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Yo no pienso como usted, pero daría mi vida para que usted pueda seguir defendiendo lo que piensa” (Voltaire)

En los últimos días, están sucediéndose las agresiones y los boicots contra determinadas formaciones políticas. Rosa Díez, Dolors Nadal y María San Gil (dónde están las feministas), así como otros dirigentes del PP, han sufrido las iras de grupos de extrema izquierda. Estos radicales han dramatizado al máximo la tensión que, desde hace cuatro años, está azuzando nuestro presidente con su proverbial bonhomía. Y no digo esto por su confesión televisiva ante el monaguillo Gabilondo, no. Basta leer las directrices oficiales que el PSOE está transmitiendo a los suyos en El manual del candidato, para deducir quién está enfrentando realmente a las dos Españas. Los socialistas, todos a una, tensan al máximo la cuerda y, si tras tantas provocaciones ésta se rompe, le echarán la culpa a los de “extrema derecha”.

Zapatero, y a quien no le guste leer esto que se joda, porque es la verdad, está tratando a los ciudadanos como si fuésemos niños de parvulario. “Yo, Tarzán, y PP, Chita”; “Yo, Paz, y PP, guerra”; “Yo, alegría, y PP, tristeza”; “Yo, optimista, y PP, pesimista”; “Yo, tolerancia, y PP, crispación”; “Yo, demócrata, y PP, derecha extrema”; “Yo, integrador, y PP, racista”. Y así podría seguir él otros cuatro años, recitando engoladamente antónimos del tenor “Yo, lo mejor, y PP, lo peor”. Todo su melifluo discurso político se reduce, exclusivamente, a esta pregunta: ¿Tú qué prefieres: paz o guerra, alegría o tristeza, tolerancia o crispación? El camarada José Luis, con una habilidad digna de todo elogio, ha acabado apropiándose de conceptos muy hermosos. Por eso ahora su lobotomizado rebaño lo asocia automáticamente con esas ideas. Y quien no comulgue laicamente con su falaz doctrina, al matadero con él.

Otro gran estadista y pensador, Xabier Arzalluz, ya dijo hace varias décadas la frase lapidaria “Ellos sacuden el árbol y nosotros recogemos las nueces”. Con esa cita célebre, hizo referencia al trabajo sucio que los muchachos de las bombas siempre le han hecho al nacionalismo vasco. Pues bien, la técnica de nuestro peligroso presidente es exactamente la misma. El PSOE en bloque siembra el odio contra la oposición, mientras unos exaltados de los que, por supuesto, se desmarca, se dedican a acorralar y hostigar a quienes no piensan como ellos. Los socialistas condenan las agresiones de manera solemne para, acto seguido, seguir insistiendo burdamente en la estigmatización del PP, acusándolo de monstruosas barbaridades.

Mañana, tarde y noche, mediante el bombardeo de su colosal maquinaria mediática, te repiten que la oposición es un peligro para la humanidad, hasta convencerte de que lo mejor para ti es que sigas como hasta ahora, jodido pero contento. Aldous Huxley, en su novela Un mundo feliz, ya nos previno hace setenta y cinco años de esta misma técnica de lavado de cerebro para manipular a las masas. Gracias a ella, el poder consigue que su engañada ciudadanía termine aceptando la aniquilación de todo vestigio disidente. Y si osas rebelarte, mañana tú serás su próxima víctima.

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Estamos habituados a ver en televisión a hombres y mujeres en busca de una última oportunidad, jurando arrodillados ante la audiencia que esta vez sus promesas de cambio son sinceras; gente que no duda en poner al santoral por testigo de su arrepentimiento, pues aunque ahora somos ateos, nos sigue costando prescindir del San Cristóbal en el coche y el San Pancracio en la lotería. Igualmente, solemos elegir la caída de la última hoja del calendario para redimirnos de nuestros pecados eternos, como fumar o esos kilos de más, pero nuestro éxito suele ser tan efímero, que nos consolamos pensando en que ya queda menos para el año que viene y así volver a intentarlo.

