Mientras los costaleros se preparan para sacar su paso de Semana Santa, Federico Jiménez Losantos medita sobre su futuro en capilla, como los toreros pero sin estampitas, tras saberse renegado por los obispos. Según ha trascendido, pasará su particular Via Crucis en un pueblo donde el teléfono móvil carece de su utilidad principal. Allí verá desfilar a los caciques comarcales y a la pareja de la guardia civil, a las beatas con teja y a los monaguillos con incensario, a las solteronas que penan la ausencia de un granjero que las tome por esposas, y a los solterones monocéjilos o con el pensamiento de luto, que diría el gran Gila, sin olvidar al cojo del pueblo cerrando la procesión. La España que le duele y a la que habla cada mañana.
Federico ha querido ir demasiado lejos, atreviéndose a denunciar pecados indenunciables por el resto de medios, y eso en un país pseudodemocrático se acaba pagando muy caro. Su programa ha sido el único que cinco años después ha seguido preguntándose quiénes estuvieron detrás de la matanza del 11-M. Cientos de familias rotas para siempre, que en el resto del dial han encontrado el más estruendoso de los silencios, pues ya no quieren saber. Los muertos, los heridos y sus familias, desgraciadamente, ya no eran noticia. Pero además ha sido un azote continuo contra el PSOE y su infame presidente, el soplagaitas de Zapatero. Igualmente se ha despachado a gusto contra los sectores más ambiguos del PP, sobre todo con Gallardón, el alcalde que va a dejar las arcas madrileñas con un socavón del tamaño de la M-30. Su disidencia ha llegado a ser tan kamikaze, que incluso se ha atrevido a denunciar las veleidades del Borbón, algo inaudito en las distintas ganaderías mediáticas españolas.
Como suele ser habitual entre los bajitos, Federico tiene la mala leche concentrada, la cual ha vertido hirviendo sobre tanta gente y tan poderosa, que lo normal era que él también acabara quemándose. Su numantinismo turolense, su papel de rebelde con causa, de Peter Pan radiofónico de la derecha, le ha granjeado varios millones de incondicionales, pero también demasiados enemigos y algún que otro Pilatos de nombre Esperanza. Quizá por eso hoy se sienta crucificado, mártir entre ladrones: los que esquilmaron España con Aznar y quienes ahora hacen lo propio con Zapatero.
Van a hacer desaparecer la voz que con mayor crudeza y claridad ha denunciado el desastre nacional, pero que nadie descarte su resurrección. FJL está mucho más vivo que quienes en Moncloa celebran ahora su caída, tras la remodelación de un gobierno cuyo presidente va a condenar a las dos Españas, la suya y la otra, a un interminable Via Crucis económico y social.
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