jacarandoso presente. Con él serás feliz, aunque mañana te puedan poner en la puta calle por haber sido tan descuidado como para sufrir un infarto.

Esta nefasta sentencia del Tribunal Supremo servirá, entre otras cosas, para reforzar todavía más la práctica del mobbing en las empresas. Si te quieren pulir, lo tendrán muy fácil. Bastará con acosarte psicológicamente, y en cuanto estés con la baja por depresión o ansiedad, se te despide y a tomar viento. Afortunadamente, para compensar la extremada gravedad de esta sentencia, la presunta izquierda ha decidido implicarse de inmediato para defender tus derechos como trabajador. Veamos algunas de sus altruistas iniciativas para apoyar a los obreros: las sedaciones del doctor Montes, los papeles para todos y, cómo no, la gresca con la Iglesia, pues para algo son ellos los canonizadores digitales. Sin embargo, y paradójicamente, nuestros admirados socialistas de salón todavía no han dicho media palabra, ni la dirán, sobre tan demoledora sentencia. Pero porque todos sabemos que si tu jefe te despide por haberte partido una pierna, cualquiera de estos amigos de los desheredados te acogerá gozosamente en su humilde morada del barrio de Salamanca.

Ahora, querido currante, lo único que importa es promover manifiestos para desviar tu atención, que no te enteras. Así, como miembro ejemplar de su hinchada, tendrás algo que vitorearles, mientras año tras año recortan tanto tu poder adquisitivo como tus derechos sociales. Pero en cualquier caso, si mañana te despiden alégrate y no te olvides de votar a Zapatero. Al menos darás motivos para creer que no hay nada como la felicidad de vivir instalado en la más absoluta inopia. Pese a todo yo, ingenuo, antipatriota y agorero de mí, todavía conservo la esperanza de que Caldera salga en rueda de prensa, para tranquilizar a los trabajadores. Pero me temo que no lo hará, porque como dijo ayer su jefe en la plaza de Vista Alegre, haciendo honor al nombre del recinto, los españoles debemos de tener una mirada positiva y alegre.

Si el Ministro de Trabajo comentase públicamente la conveniencia de presentar un proyecto de ley, con el fin de impedir que te puedan despedir si estás cojo, sería como reconocer que hay un problema que solucionar. Pero como en la Arcadia feliz de nuestro demagogo, populista y falaz presidente no hay lugar para los problemas, han optado por entretenernos como a los niños de parvulario, ahora con un altruista coro de republicanos que se codean con la realeza, mientras engordan sus canonizados bolsillos a costa de los nuestros, cada vez más agujereados. Una izquierda de salón que nos va a seguir cantando y contando mentiras, tralará, al menos hasta el nueve de marzo, eso sí, con alegría. Y después, como si viene el diluvio universal. Con echarle la culpa a los obispos…

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Y ahora, si nos perdonan, vamos a hablar de cine español” (Antonio Gasset)

Según datos oficiales, el cine español ha perdido cinco millones y medio de espectadores en el último año. Un tercio del público que vio nuestras películas durante el 2006, se fue con las palomitas a otra parte en el 2007. Cabe destacar igualmente que sólo uno de cada ocho espectadores optó el año pasado por una producción nacional. La única cinta que sobresalió fue El orfanato, pues para encontrar la siguiente habría que descender hasta el puesto vigésimo quinto de la clasificación. O sea, la segunda división para los lectores del Marca.

El ministro de Cultura, por su parte, ha asegurado que “se ve más cine que nunca, pero se asiste menos a las salas, debido también a las nuevas tecnologías”. Es una manera ingeniosa, como gran poeta que es, de justificar el estrepitoso descalabro del cine español. O sea, que los parroquianos ya no acudimos a las salas a verle el culo a Elsa Pataki, o a ver a los buenos y a los malos durante la guerra civil y en la actualidad, porque preferimos descargárnoslas con el Emule y luego verlas en el portátil. Va a ser eso. Porque, probablemente, tú ahora mismo estés bajándote El ekipo ja o incluso Café solo o con ellas, ¿a que sí?. Ya que la SGAE ha decidido atracarnos con el visto bueno del Gobierno, los contribuyentes, al parecer, hemos optado por piratear obras patrias.

