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Dentro de escasamente veinticuatro horas sabremos si el COI ha sido conquistado por la corazonada de Gallardón. El faraónico alcalde de Madrid está echando el resto en Copenhague, para lograr que la capital de España consiga organizar los Juegos Olímpicos del 2016. La expedición madrileña desplazada a la capital danesa, formada por más de 400 invitados, está degustando cincuenta jamones y novecientas botellas de vino. Y es que el estrés despierta la gula, que lo sé yo. De alguna forma los señores tendrán que matar las horas previas a una decisión que, según nuestros políticos, sería muy beneficiosa para Madrid y el resto de España. Lo que parece claro es que si el comité evaluara también el dispendio de las comitivas, la candidatura española arrasaría. Algunos ya han ganado la medalla de oro antes de la carrera final. Pero, ¿realmente sería tan estupendo como nos pintan que Madrid se convirtiera en ciudad olímpica?
Para responder rigurosamente a esa pregunta, deberíamos de tener muy presente el estado de nuestras arcas públicas, especialmente las madrileñas. La capital ostenta el récord en la categoría de endeudamiento municipal con 7.000 millones de euros, aunque esta disciplina todavía no esté reconocida por el COI. El inquilino de Ambiciones, como le llaman cariñosamente los funcionarios de su consistorio, pretende seguir batiendo plusmarcas tributarias en plena fiebre por la carrera olímpica, descolgándose ahora con una nueva tasa de basuras. Y eso por no hablar de los celebérrimos parquímetros, que la sumisa ciudadanía ha acabado aceptando, aunque no dejen de ser otro sistema para esquilmar diariamente a los contribuyentes. Vivir en la capital candidata a los Juegos ha acabado siendo algo prohibitivo, ya que además los servicios recibidos no son acordes a los impuestos pagados.
España se encuentra en el comienzo de una devastadora crisis que acabará en depresión, con una ciudadanía que está ahora mismo al borde del colapso económico. Ante semejante panorama, parece evidente que no necesitamos unos Juegos Olímpicos. Lo último que requiere nuestra sociedad es sufrir más asaltos por su clase política, especialmente si es para organizar un evento lúdico que sólo sería disfrutado por una minoría de privilegiados. El resto, a conformarse con verlo por televisión tras haber pagado la fiesta de los señoritos con sus impuestos. No olvidemos que algo similar ya ha pasado en Madrid, a menor escala económica, con el Teatro Real u otras muchas obras, y más recientemente en otro punto del tercer mundo, Sudáfrica, durante la Copa Confederaciones, donde pudimos ver que los lugareños no asistieron a los estadios porque apenas tienen para comer, una vergüenza que también presenciaremos en el próximo Mundial. Y es que para tener corazonadas, señor alcalde, antes hay que tener corazón.
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Ayer, como tantas otras tardes, atravesé el paseo de la Castellana en un autobús de la EMT, aprovechando que no estaban de huelga. Lo hice con la única compañía de mi reproductor mp3, que tanto mitiga la soledad en mis diarios recorridos por la superficie y el subsuelo de Madrid. Viajaba yo disfrutando de Chambao, Shostakovich, Abba…, original que es uno, hasta que escuché la canción que da título a la columna de hoy. Pensé en que cuando el difunto y tristemente olvidado Hilario Camacho la compuso para la serie de televisión, yo contaba tan sólo con diez añitos, y todavía era feliz sin saberlo, pues sólo cuando empiezas a cuestionar tu felicidad tienes la más absoluta certeza de tu desdicha.
Durante unos minutos rememoré sus títulos de crédito, que comenzaban con imágenes del eje Castellana-Recoletos y terminaban con otras del complejo Azca y la torre Windsor, que tan limpiamente incendiaron hace cuatro años. Ese fuego se convirtió en una metáfora de miles de sueños quemados en ese entorno de ejecutivos estresados, que comen de fiambrera mientras se engañan con sueños de gloria y poder, como rezaba la canción. Pero, ¿dónde quedaron los de ser futbolista, bombero, médico, cantante o policía?.
Allá, en nuestra lejana niñez, devorábamos a la par tebeos y meriendas, gozando con infinito placer de las mejores cosas de la vida que además, como cantó Sinatra, son gratis. Pero hoy, sin embargo, vivimos sin tiempo para vivir, asfixiados por un tren de vida que estrangula más que las corbatas con que simulamos ser gente de fiar, pese a haber traicionado los sueños infantiles a cambio de unas ambiciones que probablemente eran de otros, pero nunca nuestras. Y así hemos acabado, engañándonos, consolándonos creyendo que hemos ganado, que ha merecido la pena arriesgarse a participar de un juego tan cruel, aunque tu espejo esté ya cansado de tantas mentiras.
Creo fue el genial Borges quien hace muchos nos regaló esta reflexión tan hermosa: “Si pudiera vivir nuevamente mi vida me tomaría muy pocas cosas con seriedad: daría más vueltas en calesita, contemplaría más amaneceres y jugaría con más niños. Pero ya ven, tengo ochenta y cinco años, y sé que me estoy muriendo”. Nadie está seguro de que haya vida después de la muerte, nadie, por eso quizá todo consista en ocuparnos de que exista antes. Quizá todo consista, parafraseando a otro argentino, el maravilloso Facundo Cabral, en dedicar más tiempo “para ver las estrellas con la María en el trigal”, pues hoy todavía podemos hacerlo.
