Según expertos inmobiliarios, en España hay más de tres millones de viviendas vacías. Los propietarios de la inmensa mayoría están intentando venderlas o alquilarlas cuanto antes. Pero no hay manera. Si alquilar está complicado, vender resulta misión imposible. Con el grifo hipotecario cerrado a cal y canto, las ventas de viviendas en nuestro país van a seguir desplomándose. ¿Hasta cuándo?: hasta que se bajen los precios a niveles asumibles para la nueva coyuntura nacional. No es de recibo que en España cobremos menos de la mitad que nuestros vecinos europeos, y al mismo tiempo nuestros precios inmobiliarios estén entre los más altos del continente. Lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible. Sólo era cuestión de tiempo que la burbuja inmobiliaria estallara, y, por fin, ha sucedido.
La mano derecha de Elena Salgado, José Manuel Campa, afirmó ayer que “para los españoles lo mejor será pensar que no es bueno dejar un piso a los hijos”. Toma ya. El mismo Gobierno que hasta finales del 2010 aseguraba que había que comprar vivienda, que la oportunidad era inmejorable, ahora, cuando ya está dando sus últimos estertores, reconoce a través del Secretario de Estado de Economía que seguir apostando por el ladrillo es un imbecilidad. Lo dicen después de que varios millones de españoles ya hayan tirado su futuro por la ventana, al hacer lo propio con el dinero tras comprar su primera vivienda en los últimos años. Concretamente la generación de los nacidos en la década de los setenta, es la que está absorbiendo el mayor golpe de la colosal estafa que ha supuesto la burbuja inmobiliaria.
Me hace mucha gracia escuchar a Aznar, pues no desaprovecha ocasión para sacar su pecho de vigoréxico, mientras asegura que gracias a él la economía española fue viento en popa. Lo que deliberadamente omite el expresidente, y ningún hábil o valiente entrevistador le recuerda, es que ese crecimiento espectacular se sustentó en una delirante burbuja inmobiliaria. Nos pusimos a construir pisos desaforadamente, ocupando a muchos cientos de miles de personas, pero al mismo tiempo condenamos a toda una generación a la pobreza. Con la complicidad de banqueros, constructores y políticos se logró que el precio de la vivienda se disparase, para dar una falsa sensación de riqueza. Falsa, porque sin unos créditos tan fáciles como baratos, los currantes jamás habrían podido firmar hipotecas por cifras y plazos absolutamente demenciales. Ahora toca pagar la fiesta. Del crédito se vive muy bien, sin duda, pero hay que empezar a apoquinar la deuda, y con intereses. No tenía ningún sentido pensar que, en un país donde los salarios son irrisorios, el ladrillo iba a seguir subiendo hasta el infinito. Desgraciadamente, es lo que hay.
Desde hace años circula por la red un vídeo humorístico, en el que aparece Arias Navarro comunicando por televisión la noticia que da título a esta entrada. En realidad, es un manipulación de las palabras pronunciadas por el carnicerito de Málaga con motivo del fallecimiento de Franco. Justo mañana se cumple el 35º aniversario de dicha muerte, y por tanto del vídeo original. La versión burbujista que podéis ver al final, y que empezó como una broma, hoy podemos afirmar que ha acabado siendo absolutamente profética. Sí, españoles, el pisito ha muerto. Aunque apenas se hable de ello en los medios, quienes mueven los hilos se están encargando de amortajar al difunto, para que a las víctimas de la estafa les resulte más llevadero el dolor. “Míralo, Marujita, si parece que siguiera valiendo sesenta millones. Cómo se nos han podido marchar así, tan de repente, sin darnos tiempo a colocárselo a otros pardillos”.
En la España franquista, tan magistralmente retratada por Berlanga, el deceso de un familiar directo conllevaba luto riguroso de un año, a juego con el color del país. La muerte hoy del pisito va a acarrear una pena distinta, pero mucho más larga, pues sus dolientes propietarios estarán encadenados perpetuamente a una deuda que los va a enterrar en vida. “¿Pero cómo ha podido ser, si gozaban de tan buena salud y se revalorizaban año tras año un 20%?. Eso me pasa por hacerle caso a tu madre, que decía que alquilar era tirar el dinero”. “Sí, claro, ahora la culpa la tendrá mi madre. La culpa es de Zapatero, que ha gafado España. Ya verás cómo cuando gane Rajoy los pisos vuelven a subir”. Pues no, señora. Zapatero es responsable de muchas cosas, pero no de una burbuja inflada por el PP. Cuando el leonés llegó a La Moncloa en 2004, los precios ya habían alcanzado unas cotas delirantes. Gobierne quien gobierne, los pisos volverán a valer lo que hace veinte años.
“Esto con Franco no habría pasado. No me extraña que mañana lo homenajeen en el Valle de los Caídos” -opinará más de un inmomutilado-. Según algunas fuentes, miles de presos republicanos murieron durante la construcción de dicho monumento. Lo que nadie sospechaba entonces es que muchas décadas después, millones de personas iban a sufrir otra gravísima condena, vinculada también a la construcción. Los hipotecados son los esclavos del siglo XXI, que penarán hasta el último céntimo de la monumental estafa inmobiliaria perpetrada para gloria de unos pocos y ruina de la mayoría. Hace 35 años, mucha gente lloraba el fallecimiento de un dictador. La muerte del pisito que nos congrega hoy, va a ser lamentada por un porcentaje de españoles infinitamente mayor. Descanse en paz. Para siempre.
