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Mario Alonso nació en Madrid. Es médico y cirujano por la Universidad de Harvard, máster en Dirección Hospitalaria y diploma internacional de Estudios Superiores en Sofrología Médica. Además recibió el Premio máximo al Mérito en Comunicación y Relaciones Humanas por el Instituto Dale Carnegie de Nueva York, y es miembro de la Academia de Ciencias de Nueva York y de la Asociación para el Avance de la Ciencia. Acaba de publicar el libro ‘Reinventarse. Tu segunda oportunidad’. Hechas ya las presentaciones, pasemos a conocer algunas de las revolucionarias conclusiones a las que ha llegado este gran científico español, experto en psiconeuroinmunobiología (menudo palabro).

Hoy sabemos que la confianza en uno mismo, el entusiasmo y la ilusión tienen la capacidad de favorecer las funciones superiores del cerebro. La zona prefrontal del cerebro, el lugar donde tiene lugar el pensamiento más avanzado, donde se inventa nuestro futuro, donde valoramos alternativas y estrategias para solucionar los problemas y tomar decisiones, está tremendamente influida por el sistema límbico, que es nuestro cerebro emocional. Por eso, lo que el corazón quiere sentir, la mente se lo acaba mostrando. Puedo atestiguar que una persona ilusionada, comprometida y que confía en sí misma puede ir mucho más allá de lo que cabría esperar por su trayectoria.

La psiconeuroinmunobiología es la ciencia que estudia la conexión que existe entre el pensamiento, la palabra, la mentalidad y la fisiología del ser humano. Una conexión que desafía el paradigma tradicional. El pensamiento y la palabra son una forma de energía vital que tiene la capacidad (y ha sido demostrado de forma sostenible) de interactuar con el organismo y producir cambios físicos muy profundos. Se ha demostrado en diversos estudios que un minuto entreteniendo un pensamiento negativo deja el sistema inmunitario en una situación delicada durante seis horas. El distrés, esa sensación de agobio permanente, produce cambios muy sorprendentes en el funcionamiento del cerebro y en la constelación hormonal. Tiene la capacidad de lesionar neuronas de la memoria y del aprendizaje localizadas en el hipocampo. Y afecta a nuestra capacidad intelectual porque deja sin riego sanguíneo aquellas zonas del cerebro más necesarias para tomar decisiones adecuadas.

La palabra es una forma de energía vital. Se ha podido fotografiar con tomografía de emisión de positrones cómo las personas que decidieron hablarse a sí mismas de una manera más positiva, específicamente personas con transtornos psiquiátricos, consiguieron remodelar físicamente su estructura cerebral, precisamente los circuitos que les generaban estas enfermedades. Las palabras por sí solas activan los núcleos amigdalinos. Pueden activar, por ejemplo, los núcleos del miedo que transforman las hormonas y los procesos mentales. Científicos de Harvard han demostrado que cuando la persona consigue reducir esa cacofonía interior y entrar en el silencio, las migrañas y el dolor coronario pueden reducirse un 80%.

El miedo nos impide salir de la zona de confort, tendemos a la seguridad de lo conocido, y esa actitud nos impide realizarnos. Para crecer hay que salir de esa zona. Cambie hábitos de pensamiento y entrene su integridad honrando su propia palabra. Cuando decimos “voy a hacer esto” y no lo hacemos, alteramos físicamente nuestro cerebro. Si nos aceptamos por lo que somos y por lo que no somos, podemos cambiar. Lo que se resiste, persiste. La aceptación es el núcleo de la transformación.

Santiago Ramón y Cajal, premio Nobel de Medicina en 1906, dijo una frase tremendamente potente que en su momento pensamos que era metáforica. Ahora sabemos que es literal: “Todo ser humano, si se lo propone, puede ser escultor de su propio cerebro”.


Ahí queda eso
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Joan SurrocaEn el muy recomendable blog de Josep Pàmies he descubierto un maravilloso texto que removerá la conciencia social que habita en cada ser humano. Su autor es Joan Surroca, educador catalán firmante de una misiva que suscribirían todos los maravillosos profesores que, día tras día, tienen el difícil e impagable cometido de orientar a unos seres humanos tan llenos de vida como de incertidumbre: los adolescentes.

Querida B.,

Tu instituto me invitó y mis palabras agitaron tu sensibilidad tan propia de los catorce años. Viniste a casa para seguir conversando sobre tus inquietudes y sobre el futuro que nadie ve claro. Me sentía interpelado por tus sorprendentes ojos verdes de trigo de abril. A menudo, los mayores no sabemos dar respuestas porque hemos sido torpes, nos hemos equivocado y sabemos que os dejamos un mundo inaceptable. Te escribo a ti, y a todos los adolescentes, en un intento de resumir lo que necesitaría libros para explicarme con corrección. Te lo digo claramente: nada puede tener solución con el actual sistema económico.

Si quieres dar sentido a tu vida, lejos del vivir pasivo de tantas existencias, dedícate a poner en evidencia las contradicciones de nuestra organización económica. Busca estrategias no violentas para acabar con el robo a gran escala provocado por la banca, los negocios siempre sucios del tráfico de personas, de armas y de droga y de los especuladores de los bienes de la tierra que son de todos. El capitalismo fomenta que afloren los rincones más oscuros de la naturaleza humana. Rousseau tenía razón: el hombre es esencialmente bueno y no te creas que el hombre es un lobo para el hombre como predicaba Hobbes.

La gente sencilla, la gente que no tiene casi nada, sea de donde sea, suele ser generosa y en los ojos lleva la marca de la bondad. La codicia nos lleva al abismo de la deshumanización. Coopera con toda la fuerza de que seas capaz para cambiar un sistema malvado y no te entretengas poniendo parches, como tantos hemos hecho equivocadamente, porque alegrarás a los poderosos cuando te vean anulada con el hueso que ellos, hábilmente, te habrán lanzado. Que nadie te tape la boca con discursos sobre la bondad de nuestra democracia inexistente. Estamos en una plutocracia donde gobiernan los ricos y poderosos. Sé valiente para resistir la forzosa soledad con la que vivirás. No te dejes encasillar nunca tal como pretenderán aquellos que ignoran que el pensamiento necesita libertad. Son los mismos que se pondrán nerviosos cuando remuevas las tranquilas aguas en que navegan. Esfuérzate con pasión sin admitir nunca que el fin justifica los medios. Nunca.

Sé fuerte porque, si actúas así, todos aquellos a los que molestarás, incapaces de encontrar argumentos, te descalificarán directamente y te acusarán de querer quedar por encima del bien y del mal. Cuando escuches eso, te recomiendo que no te gires. Míralos compasivamente y tú ya sabrás que también vives en el mal a pesar de buscar el bien, porque el que vive plenamente el bien -en un mundo tan cruel, injusto y depredador- forzosamente vive privado de libertad física. Busca el equilibrio para no dimitir nunca. Vive con entusiasmo y, a pesar de todo, celebra la vida en comunión con todos los seres, especialmente con las personas queridas. Dedica tiempo a contemplar silenciosamente el firmamento desde un punto elevado, sin contaminación y, desde este lugar limpio, mira las estrellas y ellas te ofrecerán soluciones a algunas de las preguntas que yo no he sabido responder.

Con mis mejores deseos.

Joan Surroca

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