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Los niños, que son muy sagaces aunque se van estropeando poco a poco con el sistema educativo y la televisión, ya casi intercambiables, muy pronto empiezan a formular preguntas incómodas como, por ejemplo, la procedencia de sus semejantes. Es entonces cuando los padres se deshacen en metáforas para engañar a su hijo, haciéndole creer que vienen al mundo patrocinados por la miel de la Granja de San Francisco, cuando en realidad suelen ser fruto de un recalentón veraniego a la sombra de una higuera, y de un preservativo que se rompió por comprarlo en el Todo a un euro. Pero como esa explicación es muy compleja para la mente de un niño, optan por contarle entre risitas nerviosas la versión ecologista oficial sobre en qué consiste eso de superpoblar el planeta.

Otro ecologista de pro, nuestro admirado y gentil prócer José Luis Rodríguez Zapatero, hizo gala ayer de una sensibilidad metafórica similar, para explicar a la ciudadanía que no está cayendo la que está cayendo. Sus prestidigitaciones verbales para suavizarnos la agonía fueron tan dignas de todo elogio, que servidor sólo echó en falta que invocase al doctor Montes para acabar de paliar nuestro dolor. Por eso mienten quienes a su vez  acusan a nuestro presidente de mentir al pueblo español, pues al igual que millones de padres cuentan a sus hijos lo de las abejitas para no traumatizarlos, nuestro estadista predilecto hace lo mismo con millones de ciudadanos, pero en su caso con el paro, el endeudamiento y la inflación. Su único y filantrópico objetivo es ejercer de Hemoal para aliviarnos los males que nos causa el euribor donde la espalda pierde su nombre.
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Durante la sesión de ayer en el Congreso, Zapatero volvió a calzarse la chaqueta de pana y la guitarra de trovador, para contarnos lo bonito que es el campo cuando no llueve, y lo estupendo que es ser de izquierdas aunque se hunda la economía y lo lamentable que es ser de derechas en toda circunstancia. Ante un discurso de tanto calado intelectual, ya sólo nos queda esperar que participe junto a Ana Belén y Ramoncín en el próximo concierto benéfico que recoja fondos para la SGAE. Sobre el escenario nuestro presidente podría adornarse como él sabe, interpretando la ranchera “El Rey”, que popularizó Jorge Negrete. Ya sabéis, la de “con dinero y sin dinero, hago siempre lo que quiero, y mi palabra es la ley. No tengo trono ni reina, ni nadie que me comprenda, ¡pero sigo siendo el Rey!” Claro que sí, José Luis. Si no hay nadie que te comprenda no es porque no te sepas explicar, sino porque los españoles son muy zotes, y hasta la metáfora de las flores a muchos les viene grande. No obstante, conviene insistir en ella. Marchando una de abejas.

En primer lugar, los ciudadanos deben saber que los zánganos se caracterizan por tener los ojos muy grandes y padecer incapacidad laboral permanente. Este tipo de abeja sólo sirve para repartir néctar por doquier y, cómo no, para fecundar. Para nada más. Llegados a este punto voy a abstenerme de rememorar la famosa viñeta de El Jueves, que no quiero que me cierren el quiosco. Y, por supuesto, que nadie piense que yo podría estar comparando a Zapatero con una abeja zángano, faltaría más, pues, como todo el mundo sabe, nuestro presidente se caracteriza por ser un trabajador infatigable, que jamás escatima esfuerzos por el bien de los ciudadanos. Asimismo, es un hombre que siempre llama a las cosas por su nombre, por duras que resulten, afrontando los problemas con una donosura que para sí hubiera querido John Wayne. Cualquier ademán de engolamiento o cursilería existe sólo en las calenturientas mentes de sus envidiosos críticos. Y en cuanto a lo de fecundar, es cierto que ha tenido dos niñas, pero no que esté jodiendo a muchos millones de españoles, especialmente a quienes asegura defender tan denodadamente. Desmentido queda.

Respecto a los otros dos tipos que existen, cabe destacar que las abejas obreras son infértiles, y viven exclusivamente para currar. O sea, como los españolitos, que como la cosa siga así sólo podrán tener hijos en Second Life. Y de la abeja reina sólo añadir que en nuestro país sería, indiscutiblemente, la televisión, pues ella también se encarga de fecundar churumbeles, pero con la capacidad intelectual de un rodapié. Obviamente, los retoños de esta abeja televisiva siempre serán obreros, los cuales jamás protestarán aunque sus vidas sean cada vez más miserables, pues están programados para someterse como niños a las palabras de unos zánganos que les han robado hasta la dignidad.

