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Cuatro meses después de la orgía nacional, que tuvo como epicentro la ciudad sudafricana de Johannesburgo, miles de mujeres lucen orgullosas por nuestras calles una incipiente barriga, fruto de la pasión vivida aquella noche. Arancha, Javier, Patricia, Jordi, Noelia y probablemente algún Andrés, vendrán al mundo tras ser concebidos en una madrugada de verano en la que los espermatozoides se dejaron llevan por la furia roja. Según me he podido enterar hace unos días, entre estos nuevos alumbramientos estará también el del bebé de unos amigos nuestros. Y eso que el futuro papá no estaba precisamente por la labor, que mira que está muy mal la crisis, mujer, aunque yo sea funcionario y nosotros seamos del PSOE a muerte. Pero esa noche se movió tanta energía en toda España que la vida se acabó abriendo paso a patadas, mucho más expeditivas que las holandesas. El beso de Íker a Sara fue sólo el preludio. El gol que el portero le marcó a su reportera favorita, supuso el pistoletazo de salida para una nueva generación que dará sus primeros pasos la próxima primavera. En un país tan necesitado de alegrías y de niños, Iniesta, con ese gol que reescribía nuestra historia, estaba también dando un impulso a la natalidad, ahora que se acaban los 2.500 euros de Zapatero. El futbolista manchego, en un gesto de justicia poética, le dedicó el gol a un padre póstumo, su amigo Dani Jarque.

Aquella noche, seguramente la más larga y cálida de nuestras vidas, los somieres fueron testigos, no precisamente silentes, de la liberación de tanta energía reprimida durante ese interminable partido. España ganó el Mundial, y miles de hombres y mujeres decidieron sumarse activamente al milagro de la vida. El mismo Iniesta hizo lo propio pocos días después, con lo que también la próxima primavera será papá. La vida puede estar muy achuchada, la crisis puede estar haciendo estragos, pero la energía que todo lo mueve siempre se acaba imponiendo. A la fuerza del amor no la para nadie, ni siquiera Casillas. Miles de niños fueron engendrados esa madrugada con los ecos de las vuvuzelas resonando todavía en las cabezas de sus padres, que se dieron un homenaje de roja pasión retozando a la salud de Iniesta y del futuro bebé. Desde mi punto de vista, anécdotas como éstas son las que nos demuestran que los seres humanos pueden ser maravillosos, como reza el eslogan de una bebida energética que, al menos esa noche, no fue necesaria para erguir el mástil nacional. ¿Todavía alguien puede dudar de que los seres humanos nos movemos por pasiones?

Dedicado a los miles de niños que, como el bebé de nuestros amigos, fueron concebidos pocas horas después de este gol que sin duda ya ha marcado sus vidas.

GOL_FINAL_INIESTA from Txomin Sorrigueta on Vimeo.

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En un país cuyo presidente arranca crucifijos de las escuelas y persigue curas por las esquinas, sus ciudadanos se encomendaron ayer a los santorales de las diversas confesiones que en él se practican. Por una vez pudimos ver cómo a lo largo y ancho de la piel de toro se unían 46 millones de personas de múltiples nacionalidades y credos religiosos, políticos y sociales. Ayer nuestras cainitas hachas de guerra se enterraron para beber la cerveza de la paz sin mirar las etiquetas con que habitualmente (des)calificamos a quien siempre ha sido igual que nosotros, y mañana también. Las calles fueron una fiesta de color rojo en la que tanto los jóvenes de veinte como los de ochenta se unieron en un macrobotellón donde se confundieron el alcohol y las pastillas para la tensión.

Siempre recordaremos aquella sofocante tarde de julio como la víspera de la noche más hermosa. Cuando cayó el sol comenzó un espectáculo que si bien se estaba celebrando a miles de kilómetros, fue sentido por la piel de nuestra alma colectiva con la cercanía de las pasiones más íntimas. Ayer militares y pacifistas, taurinos y antitaurinos, beatos y casquivanas, jaraneros y cascarrabias, e incluso suegras y yernos, olvidaron por unas horas los abismos que les separan. Gente de toda condición que se abrazó, gritó, lloró y sufrió junta, sin importarle, por una vez, de qué pie cojeaba el vecino. Los seres humanos, que siempre embestimos al primer capote que nos pongan por delante, ganaríamos mucho si recordáramos más a menudo lo parecidos que somos. La chica del tercero y el gordo del primero seguramente mañana volverán a aborrecerse, pero ambos, aunque no lo sepan, están necesitados de las mismas pasiones. Ansían sentirse vivos y cercanos a la gente que sufre igual que ellos, aunque salvo en noches como la de ayer, lo suelan hacer a solas y en silencio.

Ya ha amanecido. La gente regresa a unas calles que hace sólo unas horas estaban de fiesta. El país volverá a estar en crisis, los políticos volverán a enfrentarnos y las banderas volverán a servir para cornearnos con sus astas. Nada nuevo bajo un sol que quizá no comprenda cómo un pueblo que acaba de compartir tantas emociones pueda retomar la mala costumbre de enzarzarse como si nada hubiera pasado. Como si nunca hubiera existido la noche de una fiesta nacional en que los toros sufrieron menos que las personas, ondeados en banderas que sólo deberían servir para enjugarnos lágrimas de felicidad. Algún día recordaremos que nosotros, al igual que los animales, no estamos aquí para sufrir. Algún día recordaremos que estamos aquí para disfrutar de la fiesta de la vida, y de unas diferencias que jamás deberían enfrentarnos.

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