Cambiar es muy jodido, y aunque todos le echamos ganas al principio, acabamos sucumbiendo a la placentera seguridad de seguir como siempre. Sin embargo, y paradójicamente, nunca nos faltan ganas de exigir a los otros que cambien. Cambiar, implicaría mirar en nuestro interior enfrentándonos a nuestras propias miserias. Probablemente también tendríamos que derribar nuestros viejos prejuicios y creencias, partir de cero. Pero eso ya es pedir demasiado. Con lo a gusto que se está aquí afuera criticando a Zapatero y Karmele, nos complace mucho más arrojar nuestros propósitos de enmienda al cesto, junto a la ropa sucia. A nuestra edad ya da tanta pereza cambiar de traje, que aunque nos regalen cuatrocientos euros y estemos en rebajas, preferimos lavar nuestros viejos prejuicios de siempre y orearlos al sol.

Descubrir que hemos podido vivir engañados, engañando, engañándonos, sería insoportable. Para evitar semejante cataclismo, optamos por el cómodo usufructo de pensamientos ajenos, adhiriéndonos sistemáticamente a un discurso prefabricado, ya sea político, social o moral. Elegimos identificarnos con partidos y también con clubes deportivos, sintiendo como propias sus victorias y sus derrotas. Con ellos ganaremos elecciones y campeonatos, pues siempre nos resultará infinitamente más sencillo que ganarnos a nosotros mismos. Conquistarnos, implicaría reírnos de todo y de todos, también de nuestra propia sombra, así como renunciar a ser un gregario de las ideas de unas masas que son tan tolerantes con lo propio como beligerantes con lo ajeno. Pero como en el fondo las tememos, preferimos caer en sus totalitarias redes, opinando como ellas y celebrando juntos que nos lo den todo pensado. Siempre será mejor que sufrir la inevitable soledad de los chiflados que un día se atrevieron a cambiar, y confiaron más en sí mismos que en la convencida multitud.

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Y ahora, si nos perdonan, vamos a hablar de cine español” (Antonio Gasset)

Según datos oficiales, el cine español ha perdido cinco millones y medio de espectadores en el último año. Un tercio del público que vio nuestras películas durante el 2006, se fue con las palomitas a otra parte en el 2007. Cabe destacar igualmente que sólo uno de cada ocho espectadores optó el año pasado por una producción nacional. La única cinta que sobresalió fue El orfanato, pues para encontrar la siguiente habría que descender hasta el puesto vigésimo quinto de la clasificación. O sea, la segunda división para los lectores del Marca.

El ministro de Cultura, por su parte, ha asegurado que “se ve más cine que nunca, pero se asiste menos a las salas, debido también a las nuevas tecnologías”. Es una manera ingeniosa, como gran poeta que es, de justificar el estrepitoso descalabro del cine español. O sea, que los parroquianos ya no acudimos a las salas a verle el culo a Elsa Pataki, o a ver a los buenos y a los malos durante la guerra civil y en la actualidad, porque preferimos descargárnoslas con el Emule y luego verlas en el portátil. Va a ser eso. Porque, probablemente, tú ahora mismo estés bajándote El ekipo ja o incluso Café solo o con ellas, ¿a que sí?. Ya que la SGAE ha decidido atracarnos con el visto bueno del Gobierno, los contribuyentes, al parecer, hemos optado por piratear obras patrias.

Tururú. Parafraseando la serie de Telecinco con el bucólico título Sin tetas no hay paraíso, podríamos afirmar también que “Sin talento no hay taquilla”. Los nacionales, mientras nos quitamos la pelusa del ombligo, estamos siempre dispuestos a tragarnos lo que nos echen por la tele, porque nos sale gratis. Pero si un sábado por la noche tienes que aflojar siete euros, porque quieres ver una película y no practicar en la fila de los mancos, te niegas a que te cuenten el mismo rollo de siempre. Chico conoce a chica, conflictos de pareja, militares con graduación poniendo los cuernos, hombres que salen del armario y mujeres que entran en un club de intercambios, guardias civiles persiguiendo a fugitivos con las tetas al aire… ¿O era al revés? Todo esto aderezado con unos diálogos normalmente ininteligibles porque no se vocaliza, porque la compleja construcción sujeto-verbo-predicado no ha terminado de germinar en la cabeza del sesudo guionista, o incluso por ambas razones.

