Posts Tagged “cine”

Como ya sabéis los asiduos de este blog, los fines de semana me gusta compartir con todos vosotros imágenes, vídeos, historias, reflexiones… que nos ayuden a reconciliarnos con el ser humano y, por tanto, con nosotros mismos. Distintas celebridades han pasado ya por esta sección, pero seguramente pocas con los méritos del protagonista de esta entrega de Cositas buenas, pues hoy está dedicada a uno de los más grandes del séptimo arte: Charles Chaplin.

Actor, guionista, director y músico, dio lo mejor de sí mismo para hacernos reír y llorar. La humanidad siempre estará en deuda con este hombrecillo inglés que logró divertirnos con gran inteligencia, sin recurrir jamás al humor insustancial de brocha gorda que tanto impera en nuestros días. Haciendo uso de su desbordante talento y su elegante ingenio, Chaplin logró el más difícil todavía: supo tocar como nadie los resortes más íntimos de nuestras almas, mientras removía nuestras adormecidas conciencias.

Se podrían publicar decenas de vídeos con los mejores secuencias de su filmografía, pues realmente muy poco se puede descartar de su prolífica obra. Pero yo, aunque elegir ha sido realmente difícil, me quedo con dos de los que más circulan por internet. El primero, es una deliciosa selección de grandes momentos de sus espléndidas películas. Y el segundo, uno de los discursos más hermosos que he escuchado en mi vida, el del final de la obra maestra El gran dictador. Sus inmortales palabras están hoy, setenta años más tarde, más vigentes que nunca. Probablemente, la intemporalidad de la obra de Chaplin sea la razón por la que haya quedado, tanto para la historia como para nuestros corazones, como lo que fue: un genio.


SUS MEJORES MOMENTOS

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DISCURSO FINAL DE “EL GRAN DICTADOR” (Esto sí es educación para la ciudadanía)

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Aunque durante este último siglo hemos podido disfrutar con grandes humoristas, muy pocos han alcanzado las cotas de genialidad que lograron los hermanos Marx, especialmente Groucho. Su irreverente talento, tan mordaz como divertido, ha quedado para la posteridad en un puñado de películas que, por desgracia, ya no emiten en televisión, seguramente porque a los programadores les debe de parecer mucho más rentable Algo pasa con Mary.

Los niños de los ochenta, en cambio, sí pudimos disfrutar de la genialidad de unos cómicos que supieron hacernos reír mejor que ningún otro. Hasta tal punto es esto cierto que, gracias al VHS que por aquel entonces era lo más, mi hermano y yo estuvimos varios meses viendo a diario Sopa de ganso, seguramente su mejor película.  Pero un infausto día dejamos de hacerlo, y sólo porque la cinta acabó rompiéndose, que conste.

Regálate tres minutos para volver a disfrutar como un niño con esta secuencia de la citada película, en la que Harpo y Chico son espías que se han disfrazado de Groucho. Mientras éste persigue a Harpo se rompe un espejo, lo que da lugar a uno de los momentos más divertidos y originales de toda su carrera. Memorable.

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Cuentan que Billy Wilder decidió dirigir sus propios guiones para evitar que otros los destrozaran. En cambio, el mejor guionista del cine español, Rafael Azcona, se desentendía por completo de sus textos una vez entregados al director. Eran dos formas antagónicas de entender el impagable arte de escribir historias para el celuloide. Pero si Rafael hubiese nacido en Los Ángeles y no en La Rioja, seguramente sería considerado junto a Wilder uno de los mejores escritores para el cine. Porque quizá estos genios deberían de considerarse escritores por encima de guionistas, pues hoy hasta el diario de Patricia cuenta con varios en su nómina, aunque por su contenido parezca escrito mientras sus autores evacúan los intestinos después del primer café.

Azcona llegó al cine por casualidad, pues él realmente era un escritor satírico que destacaba en revistas como la mítica Codorniz. Comenzó como eventual guionista de Marco Ferreri para acabar siendo el autor de los mejores guiones del cine español. Todos sabemos que formó un talentoso tándem junto a Berlanga, del que salieron obras maestras para la posteridad. En una entrevista televisiva, Rafael confesó que a menudo se reunían ambos para merendar en la cafetería de El Corte Inglés, atalaya donde les sorprendía la inspiración observando el comportamiento de los españolitos que por allí deambulaban. Porque al final, el artista sólo es alguien que ve por los demás, como creo que dijo el genial Picasso, pues la belleza está en los ojos de quien mira.