Etiquetas: ciudad, estres, hilario camacho, Madrid, muerte, vida
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Históricamente, multitudes femeninas se han repartido codazos, eso sí, por turno, entre sus vetustos mostradores de hilos, piedras y todo tipo de abalorios. Pontejos, situado muy próximo a la Puerta del Sol y al lado de la Presidencia de la Comunidad, es el almacén de mercería más famoso de Madrid, así como uno de los comercios más antiguos de la ciudad. En torno a la fuente de la plaza que da nombre a este establecimiento, y ajenos al trasiego de reyertas femeninas por un quítame de ahí ese varojki, matan el tiempo los escoltas de los gerifaltes madrileños. Allí departen sobre lo bueno que es Casillas y lo duros que son los postes en el Calderón, sobre todo para los delanteros del Atleti, mientras los acompañantes de las apasionadas clientas esperan sentados en los bancos de esa pequeña plazoleta, constatando la gran clase del parque automovilístico del Gobierno madrileño, y viendo pasar la vida con Chambao por gentileza de los Reyes Magos y el Emule.
A escasos metros, desde su despacho y a vista de pájara, la presidenta de los madrileños podría observar, si lo tuviera a bien, a un pueblo remendado y superviviente en lo poco que va quedando de aquella ciudad que un día creyeron amar creyéndola hermosa, hoy llena de costurones y ajena a sus gallardonescos vodeviles. Si lo tuviera a bien, también podría contemplar a manteros entrenando a los municipales; a un indigente con su desvencijado carro de la compra impulsado por el etanol del tintorro; y a una puta negociando el precio del caliqueño, negándose a bajar su bandera con un descuento del 20%, por mucho que el cliente alegue el desplome bursátil, que ella compró Endesas con Pizarro y le fue muy bien. Cuando hasta las putas han dejado de creer en el socialismo, lo tuyo es mío y lo mío también, mal andamos.
Mientras cada día las mañosas se devanan los sesos en Pontejos, haciendo encajes de bolillos para estirar las nóminas y que así pueda resultar más presentable el traje de los domingos, allí mismo, justo enfrente, también se devanan los sesos y hasta los higadillos, pero con navajas albaceteñas, por conservar un Audi de cristales tintados. Tras ellos podrán seguir manejando impunemente los hilos de las marionetas que se mueven a sus pies, y que repiten sus soflamas como buenos ciudadanos cada vez que les dan cuerda. Y así seguirá ocurriendo mientras las mujeres, y también los hombres, sigamos optando por ser el rebaño que sólo se concentra para ir a las rebajas, al fútbol o a las manifestaciones convocadas por quienes han deshilachado nuestros bolsillos, y sólo pisan la calle para llevar una pancarta. Ahora, dos siglos más tarde, los mamelucos somos nosotros. Menos mal que ya no está Goya para pintarnos.
Etiquetas: actualidad, dos de mayo, economia, elecciones, elecciones 2008, Madrid, politica
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El pasado domingo, muchos miles de madrileños se despidieron de familiares y amigos a quienes estuvieron gorroneando durante tres días maravillosos. Sus impecables anfitriones, hasta el mismo momento de la emotiva partida, se afanaron en llenar de provisiones el maletero del monovolumen y de chismorreos el viaje de regreso. Así, entre chorizos culares y embarazos no deseados, no hay duda de que hicieron la caravana mucho más amena a la marabunta castiza, la cual siempre ha tenido querencia a tirarse a las autovías, especialmente cuando las Almudenas, solas, celebran su santo un viernes. Eso sí, como penitencia por haberse saltado la procesión de su patrona, el sufrido dominguero madrileño sabe que le espera otra laica a las puertas de su ciudad. Con lo bonitas que le quedan a Rouco.
Cuando el atasco se va diluyendo, bien por agotamiento, bien por la inercia que permite que las cosas acaben funcionando, comenzamos a divisar el cielo ceniciento de Madrid. El nuevo skyline de la capital, que dirían los cursis, se caracteriza ahora por cuatro torres que, incluso en domingo, apenas se pueden distinguir. Sólo desde la distancia podemos contemplar en todo su esplendor esa grandiosa franja de polución que nos separa de las nubes. Quizá ésta sea la viva imagen del purgatorio para unas ánimas que viven diariamente zarandeadas en el metro, el autobús, la oficina, el supermercado y hasta en misa para ser el primero en llevarse una hostia a la boca. A veces me pregunto si el humo que respiramos procede sólo de los motores de los coches y de las calefacciones, o también de nuestros explotados cuerpos.
Para evitarnos más quebraderos de cabeza, que bastante tenemos ya con haber sobrevivido a otro puente, hemos sabido que nuestro filantrópico alcalde nos oculta la verdad sobre la calidad del aire que respiramos. Paradójicamente, a los pocos días de conocerse esta noticia, se le ha llenado su flamante chamizo de ratas. Quizá no exista mejor alegoría para lo que suele ocurrir cuando se soterra la mierda bajo alfombras que no vuelan, pues Madrid no es el lejano Oriente ni Gallardón es Aladino. Como mucho un flautista aficionado, al que en pleno éxtasis musical han interrumpido las inoportunas ratas, justo cuando estaba aplaudiéndose a sí mismo en su despacho imperial. Sus sufridos contribuyentes, mientras, intentaremos seguir sobreviviendo con el consuelo de que, por el santo de las Conchas, podremos volver a fugarnos a un sitio con mejor bienvenida. Aquí nos esperan un Madrid envenenado, los madrileños echando humo, y Gallardón persiguiendo a escobazos por su nuevo Alcázar a las ratas que, como nuestra polución, tampoco se van de puente.
Etiquetas: Gallardón, Madrid, medioambiente, PP
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