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«Todas las desdichas del hombre derivan del hecho de que no es capaz de estar sentado tranquilamente, solo, en una habitación»

El científico francés Blaise Pascal dejó muchas frases célebres para la posteridad, pero en esta ocasión quiero destacar especialmente la que acabas de leer. A menudo nos sentimos desdichados, pensamos que la vida es una mierda y que ninguno de nuestros males tiene remedio. Actuando así nos convertimos sin duda alguna en nuestros mayores enemigos. Lo que no sabemos, o no queremos saber, es que si pretendemos salir de nuestros atolladeros personales, lo primero que tenemos que hacer es detenernos. Ir por la vida como un pollo descabezado, corriendo de un lado para otro sin sentido, sólo nos conduce a un caos todavía mayor. La vida moderna, nos ha convertido a todos en víctimas de un trastorno que los médicos han bautizado como estrés, y que según el Diccionario de la Real Academia significa “tensión provocada por situaciones agobiantes que originan reacciones psicosomáticas o trastornos psicológicos a veces graves”.

¿Cómo podemos ponerle freno a esa tensión? ¿Cómo podemos neutralizar las situaciones cotidianas que tanto nos agobian y que nos impiden pensar con frialdad? Nuestras vidas están organizadas de tal manera que carecemos de tiempo para nosotros mismos. Madrugones, atascos, aglomeraciones y horarios imposibles son el pan nuestro de cada día, y así no hay manera de que uno pueda dedicar un rato diario a estar a solas consigo mismo, sin hacer nada, tranquilo. Nos han inculcado que debemos estar siempre en continuo movimiento, que no hacer nada es perder el tiempo, pero en realidad eso no es cierto. No hay mayor pérdida de tiempo que emplearlo en tareas que no te realizan. Si todos los días dedicáramos veinte minutos, no hacen falta más, a estar a solas tranquilamente, sin música, sin televisión, sin internet, sin nada que nos perturbara los sentidos, tendríamos una claridad mental mucho mayor. Seguramente serían los veinte minutos mejor aprovechados del día.

Sentarse a meditar, al fin y al cabo, consiste en lo que apuntaba Pascal en la frase que encabeza este artículo. Pero no es necesario que nos pongamos muy trascendentales para conseguir despejar nuestra mente. Tampoco hace falta repetir mantras ni quemar incienso ni raparnos la cabeza. Insisto: aunque viene muy bien, no es necesario. Simplemente basta con detenernos unos minutos para apagar el infernal ruido exterior que embota nuestra mente. Haciéndolo, adquirimos una claridad de pensamiento mucho mayor, permitiéndonos observar con la distancia necesaria todo aquello que nos aturde. Si antes de tomar decisiones importantes dedicáramos un tiempo para estar solos tranquilamente, sentados y sin hacer nada, no te puedo garantizar que seríamos más felices, pero sin duda nos ahorraríamos muchos problemas.

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Vivimos convencidos de que nuestros problemas son lo más importante, encerrados en unas prisiones mentales que nos obligan a pasar por la vida creyéndonos separados de los demás, y a ver todo cuanto nos rodea como un enemigo hostil. Deambulamos estresados en una sociedad que bastardamente pretende hacernos más y más competitivos, para que no tengamos tiempo ni ganas que nos permitan meditar unos minutos sobre lo absurdo de la vida. Quizá por eso viene bien echarnos un vistazo desde el Universo, para que descubras que todo lo que crees que tiene gran importancia, en realidad carece de ella.

Te sugiero que dediques tres minutos y medio de tu ajetreada vida para escuchar las sabias palabras de Carl Sagan en este precioso vídeo. Tras hacerlo, comprenderás que nuestros conflictos interiores y exteriores son irrelevantes y que, en el fondo, muy pocas cosas merecen realmente la pena. Una de ellas eres tú.

Gracias por estar ahí. El lunes 28, si quieres, nos volvemos a ver.

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Ayer, como tantas otras tardes, atravesé el paseo de la Castellana en un autobús de la EMT, aprovechando que no estaban de huelga. Lo hice con la única compañía de mi reproductor mp3, que tanto mitiga la soledad en mis diarios recorridos por la superficie y el subsuelo de Madrid. Viajaba yo disfrutando de Chambao, Shostakovich, Abba…, original que es uno, hasta que escuché la canción que da título a la columna de hoy. Pensé en que cuando el difunto y tristemente olvidado Hilario Camacho la compuso para la serie de televisión, yo contaba tan sólo con diez añitos, y todavía era feliz sin saberlo, pues sólo cuando empiezas a cuestionar tu felicidad tienes la más absoluta certeza de tu desdicha.