Escribir guiones en la España franquista, por otra parte, no era como hacerlo en Hollywood. Si Audrey Hepburn o Kim Novak le decían ven al espectador, éste lo dejaba todo. Lo jodido era enamorar con Julia Caba Alba, María Isbert, Luis Ciges o José Luis López-Vázquez. Y Azcona lo conseguía, destripando sarcásticamente un país de hormonas hastiadas de tanta hambre sexual y de la otra, germen de nuestra proverbial mala ostia. Pese a la dureza de sus retratos, que eran sólo un fiel reflejo de la realidad de la época, logró humanizar a los personajes desnudándolos ante nosotros para que viésemos sin tapujos sus vergüenzas, que eran y siguen siendo las nuestras.

Quizá su mayor logro, al menos para servidor de ustedes, lo alcanzó con la monumental Plácido, a la que él y su compinche Berlanga pensaban llamar Los bienaventurados, título bíblico descartado por la entrañable censura. Sin embargo ésta sólo fue capaz de ver en otra de sus obras maestras, El verdugo, una película sobre la pena de muerte, donde realmente había un feroz alegato contra la misma. Quizá fue durante esos años oscuros del franquismo cuando Azcona firmó sus mejores guiones. Unos textos que siempre llevaron el membrete del humor negro, probablemente porque éste es el aceite que engrasa nuestras penas para que nos chirríen menos, aunque sea de ricino. La muerte de un guionista, o mejor dicho, del guionista, nos ha arrebatado a nuestro más agudo sociólogo cinematográfico del último medio siglo, pues nadie como él ha mostrado las miserias de un pueblo sufriente que no siempre ha sabido reírse de sí mismo.

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Persiguió suecas en Torremolinos y un futuro mejor en Alemania. Fue mariquita de día y ligón de noche, novio decente en el pueblo y Rodríguez trasnochado en la capital. Sufrió las humillaciones de un terrateniente y disfrutó la gloria de una quiniela de catorce. También fue militar en distintas plazas, delincuente de poca monta, cura de buen corazón, gasolinero y detective privado, así como otros muchos personajes de los gremios más variopintos. Para la historia y el Espasa ha dejado todo un género, el landismo, con esas guiris que por mucho que les gritásemos no entendían lo que les decíamos, pero sí lo que pretendíamos. Aprendimos con él que ellas sólo querían sol y manzanilla, y que de tocarles algo únicamente podrían ser las castañuelas, y olé. Si un día revisásemos en orden cronológico su vastísima obra cinematográfica, podríamos comprobar cuánto hemos cambiado: de la España del boom turístico de los sesenta a la del boom inmobiliario del siglo XXI. Menuda ostia nos vamos a dar.

Pese a ser uno de los más grandes, se nos ha retirado sigilosamente. Como esos silencios con los que ha expresado tanto en el final de su grandiosa carrera, él, que en sus comienzos era tan dado a hablar y gesticular. Pero cuando alguien logra llegar a la cumbre, descubre atónito que las palabras no eran necesarias para expresar las emociones que forman parte de nuestro inconsciente colectivo. Una mirada, un beso, una caricia, un guiño, una sonrisa… pueden decirlo todo sin decir nada. Nuestro cine ha acabado hallando en él a uno de sus mejores ancianos, que como ya nadie los escucha porque chochean, se acaban especializando en silencios, sin duda mucho más sabios que las palabras de quienes les hacen callar. En esto, también ha sido un maestro.

Cuando suba al escenario para recoger el Goya de Honor por toda su carrera, estarán siendo homenajeadas las 133 películas en que participó, así como toda una época de nuestro cine y, por tanto, de nuestras vidas. Recordaremos la España que fuimos y en la que hoy no queremos reconocernos pues, a pesar de todo, estamos mejor que entonces. Su homenaje lo será también a un país que fue aprendiendo a vivir como este genial cómico a actuar: de manera autodidacta, a trompicones, timoratamente, intentando caer de pie con suerte desigual. Varias generaciones hemos reído y llorado con sus personajes tiernos y viscerales, aunque actualmente pocos admitan seguir haciéndolo, pues ahora todos somos de arte y ensayo en versión original. Hoy, ya sólo nos queda darle las gracias por haber sabido entendernos tan bien, por interpretarnos con un cariño que jamás le podremos devolver, y por haber dedicado toda su vida a hacer menos infeliz la de los demás.

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