Cuentan que Billy Wilder decidió dirigir sus propios guiones para evitar que otros los destrozaran. En cambio, el mejor guionista del cine español, Rafael Azcona, se desentendía por completo de sus textos una vez entregados al director. Eran dos formas antagónicas de entender el impagable arte de escribir historias para el celuloide. Pero si Rafael hubiese nacido en Los Ángeles y no en La Rioja, seguramente sería considerado junto a Wilder uno de los mejores escritores para el cine. Porque quizá estos genios deberían de considerarse escritores por encima de guionistas, pues hoy hasta el diario de Patricia cuenta con varios en su nómina, aunque por su contenido parezca escrito mientras sus autores evacúan los intestinos después del primer café.
Azcona llegó al cine por casualidad, pues él realmente era un escritor satírico que destacaba en revistas como la mítica Codorniz. Comenzó como eventual guionista de Marco Ferreri para acabar siendo el autor de los mejores guiones del cine español. Todos sabemos que formó un talentoso tándem junto a Berlanga, del que salieron obras maestras para la posteridad. En una entrevista televisiva, Rafael confesó que a menudo se reunían ambos para merendar en la cafetería de El Corte Inglés, atalaya donde les sorprendía la inspiración observando el comportamiento de los españolitos que por allí deambulaban. Porque al final, el artista sólo es alguien que ve por los demás, como creo que dijo el genial Picasso, pues la belleza está en los ojos de quien mira.
Escribir guiones en la España franquista, por otra parte, no era como hacerlo en Hollywood. Si Audrey Hepburn o Kim Novak le decían ven al espectador, éste lo dejaba todo. Lo jodido era enamorar con Julia Caba Alba, María Isbert, Luis Ciges o José Luis López-Vázquez. Y Azcona lo conseguía, destripando sarcásticamente un país de hormonas hastiadas de tanta hambre sexual y de la otra, germen de nuestra proverbial mala ostia. Pese a la dureza de sus retratos, que eran sólo un fiel reflejo de la realidad de la época, logró humanizar a los personajes desnudándolos ante nosotros para que viésemos sin tapujos sus vergüenzas, que eran y siguen siendo las nuestras.
Quizá su mayor logro, al menos para servidor de ustedes, lo alcanzó con la monumental Plácido, a la que él y su compinche Berlanga pensaban llamar Los bienaventurados, título bíblico descartado por la entrañable censura. Sin embargo ésta sólo fue capaz de ver en otra de sus obras maestras, El verdugo, una película sobre la pena de muerte, donde realmente había un feroz alegato contra la misma. Quizá fue durante esos años oscuros del franquismo cuando Azcona firmó sus mejores guiones. Unos textos que siempre llevaron el membrete del humor negro, probablemente porque éste es el aceite que engrasa nuestras penas para que nos chirríen menos, aunque sea de ricino. La muerte de un guionista, o mejor dicho, del guionista, nos ha arrebatado a nuestro más agudo sociólogo cinematográfico del último medio siglo, pues nadie como él ha mostrado las miserias de un pueblo sufriente que no siempre ha sabido reírse de sí mismo.
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