Gracias a los amigos del blog Plano Creativo, que nos brinda las enseñanzas de Alejandro Jodorowsky y de otros muchos maestros, he conocido la noticia publicada por El Mundo que da título al artículo de hoy. Resulta que en la ciudad francesa de Toulouse están poniendo a prueba un revolucionario sistema para iluminar sus calles, aprovechando la energía cinética que producimos los peatones cuando caminamos. Y digo revolucionario porque, como dice uno de sus responsables, “caminar se asocia normalmente con un empleo de energía; ahora se demuestra que también puede producirla”.

(Fotografía del diario EL MUNDO)
Este ayuntamiento francés ha empezado a instalar a modo de prueba unas baldosas que oscilan al paso de los viandantes. El movimiento hace que un imán se desplace en el centro de una bobina y genere electricidad. La corriente eléctrica generada se transmite a una batería que está conectada a una farola. De esta forma el peatón logra iluminar la que tenga más cerca. ¿No resulta genial? Esta idea está basada en otra que surgió en Holanda, consistente en que el suelo de una discoteca tuviera baldosas oscilantes. De esta forma, cada vez que se bailaba sobre ellas se generaba electricidad. La energía generada era más que suficiente para el funcionamiento de las luces y la música del local.
Esta noticia, como tantas otras que van surgiendo, nos van demostrando que el ser humano cuando se lo propone es capaz de alumbrar ideas maravillosas. La crisis energética que está en ciernes va a condicionar mucho nuestras vidas, por eso debemos de reconocer el esfuerzo de todos los que están intentando hacer de este planeta un lugar más habitable. Los recursos con que contamos no son infinitos, y por eso más nos vale hacer un uso racional de los mismos. La Tierra nos está gritando desde hace años, y aunque nosotros estemos empeñados en no escucharla, ella siempre se acabará imponiendo. La erupción de un volcán islandés, que está bloqueando el espacio aéreo europeo, es una clara prueba de lo pequeños que somos comparados con la madre naturaleza. Por eso iniciativas como la citada del ayuntamiento de Toulouse van sin duda por el buen camino. Aquél por el que los peatones del mundo descubriremos que debemos ser la luz del planeta, y no sus meros consumidores.
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Uno de los mayores problemas que deberemos afrontar en España durante la próxima década va a ser, sin duda, el de la dependencia energética. En los últimos veinte años, nuestro país ha reducido un 11% la producción de energía, mientras que su consumo se ha disparado más de un 60%. Esto es especialmente grave, porque ha provocado que el 81% de la que consumimos sea importada. En cambio, en la Unión Europea sólo se compra el 54%, es decir, los países europeos producen de media casi tanta energía como importan. El Reino Unido y Dinamarca son los dos Estados de la Unión que sufren una menor dependencia. De hecho los daneses son exportadores netos, sobrándoles un 37% de la que producen.
Ayer mismo se puso en marcha en la ciudad alemana de Múnich un plan extraordinariamente ambicioso, con el objetivo de aprovechar la energía solar térmica del desierto para abastecer de electricidad a nuestro continente. Se invertirán 400.000 millones de euros en este proyecto, un coste desorbitado para la crítica situación que atraviesa Europa. Ya se han alzado algunas voces contra esta faraónica obra, porque no está nada claro que convertir el desierto en un monumental parque de energía solar vaya a ser la panacea para nuestros problemas de abastecimiento. Lo que parece claro es que el lanzamiento de un proyecto de semejante envergadura, invita a pensar que los combustibles fósiles se pueden estar agotando. Probablemente si no se toman medidas muy drásticas, la próxima década podamos acabar alumbrándonos con un quinqué, especialmente en países como el nuestro. El gobierno francés ya está sopesando aplicar una ecotasa para gravar el consumo de energías fósiles, y mucho me temo que en España acabaremos pagando la energía a precio de oro.
Quizá Europa debería seguir el modelo danés, pues su política energética les ha permitido ser un ejemplo a nivel mundial en renovables, especialmente gracias a plantas eólicas en sus costas, incluso mar adentro, para aprovechar al máximo las condiciones del viento. En otoño, la época más ventosa del año en Dinamarca, produce electricidad a precios bajísimos para luego exportarla. Si bien es cierto que es un país que también cuenta con petróleo y gas, eso nunca les ha servido de excusa para dormirse en los laureles. España, con miles de kilómetros de costa, podría imitar ese modelo, aunque la gran profundidad de nuestros mares lo convierte en una tarea complicada. En cualquier caso habrá que intentarlo, como ya están haciendo en Chipiona (Cádiz), donde se acaba de aprobar un proyecto de energía eólica marina que daría una potencia de 1.000 megavatios. Ojalá tenga un final feliz, por la cuenta que nos trae a todos.
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