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Acabamos de saber que el Vaticano ha decidido incluir entre los nuevos pecados del siglo XXI todos los actos que deterioren el medio ambiente, según ha declarado en una entrevista el arzobispo Gianfranco Girotti, especialista en su ventanilla de pecados y penitencia. Igualmente ha afirmado que los siete pecados capitales de toda la vida se han quedado cortos para abarcar los problemas de la actualidad. Sin embargo, y pese a esta ampliación del pliegue de cargos sobre las conciencias feligresas, en un desesperado intento por ampliar mercados, la Iglesia sigue sufriendo una incesante pérdida de parroquianos. Como a la gente ya no le importa ir al infierno por espiar en la ducha a las vecinas, habrá que intentar intimidar nuestras pecadoras almas al rebufo del multimillonario Al Gore.

La Iglesia se ha dado cuenta de que en los últimos años los ciudadanos sólo conocen el vocablo confesionario por los realities televisivos. Quizá le gustaría más que retrocediésemos unos cuantos siglos, cuando el hombre no contaminaba y ella manipulaba con mano de hierro a la población, mandando a su ecológica hoguera a quienes osaban rebelarse contra sus sagradas verdades. Supongo, sin embargo, que no querrá volver a la época de quema de conventos e iglesias, no vayamos a cabrear a Zapatero quien, paradojas de la vida, comparte con el Vaticano su preocupación por el medio ambiente. Tanto, que los coches menos contaminantes han quedado exentos del impuesto de matriculación, mientras que las almas de sus conductores podrán seguir circulando con dos padrenuestros, un avemaría y un San Cristóbal en el salpicadero.

Como los eruditos aseguran que el cielo y el infierno están aquí abajo, la Iglesia ha optado por penar la contaminación, aprovechando que a nuestro planeta apenas le quedan ya paraísos, pues incluso las tetas suelen ser operadas. Sinceramente, resulta sorprendente que el Vaticano no descubriese antes el vínculo entre la contaminación y el pecado, pues hace mucho tiempo que la Tierra es un purgatorio, donde las ánimas vagan en pena en busca de un poco de oxígeno, entre fuegos y calderas hirviendo. La madre naturaleza ya nos proporciona muchísimos terrenos infernales y pocos paraísos, pues sabe que casi todos los humamos somos pecadores condenados al fuego eterno. Y es que, de ser mayoría las gentes de buen corazón, viviríamos en Canarias y no en Madrid.

Al final, con el litro de gasóleo más caro que el de gasolina y el polucionar como pecado de nuevo cuño, los feligreses pobres se tendrán que resignar con contaminarse descargando de internet la canción homónima, en las voces de Ana Belén y Víctor Manuel. Un matrimonio de pecadores, por rojos, pero que al tener en común con la Iglesia su amor por los pobres, sin duda serían perdonados con sólo retratarse rumbosamente por la causa verde en el cepillo más cercano, que para algo cobran el canon digital.

 

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En un colegio granadino se acaba de poner en práctica una singular iniciativa, dentro del Plan de Fomento del Plurilingüismo impulsado por la Junta andaluza, consistente en que los padres aprendan inglés en las aulas de sus hijos. En un principio, una medida como ésta sería positiva, pues pretendería implicar a los padres en la pésima educación de los alumnos españoles. Pero también podría ahondar aún más en la tradicional incomunicación entre los progenitores y su prole.

Ahora, si el niño no quiere hacer los deberes, puede decirle a su padre “ai don jav jomgüerk tudei”. Éste, a su vez, para demostrar que también sabe idiomas, le respondería “ja guar yu”. Y el hijo, que es menos tonto que su padre pues ha salido a la madre, zanjaría tan políglota conversación con un “fain, zanks, and no distur me enimor, so tocapeloteision”, para seguir jugando a la plei, mientras el padre se marcha todo ufano musitando por el pasillo “ai am de fader of de boy more listo of jis clas”, tras comprobar lo bien que domina su niño la lengua de Saquespeare.

