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Crear alarmismo injustificado (sobre la economía) puede dañar las expectativas y es lo menos patriótico que conozco” (José Luis Rodríguez Zapatero en el Fórum Nueva Economía. 09-01-2008)

Lo que podrás leer a continuación, se basa en un resumen del “Estudio sobre el crecimiento y la desigualdad del INCAS (febrero de 2008)” que podrás descargarte al final de este artículo, complementado con otros datos económicos publicados en los últimos días.

Las diferencias entre ricos y pobres han aumentado en los últimos años, pues el número de personas sin recursos y el de asalariados con sueldos bajos ha crecido. Los ricos son cada vez más ricos, y los pobres, más pobres. La OCDE advertía recientemente que España, tras Estados Unidos, Corea y Holanda, es el país en que más se ha incrementado la presión fiscal, alcanzando las cotas más altas de toda nuestra historia. Las rentas medias están siendo, con diferencia, las más penalizadas por dicho aumento de la presión fiscal. Ésta, no se ha distribuido bien entre las rentas bajas pero, en cambio, las rentas de capital han sido muy beneficiadas, pues además el 86% de los multimillonarios de nuestro país defraudan a Hacienda. Y para más inri, España sigue siendo el país europeo, tras Irlanda, que menos dinero dedica a sus pensionistas.

El citado estudio nos plantea la siguiente cuestión: si con crecimientos por encima del 3% e incrementos medios del 10% en la recaudación del IRPF, no se ha conseguido crear una sociedad con menos diferencias, ¿qué pasará ahora en plena desaceleración económica? Pues lo que ocurrirá es que los principales perjudicados serán, precisamente, quienes se han beneficiado menos de la época de expansión, y entre ellos, de manera muy destacada, los currantes. Sin embargo, el discurso de Zapatero hasta hace pocas semanas ha hecho creer a la gente que la economía iba de lujo, y que si venían las vacas flacas, papá Estado ya se encargaría de solucionarme la papeleta, que a lo loco se vive mejor. Pero, ¿el Estado podrá cumplir su promesa de ampararme si el paro se dispara, como ya está ocurriendo?

El gran endeudamiento de familias y empresas españolas ha provocado tal dependencia de la financiación exterior, que sitúa a nuestra economía en un riesgo excepcional. Algunos medios ya están hablando de “aterrizaje forzoso”, debido a una desaceleración abrupta que se veía venir desde hace al menos un par de años. Hay casos especialmente graves, como el de Andalucía, cuya tasa de paro es un 50% superior a la media nacional. Y mientras, Zapatero nos promete pleno empleo para la próxima legislatura, cuando actualmente se están destruyendo una media de 50.000 empleos mensuales. Sólo en la construcción, el paro ha aumentado un 36% en el último año. Todo esto está provocando que el gasto público por subsidio de desempleo esté aumentando cerca de un 20% interanual, es decir, una barbaridad que no sabemos hasta cuándo será asumible.

España lleva años viviendo un empobrecimiento imparable de la mayoría de la población, lo que está aumentando todavía más las desigualdades sociales, hasta niveles dudosamente sostenibles. A partir del próximo lunes, el nuevo gobierno necesitará mucho más que demagogia populista y deseos de buena suerte, si quiere sacar a nuestro país de una grave crisis económica que se ha estado ocultando a la población, mintiéndonos como si fuéramos la niña de Rajoy.

Estudio sobre el crecimiento y la desigualdad del INCAS (febrero de 2008)

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Fue bonito mientras duró. Qué entrañables eran esos guiris que dando palmas se dejaban sus divisas en territorio patrio, cuando los trileros les levantaban la cartera con sólo tres cubiletes y una bolita. Ésa era la infraestractura de la picaresca industria nacional, aunque a decir verdad tampoco nos hemos esmerado mucho desde entonces. En las dos últimas décadas, gracias a uno de los principales motores de nuestra bananera economía, la construcción, ha proliferado una nueva especie en la fauna nacional: los especuladores inmobiliarios. Estos especímenes autóctonos se han hecho de oro con la inestimable colaboración de los consistorios nacionales, cuya proverbial honradez está sobradamente contrastada.

Además, España ha sufrido una caída drástica en el índice de confianza de inversión extranjera, perdiendo dieciocho puestos en dicha clasificación, para acabar en el trigésimo quinto lugar. Quizá haya tenido algo que ver que nuestro Gobierno, sin querer y con talante, urdiese asaltar la presidencia del BBVA y legislase ad hoc contra E.On, tras no poder regalarle Endesa al tripartito catalán. Tan poco sutil intervencionismo ha provocado que muchos países se lo piensen dos veces antes de realizar fuertes inversiones en España, debido a tan flagrante inseguridad jurídica. Lo que el Gobierno quiso vender como una operación patriótica, sólo fue una burda trama para regalarle Endesa a la Caixa que, por cierto, perdonó seis millones de euros al PSC de Montilla. Todo queda en casa.

La economía se nos está viniendo abajo como un castillo de naipes, con lo a gusto que estábamos todos en Navidad cenando conejo. La consabida inflación y la caída de la competitividad, además del anunciado derrumbe inmobiliario (ya lo verás), ha motivado que nuestros vecinos nos observen con una expectante preocupación. Si a tan peligrosa coyuntura le añadimos el extraordinario atractivo inversor de economías emergentes como China e India, debido a sus bajos costes de producción, es evidente que el próximo gobierno deberá adoptar medidas rigurosas, si no quiere que acabemos siendo sólo un país de hostelería y prostitución. Quizá tendríamos que aprender de Gran Bretaña y Alemania, que siguen gozando de la confianza extranjera, pese a que las grandes inversiones están siendo acaparadas por mercados en vías de desarrollo.

Si aquí apenas tenemos industria nacional y la extranjera decide marcharse, podemos acabar con los cartones y poco más. Vienen tan malos tiempos, que incluso la economía del coloso americano está ofreciendo señales de una extrema debilidad. De hecho, de nada nos serviría hoy recibirlos con alegría, ni aunque sustituyésemos a Zapatero por el genial Pepe Isbert, porque sus dólares ahora valen poco más que las estampitas con que les timábamos. Sólo nos queda entonces el latrocinio doméstico, pero eso sí, con clase y a lo grande. Una teoría que ya avala hasta el Constitucional, sentando jurisprudencia para que nuestros millonarios se puedan jactar de que en España, los ladrones, somos gente honrada.

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