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richard bachAdquirió fama mundial hace casi cuatro décadas con un sencillo libro que al principio nadie quería publicar, pero que acabó convirtiéndose en un fenómeno literario con más de treinta millones de ejemplares vendidos. Esa pequeña obra de arte es Juan Salvador Gaviota, del escritor y aviador Richard Bach. Hoy quiero compartir con los lectores del blog, un fragmento de la deliciosa entrevista (aquí entera) que le hicieron el pasado lunes en el diario EL MUNDO, con motivo de la publicación de su último libro, ‘Vuela conmigo’.

P: ¿Vuela a diario?
R: No desaprovecho ninguna ocasión para volar varias veces a la semana (y menos en un día tan espléndido como hoy). Vivo en un lugar donde sólo se puede llegar en avioneta o en barco. Me gusta sentir también que la tierra firme no está demasiado lejos, pero amo esta sensación de vivir en un lugar donde puedo tener fácilmente una vista de pájaro, mirar hacia abajo y emocionarme con la belleza de este planeta, este increíble patio de recreo en el que vivimos.

P: ¿Y escribe con la misma pasión?
R: No es lo mismo. Más de una vez he dicho que no disfruto escribiendo, aunque el asunto merece una explicación. Yo creo en la existencia de un autor interior: esa criatura que es la que se inventa las historias y te las va contando. Tú no tienes más que escucharlas e intentar visualizarlas, y cuando tienes la idea y la imagen suficientemente completa, entonces sí, entonces te sientas a escribirla seis o siete horas diarias, pero no antes. Yo no me considero un autor, sino un escritor.

P: ¿Cuál es la diferencia?
R: Digamos que, como escritor, me limito a transcribir lo que escucho y veo, y ese trabajo es duro y físico, nada que ver con volar en un avión… Aunque a los mandos de una avioneta también experimentas un curioso desdoblamiento: por una parte, el piloto que controla todo el aspecto mecánico; y por otra, el que contempla el mundo desde la cabina y no cabe de su asombro ante tanta belleza… Volar y escribir pueden ser hasta cierto punto dos experiencias trascendentes. Con las dos puedes entrar fácilmente en eso que llaman la “zona”, esa sensación de flotar en el tiempo que también experimentan los músicos o los atletas… Aunque cualquiera que sienta una “llamada” y haga algo que de verdad le apasiona puede entrar en ese estado.

P: ¿No se ha sentido a veces volando solo como escritor? ¿A qué otros escritores de sus generación siente más o menos cercano?
R: No tengo muchos amigos escritores, ni me relaciono con el mundillo literario, pero Ray Bradbury me viene constantemente a la cabeza. “El vino del estío” es uno de esos relatos que te impregnan para siempre. De Ray aprendí también a aplicar a rajatabla mi primer principio como escritor: no pienses, deja que las ideas fluyan. El segundo principio es: diviértete. Y el tercero: no te preocupes, sigue el impulso y piensa que la historia te ha venido dada de algún modo, no te preocupes por lo que pueda pensar el editor o los lectores. Si hubiera tenido en mi mente a los editores cuando escribí ‘Juan Salvador Gaviota’, posiblemente habría arrojado el libro por la ventana…

P: ¿Hasta qué punto el mensaje de “Juan Salvador Gaviota” resuena al cabo de más de tres décadas?
R: Creo que ese mensaje sigue siendo válido hoy en día: reconoce esa chispa en ti mismo, busca lo que de verdad te apasiona e intenta aportar y manifestar algo bello al mundo. Siempre he creído en el poder del individuo; no me han atraído excesivamente los grupos ni los movimiento de masas.

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Nosotros podemos resumir la prensa o hablar sobre la gripe A, mortal según las autoridades pero inofensiva para los ciudadanos, ¿será que los políticos no son humanos o que los letales son ellos?. Pero los blogueros también podemos poner a parir al presidente y al día siguiente escribir cartas de amor que sólo sirven para constatar lo duro que es el desamor. Incluso podemos hablar de cine o encuestar a los amigos que se acercan a nuestro blog, siempre con el ánimo de acompañarnos en la tumultuosa soledad de internet. Cada vez que dejamos un comentario, reconocemos la labor de quien intenta sacar lo mejor de sí mismo para brindarnos altruistamente su faena cibernética. Y es que lidiar un ‘post’, como lo llaman ahora los modernos, o un ‘artículo’, como preferimos seguir denominándolo los clásicos, es más difícil que sacarle una buena faena a un toro manso, porque a veces el blanco puede ser más dañino que el negro, aunque los píxels del monitor no embistan ni pesen seiscientos kilos.

bloguerosYo siempre he sentido devoción por los artículos de antes, los que se podían parir, por ejemplo, en los bares de los soportales de la Plaza Mayor. Las grasientas servilletas de papel eran los pergaminos donde los Umbrales de cuando entonces daban brillo al español, entre olores de fritangas y almas de buscavidas. Aquellos articulistas podían degustar un delicioso bocata de calamares, mientras con su mirada tras el burladero del Marca ojeaban a la moza de la mesa de enfrente, con unos muslos (dos) más prietos que las filas donde formaba el recluta de su amor. Un joven que le juraba amor eterno, especialmente empeñado en verificar que las cordilleras femeninas tienen mejor tacto que el Cetme. Ante semejantes estampas costumbristas, cómo no iban a escribirse buenos artículos.

Pero desgraciadamente los calamares ya no saben como los de entonces, el oso y el madroño se han mudado por obras, y bajando por la calle de Alcalá sólo se ven musas de imágenes trucadas en los escaparates, y atisbos de mujer penando sus dietas por las aceras. Así que servidor no tiene más remedio que irse a la de enfrente, pues con las musas sepultadas en una zanja sólo me queda ver si me cae un aguinaldo en el número 37 de la citada calle. Pero no soy tan ingenuo. Sé que la vida está muy achuchada y que si los blogueros, de escribir no vamos a comer, menos aún de las subvenciones. Por eso sirva este castizo homenaje para aquéllos que hoy cumplan veintiséis años y para los que no corran esa inmensa suerte. Felicidades por vivir con tantas ganas de seguir publicando porque, afortunadamente, todavía nos queda la palabra.

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