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En un país cuyo presidente arranca crucifijos de las escuelas y persigue curas por las esquinas, sus ciudadanos se encomendaron ayer a los santorales de las diversas confesiones que en él se practican. Por una vez pudimos ver cómo a lo largo y ancho de la piel de toro se unían 46 millones de personas de múltiples nacionalidades y credos religiosos, políticos y sociales. Ayer nuestras cainitas hachas de guerra se enterraron para beber la cerveza de la paz sin mirar las etiquetas con que habitualmente (des)calificamos a quien siempre ha sido igual que nosotros, y mañana también. Las calles fueron una fiesta de color rojo en la que tanto los jóvenes de veinte como los de ochenta se unieron en un macrobotellón donde se confundieron el alcohol y las pastillas para la tensión.

Siempre recordaremos aquella sofocante tarde de julio como la víspera de la noche más hermosa. Cuando cayó el sol comenzó un espectáculo que si bien se estaba celebrando a miles de kilómetros, fue sentido por la piel de nuestra alma colectiva con la cercanía de las pasiones más íntimas. Ayer militares y pacifistas, taurinos y antitaurinos, beatos y casquivanas, jaraneros y cascarrabias, e incluso suegras y yernos, olvidaron por unas horas los abismos que les separan. Gente de toda condición que se abrazó, gritó, lloró y sufrió junta, sin importarle, por una vez, de qué pie cojeaba el vecino. Los seres humanos, que siempre embestimos al primer capote que nos pongan por delante, ganaríamos mucho si recordáramos más a menudo lo parecidos que somos. La chica del tercero y el gordo del primero seguramente mañana volverán a aborrecerse, pero ambos, aunque no lo sepan, están necesitados de las mismas pasiones. Ansían sentirse vivos y cercanos a la gente que sufre igual que ellos, aunque salvo en noches como la de ayer, lo suelan hacer a solas y en silencio.

Ya ha amanecido. La gente regresa a unas calles que hace sólo unas horas estaban de fiesta. El país volverá a estar en crisis, los políticos volverán a enfrentarnos y las banderas volverán a servir para cornearnos con sus astas. Nada nuevo bajo un sol que quizá no comprenda cómo un pueblo que acaba de compartir tantas emociones pueda retomar la mala costumbre de enzarzarse como si nada hubiera pasado. Como si nunca hubiera existido la noche de una fiesta nacional en que los toros sufrieron menos que las personas, ondeados en banderas que sólo deberían servir para enjugarnos lágrimas de felicidad. Algún día recordaremos que nosotros, al igual que los animales, no estamos aquí para sufrir. Algún día recordaremos que estamos aquí para disfrutar de la fiesta de la vida, y de unas diferencias que jamás deberían enfrentarnos.

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