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Marta Páramo es una géminis de dieciocho años que pinta, y muy bien, por cierto. Esto no sería una gran noticia, si no estuviéramos hablando de una joven con síndrome de down, que de niña sufrió una leucemia por la que los médicos le daban sólo cinco meses de vida. Hoy es una pintora de éxito, tras cuatro años jugando con los lienzos sin técnica alguna. Como ella misma declara, “tiene un don”. De hecho todos lo tenemos, pero muchas veces la familia, el sistema educativo, o ambos, nos acaban convenciendo de lo contrario.
Marta es una artista que sin pensar en sus evidentes limitaciones (todos las tenemos), se dedica a plasmar en una lámina en blanco la luz que siempre va con ella (también todos la tenemos). La diferencia estriba en que esta joven no tiene complejos por desnudar su alma, y mostrar la belleza que habita en cada ser humano. Ella es creadora y creación, artista y obra. Nosotros también lo somos. Lo único que necesitamos es descubrir nuestro talento y darle rienda suelta, ya sea cantando, bailando, escribiendo, disertando, fotografiando… (añade la actividad que más te emocione y te haga disfrutar como un niño). Marta es un ejemplo, no ya de superación, sino de cómo ponerse al servicio de tu pasión para así pintar una vida maravillosa, una obra maravillosa. Nadie que viva con intensidad una pasión puede estar equivocado, independientemente de que cuente o no con el aplauso de crítica y público. La protagonista de esta historia no piensa en el éxito o el fracaso, esos dos grandes farsantes. Ella se limita a seguir una norma muy sencilla: “lo que siento, lo pinto”.
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Comprendí entonces los abusos a los que me sometió la familia. Vi con exactitud
la estructura de la trampa. Me acusaban de ser culpable de cada herida que me habían inferido.
Nunca dejó el verdugo de declararse víctima. Por un hábil sistema de negaciones, se me despojó
de todos los derechos, se me trató como un mendigo desprovisto de territorio al que se le otorgaba
por desdeñosa bondad un fragmento de vida. ¿Sabían mis padres lo que estaban cometiendo?
De ninguna manera. Faltos de conciencia, me hacían a mí lo que a ellos les habían hecho.
(La danza de la realidad. Alejandro Jodorowsky)
El otro día leí en twitter una reflexión que me impactó. Parece mentira que con sólo 140 caracteres se pueda decir tanto y tan profundo. El texto de Sergio Moya decía lo siguiente: “En un seminario de terapia familiar. Al final todo se reduce a lo mismo: juegos de poder entre los miembros que componen el sistema”. Juegos de poder familiares: a eso se reduce todo. En todas las familias, y miente quien asegure lo contrario, acontecen esos juegos que, por cierto, nada tienen que ver con las inocentes actividades que practicábamos en nuestra infancia. Son unos juegos en los que de manera soterrada, subterránea, unos intentan imponer su derecho de pernada sobre los otros. Evidentemente hablamos de trastornos de conducta, pues lo justo sería que todos los miembros de una familia recibieran idéntico trato: de este modo, se evitarían los resentimientos y rencores que se van cocinando a fuego lento durante décadas. Pero desgraciadamente no sucede así. Nadie es perfecto, y por tanto la vida tampoco puede serlo, pues qué es ésta sino las relaciones que mantenemos con quienes nos rodean. Gracias a esas relaciones, especialmente a las familiares, viven y muy bien los especialistas en salud mental de medio mundo.
Los hijos que han sido reprimidos, despreciados y aniquilados por sus padres, cuando son adultos y se convierten a su vez en padres, repiten el mismo modelo de conducta con su descendencia. Si un hijo fue ninguneado por sus padres y aceptó que éstos lo trataran como a un inferior, acabará haciéndole lo mismo a sus vástagos cuando los tenga. Tan matemático como que dos y dos son cuatro. Por eso, en algún momento, alguien tiene que romper la baraja y decir “hasta aquí hemos llegado”, por doloroso que resulte. Si un padre no ha tenido valor para enfrentarse a sus progenitores y ponerse/ponerlos en su sitio, antes o después alguna víctima de esos perversos juegos decidirá talar su rama del árbol familiar, harta de tanto sufrimiento y de tanto abuso. Los hijos no tienen por qué asumir ni penar la falta de coraje de sus cobardes progenitores.