Un simple vistazo a la prensa invita a pensar que estamos en la antesala de un cataclismo económico, que no tiene nada que ver con la discutible rentabilidad de Cristiano Ronaldo. Por mucho que los medios nos bombardeen con fútbol y Belén Esteban, en nuestro país están pasando cosas mucho más importantes, aunque por su escasa repercusión mediática nadie lo diría. Esta misma mañana, La Vanguardia publica la siguiente noticia: “Los promotores inmobiliarios deben 325.000 millones de euros y amenazan el sistema financiero”. O sea, un agujero de 54 billones de las antiguas pesetas. Sigamos. Ayer, el ministro Celestino Corbacho aseguraba que en enero tendremos 100.000 parados más. Por tanto la cifra real de parados o demandantes de empleo, sin maquillajes estadísticos, está acercándose a los cinco millones y medio. Como para ser optimista, ¿verdad?
Corbacho también reconoció ayer que la situación ha empeorado. Tanto, que va a conceder los 420 euros a todos los nuevos parados. A mí me parece magnífico que se ayude a quien más lo necesite, pero debemos asumir que el modelo andaluz se va a extender al conjunto del Estado. En los próximos años, según ha asegurado repetidamente el profesor Santiago Niño Becerra, deberemos acostumbrarnos a una tasa real de paro en torno al 30%, lo que provocará que no haya más remedio que establecer a nivel nacional una prestación básica de subsistencia, para que la gente no se muera de hambre. Hemos pasado en poco tiempo de creernos los reyes del mambo, con todoterrenos y pisos de 400.000 euros, a hablarse claramente de que si no lo remedia un milagro, buena parte de la población estaría condenada a la indigencia. ¿Cómo es posible?
Un 5% de la población, por dar un porcentaje, se ha hecho de oro timando con los pisitos al 95% restante. La burbuja inmobiliaria española ha sido de tal calibre que va a dejarnos hechos unos zorros durante la próxima década. ¿Cómo es posible que en pocos años una vivienda pudiera duplicar su precio en el mercado, siendo como somos un país de mileuristas? ¿Cómo se han podido conceder millones de hipotecas a personas casi insolventes? ¿Por qué el poder político, antes el PP y ahora el PSOE, no ha hecho absolutamente nada para detener esta locura? La consecuencia de tamaño despropósito es que mientras políticos, constructores y banqueros se han estado forrando a manos llenas (el 5% de antes), el españolito medio ha estado cavando su fosa, y con ella la de todo el país. Si a esto le añadimos que la deuda de nuestras Administraciones Públicas pulveriza todos los récords, podemos concluir que reunimos sin duda las condiciones necesarias para acabar como en la Argentina del 2001.
Si algún lector padece del corazón, mejor que no pinche este enlace.
Esta reflexión de un internauta me ha causado un profundo impacto emocional. Os recomiendo encarecidamente que dediquéis cinco minutos de vuestro tiempo a leerla, si queréis conocer detalladamente lo que piensan de los españoles en el primer mundo europeo. El título del presente artículo, quizá pueda servir para sintetizar la opinión que de nosotros tienen en el viejo continente. Como no somos los más adecuados para enjuiciarnos, pues como reza el dicho popular “No somos como creemos que somos, sino como nos ven los demás”, me ha parecido muy ilustrativo descubrir que en Europa nos ven básicamente como ciudadanos muy conformistas, incapaces de arriesgar nada por un sueño.
Nuestros vecinos europeos piensan que tenemos aversión a la incertidumbre, de ahí que el gran objetivo laboral de la inmensa mayoría de nuestros jóvenes sea convertirse en funcionario. La obsesión por adquirir un pisito, aun a precios estratosféricos, es otro claro síntoma de la inseguridad latente que traslucimos, pues para gran parte de los españoles es absolutamente innegociable tener un piso propio y así que nadie se lo pueda arrebatar. Resumiendo: nuestras aspiraciones vitales se reducen a asegurarnos un plato en la mesa y un suelo donde caernos muertos, aunque a fondo perdido tengamos que prestar el alma al diablo, como Faustos con trabajos alienantes y zulos en desiertos de hormigón. Por eso no es de extrañar que en Europa tengamos la imagen de pueblo con mentalidad de funcionario y de “¡virgencita, que me quede como estoy!”.
Pero lo que quizá no sepan franceses, británicos, alemanes o suecos es que en España, con los modelos económicos, políticos y educativos patrios, la máxima aspiración posible de un ciudadano honrado es sobrevivir. Tuvimos un gran oportunidad para dejar de ser los parientes pobres del sur, es cierto, pero unos pocos nos la han desaprovechado para provecho exclusivo de sus paradisíacas cuentas. Nuestro presunto milagro se basó en una farsa pergeñada por el tándem PP-PSOE y difundida por sus respectivas ganaderías mediáticas. Nos hicieron creer que los ladrillos eran oro, cuando en realidad sólo eran ladrillos. Y nos hicieron creer que gracias a ellos podríamos codearnos con Francia y Alemania, cuando en realidad por su culpa no tardaremos mucho en hacerlo con Bulgaria, ya lo veréis.
Si hemos acabado convertidos en un pueblo timorato, conformista y pusilánime, probablemente también se deba a algo muy grave: la profunda desesperanza que ha embargado a mucha gente con verdadero talento. Gente harta de ver cómo se promociona a la legión de incompetentes lameculos, mientras se putea a la minoría que piensa por sí misma. Gente con un gran potencial que en su mayoría se echa a perder si opta por permanecer en un país que se jacta de ser europeo, aunque en verdad sólo lo sea por cuestiones meramente geográficas.