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Una mujer entra en una farmacia para comprar unas aspirinas porque le duele la cabeza. Pide una caja y la farmacéutica le dice: “¿Ha pensado en someterse a un tratamiento para adelgazar?” La clienta, atónita, probablemente le respondería: “¿Tan gorda me ve?”.  “Mujer, gorda, lo que se dice gorda, no. Pero sí que tiene unos kilitos de más. Si no me cree, pésese en nuestra báscula”, concluiría la farmacéutica. Así que la clienta que sólo quería unas aspirinas acaba subida a una báscula que le escupe un ticket. Su sentencia, en letras mayúsculas: SOBREPESO. La boticaria, ya venida arriba porque ha conseguido minar la autoestima de la jaquecosa mujer, le muestra un surtido de lo más variopinto, y caro, para ayudarle a adelgazar. Veinte minutos después, la protagonista de nuestra historia abandona la farmacia con 95 euros menos, la moral por los suelos… y sin las aspirinas.

Imaginemos ahora a la misma mujer. En esta ocasión tiene que guardar cola para comprar las aspirinas, por lo que decide entretener la espera pesándose. Ella, que suele hacerlo semanalmente en casa, sabe que su peso ronda los 63 kilos. Se sube a la báscula, que como es de las modernas también mide su estatura, y estira como puede su metro sesenta y ocho. Mete tripa apretando el conjunto de su anatomía hasta congestionarse y, por fin, llega el ansiado veredicto: 70 kilos. SOBREPESO. Apesadumbrada se baja de la báscula, la cual está ubicada estratégicamente entre los tratamientos adelgazantes. Oculta el ticket, y cuando llega su turno le pide consejo a la farmacéutica para comprarse algún producto que sea eficaz “para perder unos kilitos”. Veinte minutos después, la protagonista de nuestra historia abandona la farmacia con 95 euros menos, la moral por los suelos… y sin las aspirinas.

Dos historias con distintos comienzos pero idéntico final, que es lo que importa. El primer ejemplo representa un modo muy burdo de colocarle a una persona un oneroso tratamiento para adelgazar. El segundo, en cambio, es una manera mucho más amable (y habitual) de conseguir el mismo objetivo: sacarle una pasta. Cuento todo esto porque he podido comprobar en persona que algunas farmacias tienen unas básculas ‘modificadas’ para que pesen de más, las cuales, casualmente, están situadas junto a un sinfín de productos para quedarnos divinos de la muerte. No deja de sorprender la existencia de farmacias que practiquen esta peculiar técnica comercial, porque se supone que ellas son las intermediarias entre los médicos y los pacientes. Si tanto se está luchando contra la anorexia, ¿por qué se nos instiga con diversas artimañas para que perdamos el mayor peso posible?

Parece evidente que están jugando con nuestras inseguridades con el único fin de convertirnos en esclavos de nuestra imagen. Nos venden que seremos más felices, especialmente las mujeres, si nos ceñimos a unos inhumanos cánones de belleza impuestos por empresas que hacen de nuestros cuerpos su negocio. Pero el peso que realmente nos sobra, pues supone un lastre del que es urgente deshacerse, es el de nuestros complejos y nuestros miedos. Tenemos que despojarnos de la falsa y estúpida creencia de que las mujeres serían más felices si tuvieran una 90-60-90 (ahora ya 85-55-85 y bajando), o los hombres si lucieran un torso hercúleo. Quiérete tal como eres porque tú, aquí y ahora, ya eres una persona maravillosa. Cuando lo descubras desaparecerán tus quebraderos de cabeza, y probablemente no volverás a necesitar ni siquiera una caja de aspirinas.

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