Durante unos minutos rememoré sus títulos de crédito, que comenzaban con imágenes del eje Castellana-Recoletos y terminaban con otras del complejo Azca y la torre Windsor, que tan limpiamente incendiaron hace cuatro años. Ese fuego se convirtió en una metáfora de miles de sueños quemados en ese entorno de ejecutivos estresados, que comen de fiambrera mientras se engañan con sueños de gloria y poder, como rezaba la canción. Pero, ¿dónde quedaron los de ser futbolista, bombero, médico, cantante o policía?.

Allá, en nuestra lejana niñez, devorábamos a la par tebeos y meriendas, gozando con infinito placer de las mejores cosas de la vida que además, como cantó Sinatra, son gratis. Pero hoy, sin embargo, vivimos sin tiempo para vivir, asfixiados por un tren de vida que estrangula más que las corbatas con que simulamos ser gente de fiar, pese a haber traicionado los sueños infantiles a cambio de unas ambiciones que probablemente eran de otros, pero nunca nuestras. Y así hemos acabado, engañándonos, consolándonos  creyendo que hemos ganado, que ha merecido la pena arriesgarse a participar de un juego tan cruel, aunque tu espejo esté ya cansado de tantas mentiras.

Creo fue el genial Borges quien hace muchos nos regaló esta reflexión tan hermosa: “Si pudiera vivir nuevamente mi vida me tomaría muy pocas cosas con seriedad: daría más vueltas en calesita, contemplaría más amaneceres y jugaría con más niños. Pero ya ven, tengo ochenta y cinco años, y sé que me estoy muriendo”. Nadie está seguro de que haya vida después de la muerte, nadie, por eso quizá todo consista en ocuparnos de que exista antes. Quizá todo consista, parafraseando a otro argentino, el maravilloso Facundo Cabral, en dedicar más tiempo “para ver las estrellas con la María en el trigal”, pues hoy todavía podemos hacerlo.

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Una vez escuché a Antonio Gala decir: “No llenes tu vida de días; llena tus días de vida”. Seguramente mañana, o la semana que viene, o dentro de seis meses, será tu cumpleaños. Ese día esperas que se acuerden de ti, te llamen por teléfono, e incluso te digan que te quieren con más vehemencia de lo habitual. Si aún te lo dicen, claro. Probablemente abrirás regalos, soplarás velas, te harán pedir un deseo… Pero al día siguiente, también probablemente, vuelvas a sentir que vives cumpliendo una condena. Treinta y siete años y un día, sesenta y dos años y un día. Evito decir veinte años y un día, porque la juventud, “la única enfermedad que se cura con el tiempo” que dijo Oscar Wilde, no debería de ser todavía el momento de sentir la angustia vital de la soledad acompañada.

Pero una vez más me equivoco. Otra teoría al garete, chaval. Los psiquiatras ya empiezan a reclutar tantos pacientes menores de edad como sus colegas dentistas. Para quedarse con la boca abierta aunque no te vayan a meter el torno. Antes, sólo los padres se deprimían, por el sufrimiento para sacar a sus vástagos adelante. Ahora, los hijos también se deprimen, porque a menudo acaban convirtiéndose en el loquero de sus progenitores. Así no es de extrañar que desde muy jóvenes puedan ser carne de salud mental. Y todo desde que muchos padres estresados, sin previo aviso en el programa de mano, confunden a cualquiera de sus churumbeles con una calavera. Justo cuando el crío había alcanzado el nirvana en una prospección nasal rutinaria, su oportuno padre decide imitar al príncipe de Dinamarca, pero en versión cañí. Eso traumatiza cantidad, incluso sin leotardos.

Quizá nuestro gran problema consista en que este mundo nos venga grande, porque se nos esté exigiendo más de lo que podemos y debemos dar. Sólo somos seres humanos que se equivocan continuamente, deambulando con el alma hecha jirones de miedo y culpa. Pero tú no eres culpable de nada. Por muchos errores y críticas que hayas coleccionado en tu paseo terrenal, al final, sólo quedarán las cosas buenas que hayas hecho. ¿Te has preguntado alguna vez cómo sería la vida de tus seres queridos si tú nunca hubieses nacido? Esta cuestión existencial alumbró hace sesenta años el antidepresivo por excelencia, Qué bello es vivir. Si respondes honestamente a dicha pregunta, descubrirás que hay gente en este mundo para la que tú eres su George Bailey particular. Y seguirás siéndolo porque, a pesar de todo, sabes que eres una persona buena. Quizá así no vuelvas a desear que llegue el día en que hasta tu suegra hablaría bien de ti, y podremos celebrar juntos el de hoy como el mejor de todos. Felicidades.

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