No me gusta cómo está montado el mundo: horarios, corrupción, pobreza, estrés, caos, contaminación, miedos, locura, basura televisiva, represión gubernamental… A veces pienso que las cosas podrían ser de otro modo. ¿Por qué no podrían ser distintas? Desgraciadamente, jamás nos permitimos ni tan siquiera la posibilidad de creer que podemos cambiar el mundo, que es el paso previo para lograrlo.
Si estás de acuerdo con el párrafo anterior, así como con lo que nos cuentan en este magnífico vídeo que está propagándose por toda la red, quizá nuestros hijos o quién sabe, a lo mejor también nosotros mismos, acabamos disfrutando de una vida y un mundo que realmente merezcan la pena. Si quieres emplear nueve minutos de tu tiempo en ver este vídeo y asimilar su mensaje, te harás mucho bien. Y si no te apetece, pues nada.
En la España actual, donde se ha impuesto el ‘buenismo’ como principal norma no escrita del Estado, resulta difícil hablar de la inmigración sin que te tachen de racista, intolerante y no sé cuántas lindezas más, en el caso de que cometas la osadía de desviarte un milímetro del discurso oficial de los progres de salón. Sólo está permitido hacer encendidos elogios a los inmigrantes. Sin embargo la realidad, que tan poco gusta en La Moncloa, nos demuestra que la demagógica e irresponsable política de “papeles para todos” es desde hace años un lastre, que en breve será insostenible económicamente por sus incalculables costes sociales, tanto en sanidad como en educación.
Que la política española de inmigración, la del PSOE pero también la del PP, parezca inspirada en “La muralla” que cantaba hace treinta años Ana Belén, es un colosal disparate que todos vamos a pagar muy caro. El hecho de que seamos el segundo país del mundo que más extranjeros ha acogido en la última década (sólo en España han entrado más que en el resto de la Unión Europea junta), unido a la mayor crisis económica desde nuestra posguerra, nos conduce irremisiblemente a un estallido social.
La responsabilidad de tan inenarrable desaguisado es, sin duda alguna, de nuestra casta política. No olvidemos que los inmigrantes no vienen por placer, sino porque en sus países la miseria los está devorando. Por tanto no se les puede culpar a ellos de querer huir de donde las condiciones de vida son absolutamente miserables. Pero lo que muchos conciudadanos nuestros no comprenden, ni comprenderán en su vida, es que España no puede convertirse en la tabla de salvación para tantos millones de personas. Pese a esta obviedad, tanto el gobierno de Aznar como el de Zapatero fomentaron irresponsablemente el ‘efecto llamada’, porque a los empresarios les interesaba el abaratamiento de la mano de obra, entre otras cosas para enladrillar toda la geografía hispánica. Por eso ahora, gracias a nuestros gobernantes, podemos tener, entre contabilizados y sin contabilizar, más de ocho millones de inmigrantes. Una monstruosa barbaridad tanto económica como social, que vamos a sufrir en nuestras propias carnes.
Sorprendentemente, parece que algunos se acaban de dar cuenta de que una cifra así es insostenible, y han decidido abrir la veda policial contra los inmigrantes. Después de tantos años permitiendo y amparando que crecieran exponencialmente en muchísimos pueblos y ciudades, ahora se pretende que se marchen con sólo cantarles “Se equivocó la paloma”, a ver si con indirectas se dan por aludidos y alzan el vuelo hacia sus países de origen. Pero mucho me temo que quien realmente se equivocó y seguirá haciéndolo es el Gobierno, porque su paloma de la paz en breve va a ser abatida, y no precisamente por Bermejo.
Ayer por la tarde comprendí perfectamente cómo se sentía Michael Douglas en la espléndida ‘Un día de furia‘, y debo confesar que no me siento orgulloso de ello. En dicha película, el personaje que interpreta se ve tan desbordado por sus circunstancias, que pasa de ser un ciudadano modélico a decidir tomarse la justicia por su mano, harto ya de estar tan harto. Un sentimiento muy similar fue el que experimenté ayer durante unos minutos en el Metro de Madrid. La temperatura rozaba los cuarenta grados y yo no podía dejar de sudar. En el vagón que me tocó en suerte un chaval escuchaba su mp3 a todo trapo, con una música tan estridente que a su lado un martillo eléctrico se habría podido confundir con una suite de Bach. Mientras a duras penas intentaba enjugar el manantial que brotaba de mi frente, sentí por unos minutos que formaba parte de una minoría étnica en mi propio país, pues más del 80% de los viajeros no eran de mi nacionalidad. Toda una señal de la invasión de inmigrantes auspiciada por el poder, con el único fin de abaratar todavía más la mano de obra en España y así hacernos más miserables y esclavos.