Si no fuera porque, para sacarnos de dudas, los directores suelen tener la gentileza de incluir en el elenco a grandes estrellas del firmamento hispánico, como Fernando Tejero o Willy Toledo, uno podría llegar a sospechar que está viendo gore casero. Pero no: es el fruto intelectual de nuestros plañideros cineastas. Como sigan lloviéndoles los millones a estos ordeñadores de la ubre pública, mientras gente con verdadero talento se dedica a servir bravas y oreja, el cine español acabará estrenándose en los cineclubs rurales. Sería deseable, por el bien de lo que queda de nuestro séptimo arte, que muchos de nuestros subvencionados artistas se dedicaran, por ejemplo, al noble gremio de la fontanería. A lo mejor así descubrían su auténtica vocación.

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El pasado martes, la edición digital del diario EL PAÍS publicó un demoledor artículo sobre los niños con trastorno de hiperactividad (TDAH). Estos escolares hiperactivos, normalmente, son tratados con psicofármacos para paliar sus síntomas. Éstos suelen consistir, básicamente, en que el niño no se adapta a las normas y hace cuanto le viene en gana. Ignora tanto a sus padres como a sus profesores, adultos obstinados en reprimir sus excesivamente individualistas impulsos (aunque ahora los llaman pulsiones, para que suene peor). La medicación se ha convertido en la panacea rápida y eficaz para que estos niños, tanto en casa como en el colegio, dejen de molestar. Sus sufridos padres, desesperados por la conducta rebelde de estos niños, acaban viéndose obligados a aceptar lo que la psiquiatría les dice: “Su hijo tiene un trastorno mental y por su bien hay que medicarlo”.

Ya a tan tempranas edades se les trata como enfermos mentales. Pero no es de extrañar en una sociedad que aniquila a todos los que se atreven a no ser “como todo el mundo”. Tanto la educación como la psiquiatría están empeñadas en la socialización a cualquier precio, aunque éste sea drogar a los niños ‘especiales’. No hay que olvidar que los Estados tienen un objetivo fundamental: que el individuo encaje en la sociedad que han diseñado para dominarlo. Es decir, que tenga su cónyuge, sus hijos, su nómina, su coche, sus tarjetas de crédito, su hipoteca… Un ciudadano ejemplar, vamos. Por ello, cualquier sospecha de individualidad es debidamente tratada, para así evitar que alguien reclame ser ciudadano y no súbdito. Podemos estar orgullosos de que hoy prime el rebaño sobre el individuo, la uniformidad sobre la transgresión, y la mediocridad sobre la genialidad.

Pero a veces, pese a lo que opinan muchos especialistas de salón, es bueno no adaptarse a la sociedad si uno todavía desea preservar la poca cordura que le quede. Sin embargo, al basarse en transmitir información sin plantearse en ningún momento la salud emocional de los escolares, el sistema educativo considera trastornados e inadaptados a los niños hiperactivos. Un sistema, por otra parte, concebido estrictamente para fomentar la inteligencia académica, apisonando por omisión la inteligencia emocional. Así les va a estos niños y a los demás, y al mundo en que malvivimos, claro. Porque para mayor escarnio, el nivel de exigencia académica está a ras de suelo, premiando la mediocridad y castigando el talento. Por ello, si en el 2008 surgiese hipotéticamente un Joan Manuel Serrat, vendería la centésima parte de discos que Melendi, y por supuesto no pasaría ninguno de los castings televisivos creados para mofarse del personal y divertir a su feliz audiencia. Así que ya sabéis, locos bajitos: si queréis hacer felices a padres y profesores, así como al conjunto de la sociedad, no olvidéis tomaros vuestra dosis diaria de soma. No vaya a ser que os dé por ser libres y perseguir vuestra propia felicidad.

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