Posts Tagged “muerte”

Seguramente su nombre no te dirá gran cosa, pero quizá sí las palabras que vas a poder leer a continuación. Randy Pausch, que murió hace cinco semanas como consecuencia de un cáncer de páncreas que degeneró en metástasis, era sólo un profesor más de computación en Estados Unidos. Sin embargo, cuando le comunicaron que le quedaban pocos meses de vida, pronunció una conferencia que sobrecogió a todos sus asistentes. Hasta tal punto fue impactante su mensaje, que hoy circula por internet como una de las mejores clases magistrales sobre el vivir. Diez minutos de vídeo con un legado tan sencillo como hermoso de alguien que, tras saber que iba a morir con sólo cuarenta y siete años, quiso compartir con el mundo lo que la vida le enseñó.

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Como todos sabéis, las noticias con las que nos levantamos cada día no invitan precisamente al optimismo. Parafraseando a Domingo Puerta, mi buen amigo y mejor blogger, podría decirse que nos vemos obligados a “contemplar el escenario de la vida con estupor”. Al menos eso es lo que hacemos en este blog de lunes a viernes. Sin embargo, y para compensar, me gustaría recibir cada fin de semana con la mejor bienvenida posible. Por eso hoy inauguro una sección semanal a la que llamaré Cositas buenas. En ella iré dejando a los amables lectores del blog distintos textos, vídeos o canciones que nos ayuden a reconciliarnos con nosotros mismos y con los demás. Cualquier cosa que sirva para que aprendamos algo nuevo, para recordarnos que debemos ser felices, y para que descubramos que tú y yo tenemos mucho en común.

Este primer fin de semana del verano quiero dedicaros este vídeo del magistral discurso de Steve Jobs en la Universidad de Stanford. Steve Jobs es, entre otras cosas, presidente de Apple y uno de los artífices del adorado iPhone. Pero, por encima de todo, tiene una bellísima historia personal que contarnos.

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Ayer, como tantas otras tardes, atravesé el paseo de la Castellana en un autobús de la EMT, aprovechando que no estaban de huelga. Lo hice con la única compañía de mi reproductor mp3, que tanto mitiga la soledad en mis diarios recorridos por la superficie y el subsuelo de Madrid. Viajaba yo disfrutando de Chambao, Shostakovich, Abba…, original que es uno, hasta que escuché la canción que da título a la columna de hoy. Pensé en que cuando el difunto y tristemente olvidado Hilario Camacho la compuso para la serie de televisión, yo contaba tan sólo con diez añitos, y todavía era feliz sin saberlo, pues sólo cuando empiezas a cuestionar tu felicidad tienes la más absoluta certeza de tu desdicha.

Durante unos minutos rememoré sus títulos de crédito, que comenzaban con imágenes del eje Castellana-Recoletos y terminaban con otras del complejo Azca y la torre Windsor, que tan limpiamente incendiaron hace cuatro años. Ese fuego se convirtió en una metáfora de miles de sueños quemados en ese entorno de ejecutivos estresados, que comen de fiambrera mientras se engañan con sueños de gloria y poder, como rezaba la canción. Pero, ¿dónde quedaron los de ser futbolista, bombero, médico, cantante o policía?.

Allá, en nuestra lejana niñez, devorábamos a la par tebeos y meriendas, gozando con infinito placer de las mejores cosas de la vida que además, como cantó Sinatra, son gratis. Pero hoy, sin embargo, vivimos sin tiempo para vivir, asfixiados por un tren de vida que estrangula más que las corbatas con que simulamos ser gente de fiar, pese a haber traicionado los sueños infantiles a cambio de unas ambiciones que probablemente eran de otros, pero nunca nuestras. Y así hemos acabado, engañándonos, consolándonos  creyendo que hemos ganado, que ha merecido la pena arriesgarse a participar de un juego tan cruel, aunque tu espejo esté ya cansado de tantas mentiras.

Creo fue el genial Borges quien hace muchos nos regaló esta reflexión tan hermosa: “Si pudiera vivir nuevamente mi vida me tomaría muy pocas cosas con seriedad: daría más vueltas en calesita, contemplaría más amaneceres y jugaría con más niños. Pero ya ven, tengo ochenta y cinco años, y sé que me estoy muriendo”. Nadie está seguro de que haya vida después de la muerte, nadie, por eso quizá todo consista en ocuparnos de que exista antes. Quizá todo consista, parafraseando a otro argentino, el maravilloso Facundo Cabral, en dedicar más tiempo “para ver las estrellas con la María en el trigal”, pues hoy todavía podemos hacerlo.

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Siempre se ha dicho que una línea muy fina separa la vida y la muerte. Unos metros, unos segundos, pueden ser decisivos para que permanezcamos o desaparezcamos de nuestra realidad espacio-tiempo, para que el espectáculo pueda continuar o bajemos definitivamente el telón de nuestro teatro ambulante. Si no hubiera estado allí aquella tarde, si hubiese frenado a tiempo, de no haber sido por esa vecina que me entretuvo contándome las matrículas de sus nietos… Cuántas veces habremos pensado en situaciones que comenzaron como simples anécdotas y acabaron decidiendo nuestras vidas. De cuántos trenes nos habremos bajado o subido en marcha, escribiendo así lo que la humanidad llama destino.

Somos más de seis mil millones de habitantes en el planeta. Mientras terminas de leer este artículo habrán muerto varios de ellos, por los que seguramente no tendrás que acudir a un funeral acompañando sentimientos, como si el dolor pudiera compartirse. Ayer, sin embargo, un país entero comenzó a preparar el luto mientras ponía la mesa. Y todo porque unos desgraciados se creyeron legitimados para fijar el día y la hora del final de la vida de uno de los ciudadanos del mundo. Algunos medios incluso anunciaron su muerte, y dos lágrimas cayeron sobre un plato de lentejas por quien, hasta ese momento, era sólo otro inquilino anónimo de la vida. Pero ésta ayer quiso ser benévola, y escoltó agradecida a quien a su vez arriesga la suya por la de los demás. Afortunadamente un hombre volvió a nacer, y como su madre no estaba en casa, que diría Gila, la llamó inmediatamente, eso sí, con un móvil.

De la desolación inicial pasamos a una súbita alegría. Contra todo pronóstico, la vida había ganado esta vez la partida a una muerte anunciada y segura. No sabemos si se salvó por la divina providencia o por la suerte, dependiendo del credo de cada cual. Pero sí que un inocente, una persona hasta ayer anónima, como tú y yo, podrá volver a su tierra llevado por sus propios pies y no por hombros ajenos. El destino no ha permitido que unos cobardes lo mataran cuando iba a regresar a casa. Mientras las ratas permanecen escondidas en sus alcantarillas, a la espera de nuevas y macabras órdenes, la libertad saldrá del hospital, chamuscada, eso sí, pero con entereza y la cabeza bien alta rumbo a Zaragoza. Allí estarán la Virgen del Pilar y su ofrenda de flores, los mantones de Manila, las jotas y los cachirulos, en una fiesta popular donde vecinos y visitantes nos juntaremos sin distingos, para celebrar un año más que la vida sigue. Menudos son los maños.

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