Durante ese breve lapso de tiempo experimenté una estremecedora sensación de impotencia, tras la cual me alegré de ser contrario a las armas, pues ya se sabe quién las carga. Una vez en la calle, esquivando la pobreza por las calles de la capital, no pude evitar pensar en la que se nos viene encima. Si vives en una gran capital española, como Madrid o Barcelona, ya sólo tienes dos opciones: o marcharte bien lejos, o concienciarte de que, si te quedas, vas a vivir en una jungla de asfalto (uno está hoy cinematográfico). Estoy tan quemado que hasta un buen amigo, Domingo Puerta, ha logrado captar las energías caloríficas de mi derretida sesera, leyéndome el pensamiento hace sólo unas horas. Y es que si ahora, cuando las cosas todavía marchan medianamente bien, la violencia está empezando a mascarse en la calle, manifestándose en ocasiones tan crudamente como el último fin de semana en nuestra capital, no hace falta optar al Nobel para prever que cuando la crisis nos haga tocar fondo, nuestras grandes urbes se convertirán en ciudades sin ley.
Desgraciadamente, todo apunta a que vamos por el mejor camino para que las grandes capitales españolas no tengan nada que envidiar, por ejemplo, a las de América Latina. De hecho, nuestras calles ya están literalmente tomadas por gentes procedentes de países en que la vida no vale nada. La inseguridad ciudadana está alcanzando unas cotas tan alarmantes que algunos comerciantes madrileños, absolutamente desesperados por la oleada de asaltos que padece esta ciudad, han acabado durmiendo en sus propios establecimientos, para defender con su vida lo que da de comer, cada vez peor, a su familia. Esto va a acabar muy mal, aunque los medios vendidos al poder no quieren que te enteres de que te van a joder vivo, y por eso te entretienen con historias en las que cualquier parecido con la realidad es puro Photoshop.
Desde hace décadas la miseria al por mayor crece entre incineradoras, vertederos y escombreras. Los parias de la tierra que genera Madrid suelen acabar en el mayor terreno ocupado ilegalmente de toda España. Allí no existe la propiedad privada, ni los impuestos, ni tan siquiera los concejales. Como no todo iban a ser buenas noticias, la Cañada ha acabado siendo el mayor hipermercado de la droga de toda la Comunidad de Madrid, con decenas de narcos que se han instalado en chalets a tutiplén. La pacífica ciudad sin ley de antaño se ha convertido en la mayor concentración de drogadictos por metro cuadrado del país, como consecuencia del desalojo del poblado de las Barranquillas.
Según denuncia la Gerencia de Urbanismo, cada tres días surge una vivienda nueva en la Cañada. Pero la propia Administración, paradójicamente, es quien más incumple la ley. Al parecer estaría prohibido que unos 4.000 camiones la atraviesen diariamente o que se pueda verter nada allí. A mediados de los noventa la Comisión Europea calificó la Cañada Real como “un delito ecológico sin precedentes en el continente”. Y nosotros, ciudadanos de a pie, podríamos calificarla también como “el poblado de la injusticia”, y no sólo porque allí se incumpla la ley cada minuto.
Los informativos en televisión están poniéndose las botas con las espectaculares imágenes que están grabando a diez kilómetros del Pirulí. Probablemente alguno de los talentos de TVE que está recortando la plantilla, pero no su propio sueldo, esté planteándose suprimir la corresponsalía en Oriente Medio, que sale por un pico. Bastaría con mandar a la Cañada a Agustín Remesal con el abono transportes y un casco quitamultas, que de la ambientación ya se encargan los lugareños y la policía. La violencia está siendo el gran reclamo para los medios de comunicación, pues vende más una pedrada de moro que una china de hachís.
Bajo ese ambiente prebélico más propio de Gaza que del extrarradio de una capital europea, subyacen dos dramas ante los que solemos mirar hacia otro lado. Por una parte la pobreza, pues sus habitantes son la escoria de una sociedad que pretende depurarlos junto a una incineradora. Y por otro la delincuencia y la drogadicción, consecuencia directa de la citada miseria. Aun así, sus desesperados habitantes están dando a todos los telespectadores una sobrecogedora lección de solidaridad. Un concepto que para ellos todavía conserva intacto su auténtico significado. Nosotros podemos seguir votando a la presunta izquierda, leyendo El País o Público, declarándonos progresistas e insultando a Bush y a Aznar. Pero mientras la indigencia siga creciendo en nuestras cloacas, suplico que ningún hipócrita me hable solemnemente de igualdaz o solidaridaz, que cambio de canal.