Etiquetas: abuso, familia, hijos, jodorowsky, padres, poder, vida
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Durante media vida fue directivo de grandes multinacionales como Xerox o Epson. Una grave derrota profesional le permitió dar un giro de 180 grados a su vida. Fruto de esa radical transformación surgió ‘El hombre que tuvo la fortuna de fracasar’. En este libro cuenta ese proceso, en el que pasó de sentirse un profesional de éxito pero vacío, a ser un hombre plenamente feliz. Tras este párrafo de introducción, reproduciré tres reflexiones que José Luis Montes ha brindado a los lectores. Quizá puedan parecer verdades de perogrullo, pero a menudo sucede que las verdades más simples son las que más nos cuesta aceptar. Son palabras que sin duda resonarán muy fuertemente en tu interior, pero muy difíciles de poner en práctica en un mundo tan hipócrita. Dejar de ser gregario en una sociedad cuyo sistema te lo exige desde la infancia, implica necesariamente experimentar un parto muy doloroso. Pero el alumbramiento merece mucho la pena. De hecho no existe nada que la merezca más.
La falta de confianza te lleva a pensar y hacer lo que piensan y hacen los demás. ¡Y pobre de ti como te separes del camino trillado! ¡No te lo perdonan!
Las personas rebeldes y auténticas son libres, coherentes y honestas consigo mismas, y su presencia suele poner de manifiesto la incoherencia, la falsedad y la falta de valores que nos rodea. De ahí que en la sociedad occidental actual ser uno mismo sea un acto revolucionario.
Desde pequeñitos nos llenan la cabeza de mentiras acerca de cómo hemos de vivir la vida. Nos meten miedo, diciéndonos que estudiemos ciertas carreras universitarias para no pasar hambre. Nos condicionan para triunfar a toda costa, para tener respetabilidad, para tener dinero… Te venden que cuando hayas subido esos escalones entrarás en el “templo de la felicidad”. Pero es una gran mentira. Yo he vivido en ese lugar y está vacío. Porque la felicidad no está relacionada con lo que poseemos, sino con lo que somos y con nuestra capacidad para vivir en coherencia con nosotros mismos. Y a menudo la carrera por poseer dificulta, que no imposibilita, el sendero del ser.
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Primero fue Túnez, y luego Egipto, Libia y Japón. Ahora la economía portuguesa se derrumba, España será la siguiente… Ruido y más ruido. Si nos dejamos llevar por el bombardeo mediático, acabaremos renunciando a este mundo, hartos de una destrucción que parece no tener fin. Por eso es tan poco saludable permanecer enganchado a los medios de comunicación. Prefiero ver cualquier divertido programa de vídeos caseros, a seguir escuchando a los mismos tertulianos de siempre pontificando sobre lo mal que está todo. Estoy harto de ver cómo el PP le echa la culpa al PSOE, y viceversa. No espero nada de ellos, y por eso, al igual que muchos millones de personas más, el día 22 de mayo haré cualquier cosa excepto votar. El sistema está tan podrido que participar con el sufragio activo implica legitimarlo. A la mierda con él y con todos los que de él viven, que son legión.
Prefiero vivir leyendo Manteca colorá de Montero Glez, o dándome una vuelta por el monte, ahora que los olivos todavía no me dan alergia. Prefiero intentar sentirme vivo haciendo cosas que me hagan vibrar de verdad, al margen de unos medios que obedecen a la voz de su amo para convencernos de que no hay salida, de que no hay remedio, y de que los ladrones que nos han traído hasta aquí son los que volverán a llenar nuestros bolsillos. Ay, qué risa, tía Felisa. Participar en este mundo de hipócritas, de trepas, de lameculos, de incompetentes a sueldo de la cosa pública, es hacer el caldo gordo a una gente que no merece la pena. Yo sólo quiero estar con quienes aportan cosas bellas, hermosas, divertidas, con gente que se esfuerza por edulcorar este valle de lágrimas cada vez más salinas.
Es necesario el silencio para reencontrarse con uno mismo. Para saber lo que uno necesita hacer, para saber lo que le dicta el alma amordazada que todos llevamos dentro. Librarla de sus ataduras puede ser muy duro, porque nos enfrentará a nuestras contradicciones y nuestros miedos. Pero quizá entonces descubramos que todo es una farsa, que todo es un gigantesco circo, y que somos a su vez payasos y público de un espectáculo surrealista, en el peor sentido del término. Por todo ello creo que será mejor callarse y apagar las noticias, que sólo buscan apuntalar nuestro sentimiento de indefensión. La vida no está en el Congreso, ni en el Senado, ni en los consejos de administración de las grandes corporaciones. La vida realmente está ahí fuera, alejada de ese infernal ruido, siempre dispuesta a que la disfrutemos haciendo todo aquello que nos haga felices, para así recuperar la alegre serenidad a la que jamás debimos renunciar.
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