Si siempre se ha dicho que los chavales saben latín, por su innata destreza para torear a sus padres despacito y de salón, los de ahora saben inglés además de anatomía aplicada, que las humanidades ya sólo sirven para la hostelería. Las adolescentes, por ejemplo, tienen un concepto del diafragma muy distinto del que tenían sus madres, cuando éstas lo estudiaban en el libro de Naturales que llevaban en una carpeta del Superpop, y se tapaban sus turgencias con las jetas de los Pecos. Y es que las jóvenes españolas del siglo XXI son las suecas de los sesenta, por eso lo de aprender inglés llega con cuarenta años de retraso, ahora que se ha retirado Alfredo Landa.

Los tiempos han cambiado, sin duda, pero también en su sentido cronológico. La España de cuando entonces era de muchachas en casa poco antes de que den las diez, que trovaba un formalito Serrat antes de cantarnos por alegrías. En cambio, hoy, a una madre le dan “las ten, las ileven, las tuelv, la uan, las tú y las zrí”, rezando para que a su hija no le roben también el mes de abril. Al menos, este nuevo bilingüismo casero va a servir para que, cuando al día siguiente le vuelva a pedir más dinero para irse de marcha, la madre también pueda hacerse la sueca, aunque no se parezca a Anita Ekberg ni en su fámili gocen de una dolce vita o suit laif. Por eso, probablemente la progenitora se limitará a un lacónico “aim sorri, bat güi jav nou mani, mai dooter”, a lo que la niña responderá, como siempre, encerrándose en su cuarto de un portazo, donde se acordará de los hijos de la Gran Bretaña y de nuestra economía de champions lig.

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El pasado martes, la edición digital del diario EL PAÍS publicó un demoledor artículo sobre los niños con trastorno de hiperactividad (TDAH). Estos escolares hiperactivos, normalmente, son tratados con psicofármacos para paliar sus síntomas. Éstos suelen consistir, básicamente, en que el niño no se adapta a las normas y hace cuanto le viene en gana. Ignora tanto a sus padres como a sus profesores, adultos obstinados en reprimir sus excesivamente individualistas impulsos (aunque ahora los llaman pulsiones, para que suene peor). La medicación se ha convertido en la panacea rápida y eficaz para que estos niños, tanto en casa como en el colegio, dejen de molestar. Sus sufridos padres, desesperados por la conducta rebelde de estos niños, acaban viéndose obligados a aceptar lo que la psiquiatría les dice: “Su hijo tiene un trastorno mental y por su bien hay que medicarlo”.

Ya a tan tempranas edades se les trata como enfermos mentales. Pero no es de extrañar en una sociedad que aniquila a todos los que se atreven a no ser “como todo el mundo”. Tanto la educación como la psiquiatría están empeñadas en la socialización a cualquier precio, aunque éste sea drogar a los niños ‘especiales’. No hay que olvidar que los Estados tienen un objetivo fundamental: que el individuo encaje en la sociedad que han diseñado para dominarlo. Es decir, que tenga su cónyuge, sus hijos, su nómina, su coche, sus tarjetas de crédito, su hipoteca… Un ciudadano ejemplar, vamos. Por ello, cualquier sospecha de individualidad es debidamente tratada, para así evitar que alguien reclame ser ciudadano y no súbdito. Podemos estar orgullosos de que hoy prime el rebaño sobre el individuo, la uniformidad sobre la transgresión, y la mediocridad sobre la genialidad.

Pero a veces, pese a lo que opinan muchos especialistas de salón, es bueno no adaptarse a la sociedad si uno todavía desea preservar la poca cordura que le quede. Sin embargo, al basarse en transmitir información sin plantearse en ningún momento la salud emocional de los escolares, el sistema educativo considera trastornados e inadaptados a los niños hiperactivos. Un sistema, por otra parte, concebido estrictamente para fomentar la inteligencia académica, apisonando por omisión la inteligencia emocional. Así les va a estos niños y a los demás, y al mundo en que malvivimos, claro. Porque para mayor escarnio, el nivel de exigencia académica está a ras de suelo, premiando la mediocridad y castigando el talento. Por ello, si en el 2008 surgiese hipotéticamente un Joan Manuel Serrat, vendería la centésima parte de discos que Melendi, y por supuesto no pasaría ninguno de los castings televisivos creados para mofarse del personal y divertir a su feliz audiencia. Así que ya sabéis, locos bajitos: si queréis hacer felices a padres y profesores, así como al conjunto de la sociedad, no olvidéis tomaros vuestra dosis diaria de soma. No vaya a ser que os dé por ser libres y perseguir vuestra propia felicidad.

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