Tururú. Parafraseando la serie de Telecinco con el bucólico título Sin tetas no hay paraíso, podríamos afirmar también que “Sin talento no hay taquilla”. Los nacionales, mientras nos quitamos la pelusa del ombligo, estamos siempre dispuestos a tragarnos lo que nos echen por la tele, porque nos sale gratis. Pero si un sábado por la noche tienes que aflojar siete euros, porque quieres ver una película y no practicar en la fila de los mancos, te niegas a que te cuenten el mismo rollo de siempre. Chico conoce a chica, conflictos de pareja, militares con graduación poniendo los cuernos, hombres que salen del armario y mujeres que entran en un club de intercambios, guardias civiles persiguiendo a fugitivos con las tetas al aire… ¿O era al revés? Todo esto aderezado con unos diálogos normalmente ininteligibles porque no se vocaliza, porque la compleja construcción sujeto-verbo-predicado no ha terminado de germinar en la cabeza del sesudo guionista, o incluso por ambas razones.

Si no fuera porque, para sacarnos de dudas, los directores suelen tener la gentileza de incluir en el elenco a grandes estrellas del firmamento hispánico, como Fernando Tejero o Willy Toledo, uno podría llegar a sospechar que está viendo gore casero. Pero no: es el fruto intelectual de nuestros plañideros cineastas. Como sigan lloviéndoles los millones a estos ordeñadores de la ubre pública, mientras gente con verdadero talento se dedica a servir bravas y oreja, el cine español acabará estrenándose en los cineclubs rurales. Sería deseable, por el bien de lo que queda de nuestro séptimo arte, que muchos de nuestros subvencionados artistas se dedicaran, por ejemplo, al noble gremio de la fontanería. A lo mejor así descubrían su auténtica vocación.

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Los espectadores de la serie Cuéntame estuvimos la noche del pasado jueves aguardando la muerte de Franco. Pese a que conocemos el final, no podemos evitar cierta expectación por un momento que, visto treinta y dos años después, presumía tantos cambios en nuestro fanático país, aunque todavía hoy la izquierda siga traficando con su cadáver (sutileza). Ese diecinueve de noviembre de 1975, víspera de la muerte del dictador, servidor contaba con nueve meses y trece días, y su única preocupación consistía en mamar cada tres horas. Tiempo habría de perder ese bendito pragmatismo en la política nacional e internacional, la bolsa de valores y de la compra, y escribir contracorriente lo que a muchos les jode leer. Entonces uno no tenía edad ni ganas de ocuparse de esos temas tan baladíes, y menos aún de estar pendiente de un documental de pingüinos en televisión. Porque según nos han contado en la serie, la difusión de un reportaje sobre tan elegantes animales fue la señal acordada entre los poderosos para conocer, antes que el populacho, que el guardián de occidente se había ido al otro lado, con el gracioso de Dios.

Los pingüinos hicieron entonces de teloneros de otro animal vestido de negro, el carnicerito de Málaga, quien gimoteó plañideramente la muerte del genocida, ante esa España de finales del setenta y cinco en blanco y negro. Un país que seguía sin poder ver la carne en color, salvo cruzando la frontera en un 1500. Los perdedores pecaban de pensamiento con la mujer del prójimo, mientras los vencedores tenían querida de apartamento y santa esposa de reclinatorio. Ya se encargaron de adoctrinar bien a los pobres españoles para que les bastara con su pan, su hembra y la fiesta en paz, como cantaron poco después los de Jarcha. Menuda letra. Aunque, bien mirado, tampoco hemos cambiado tanto, pues el espíritu de dicha canción sigue vigente: mi nómina, mi familia, mis caprichitos de fin de semana, y a los demás como si los operan. Mientras hoy el número de pobres crece paralelamente con los precios, nuestros políticos siguen lucrándose azuzando el odio entre nosotros, trabajadores amedrentados por un despotismo empresarial bendecido por los distintos gobiernos. Aunque al menos ahora podemos comprar preservativos de varios sabores en el Carrefour, y los homosexuales ya no son fusilados como Lorca o exiliados como Miguel de Molina.

En esta España levantisca del siglo XXI, como de muchos siglos atrás, nos queda el consuelo de que podemos amarnos sin necesidad de acabar en la Dirección General de Seguridad. Hoy, si nos quedamos ciegos, ya no es por tocarle una teta a la jamona de la vecina, sino por pasar demasiadas horas viendo porno en internet. Sin embargo, hace escasamente treinta y dos años, otras ubres, las del franquismo, eran apuradas por los gerifaltes del agonizante régimen, por si venían los rojos. Muchos de aquéllos se apresuraron entonces a llevar sus chaquetas a la tintorería y, los más avisados, las sustituyeron por una de pana. Y mientras, los españolitos solteros, casados o arrejuntados, bailaban inocentes en las azoteas y en los descampados, hartos de esperar a los pingüinos. Ansiosos por recordar qué se siente cuando el amor es grande y libre, como aquél que nos convidó a amar la vida por primera vez en el pecho de una mujer. Un amor que siempre será más fuerte que el odio y la muerte.

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